El cuello de las casacas sanitarias

Hoy voy a confesaros uno de mis mayores odios, algo que he llevado en mi interior durante toda mi vida y que ahora me dispongo a exteriorizar, fotografía de stock mediante. Mi confesión es que odio las casacas de cuello de pico de los médicos.

Fotografía del desagradable pecho de un médico

La verdad es que desde siempre he sentido animadversión hacia los cuellos de pico, en todo tipo de prendas, desde camisetas a jerseys. Es algo que estoy intentando controlar e incorporar a mi vestuario pero que en el caso de las camisas de los médicos se me va directamente de las manos.

Para entender el mal rollo hay que ponerse en situación. De entrada, cuando uno ve una de estas casacas es generalmente porque está en una situación incómoda, sea en la consulta del dentista de barrio o en un hospital, así que la predisposición ya es mala. Pero pongamos el ejemplo de la consulta del dentista.

Dentista

Tu estás ahí, tumbado en ese sillón motorizado tan extraño, plasticoso, con ese aspecto tan peculiar que hace imposible para profanos identificar si se trata de un modelo nuevo o de uno de hace quince años, mitad industrial y mitad familiar.

De la base del mueble parten varios tentáculos, a nuestra izquierda se nos presenta una especie de lavabo diminuto con un vasito de plástico, ideal para escupir sangre. Y también perfecto para sentir como algunos hilillos de baba ultradensa se valen de la anestesia para pender a sus anchas, entre tu labio inferior y el lavabo en cuestión, segundos antes de concluir con la agonía.

Por encima de la cabeza está la lámpara, con ese tono amarillento de faro de Renault 12 y ese vidrio deformado como de cristal de puerta de ascensor viejo que evita deslumbramientos.

La última parte basculante es el brazo que sostiene las herramientas del dentista, que siempre resulta muy sospechoso porque cada herramienta (el torno, el aire a presión, el agua, etc.) parecen de su padre y de su madre, como si el dentista hubiera ido comprando cada uno de esos módulos en el mercado de segunda mano, de otras clínicas que cerraron o renovaron su equipamiento; y los hubiera empalmado en su propio cacharro aunque no fuera el mismo modelo.

Y entre todas esas cosas se debate nuestra vista, si os fijáis todo da malas vibraciones y el resto de nuestra panorámica disponible es la bandeja de los algodones y la figura del propio dentista, reclinado hacia nuestra cara, muy pegado. Y ahí es donde entra el tema de la casaca.

Pelillos a la mar

El dentista lleva mascarilla, imagino que en parte para no desmayarse con el fétido olor de las muelas picadas, y en parte para no respirar en la boca del paciente. Pero sin embargo no tiene inconveniente en usar una casaca de cuello de pico, de mucho pico, que permite total libertad a su pecho y pelambrera correspondiente.

Yo os aseguro que lo paso mal, no puedo evitar pensar que alguno de esos pelos rizados terminará metido en mi boca en el fragor de la batalla, o dentro de mi pecho si es que me estuvieran operando. Es un miedo visceral que me obsesiona mientras estoy cerca de cualquier médico con una de estas casacas, y a la vez no puedo evitar imaginar que tras esa fina capa de tela está el tío en pelotas; ahí, justo ahí, mientras urga en mi boca o recauchuta mi organismo.

La cosa se agrava enormemente si el doctor lleva colgada alguna medallita de oro, que al inclinarse asome por la abertura, o que tenga ya cierta edad, en cuyo caso los pelillos son de color grisáceo. Y en ese caso uno no puede evitar pensar en el mucho mundo que habrán visto esos capilares, asomados al cuello de la casaca como si de la ventana del tren se tratase, viendo pasar simposios y conferencias de esos tan útiles para adornar las paredes de la sala de espera de la consulta con el certificado de asistencia.

Ya fuera coñas, imagino que algún sentido tendrá esta vestimenta, ya que la ropa de trabajo suele estar bastante bien diseñada (por razones obvias). Pero, por favor, si alguno sois del gremio haced caso a vuestro bienhechor Hugo y poneos una puta camiseta debajo.

Gracias.

The Daily, y su modelo en general

Me ha parecido curioso el nivel de crítica que ha recibido en muchos medios la presentación del periódico digital orientado a tablets, The Daily, así que me quiero animar a dar mi opinión sobre su modelo de publicación, no tanto desde mi condición de blogger del tres al cuarto, como desde la de lector.

Por si alguien no está al tanto os cuento, The Daily es un proyecto de periódico diario, dirigido al público estadounidense y sostenido por el imperio multimedia de Rupert Murdoch. The Daily es de pago, se descarga en tu tablet (sólo en iPad, por lo menos durante un par de años) y te brinda cada mañana un nuevo ejemplar cargado de noticias frescas. Con una maquetación estilo magazine (con columnas innecesarias, fotos enormes e interactivos de pacotilla) que, aunque no es muy de mi agrado, debo reconocer que es efectista a la par que efectivo, y brinda un panorama rápido de lo que hay en el mundo con un simple vistazo. En definitiva, por más que aún no esté todo lo pulido que debiera, The Daily está ofreciendo una forma de leer noticias mucho más refinada que la que hasta ahora se estaba viendo en internet.

Captura del diario The Daily, vista en un iPad

Y decía que era de pago, pero a un precio muy adecuado, 1 dólar a la semana (o 40 dólares al año), lo que garantiza que tras ese medio se podrá mantener una plantilla de periodistas más o menos en condiciones. Y a la vez ofrecer a los anunciantes un target segmentado muy interesante y codiciado, el de la gente que está dispuesta a pagar por contenidos digitales; o, simplemente, dispuesta a pagar por algo.

No leas The Daily, lee mi red de blogs

Que las empresas de internet americanas son un lobby acojonante no creo que se le pase a nadie, de hecho hasta en España (que generalmente no se hace más que copiar lo que se ha visto a otros, o añadirle un palo a algo existente en el mejor de los casos) ya se están dando los primeros pasos para crear un equivalente patrio, mediante la asociación REi (de la que sólo hay que ver el vídeo de presentación para ver lo cutres que son, algo muy ‘made in Spain’ por otra parte).

El caso es que entre ese lobby americano hay un buen puñado de gente con negocios basados en los blogs (y demás publicaciones desestructuradas y amateur) que se han lanzado al cuello (aún con cierta discreción) del modelo que plantea The Daily. Obviamente, el tiempo de cada uno es limitado y todo el que pases leyendo The Daily no lo pasarás leyendo blogs comerciales atestados de banners; y si encima has pagado una subscripción por ello es probable que The Daily se convierta en tu puerta de entrada a la actualidad; lo que deja a los otros fuera de juego.

El argumento más repetido al respecto, ¿por qué pagar por un número de noticias actualizadas cada mañana si puedes tener noticias variadas, de fuentes de todo el mundo, actualizadas al minuto y completamente gratis con herramientas como Google News o los lectores de feeds?, pues bien, básicamente porque hay quien busca calidad editorial y no quiere perder el tiempo.

No me malinterpretéis, en internet hay tantas opiniones como culos y basta entrar en Google News para ver que de cada noticia existen miles de redacciones variadas, a veces muy similares y a veces muy diferentes. Y esa libertad es realmente maravillosa ya que nos permite poder formarnos una opinión más plural, y dificulta la manipulación de los medios de toda la vida (basta ver a la gente que lee sólo un periódico para darse cuenta de lo malo que suele ser eso). Pero la cuestión es que ese modelo tan distribuido tiene un par de problemas importantes que sistemas como The Daily abordan a la perfección.

El primer problema es que lo de tener en cada momento las últimas noticias en actualización constante nos lo han vendido como un milagro cuando sólo es importante si eres periodista. Para el común de los mortales es algo totalmente innecesario y que nos provoca más estrés que otra cosa, la mayoría con leer las noticias una o dos veces al día vamos sobrados. ¿Cuántos de vosotros crecisteis en familias en las que sólo se compraba el periódico los domingos?, sinceramente, ¿sentís que estáis mejor informados ahora que cuando sólo leíais un simple periódico cada siete días? Yo os aseguro que no. Pero es que encima los blogs tampoco cubren la inmediatez de la actualidad que algunos quieren, donde Twitter es mucho más útil y directo. Los medios como The Daily les pueden dejar en tierra de nadie, ya no serán los más rápidos, ni tampoco los más reflexivos. Y por eso muchos se acojonan.

La segunda razón depende un poco de las fuentes que lee cada uno, pero, ¿cuántas veces habéis leído un artículo en un blog y os habéis llevado las manos a la cabeza con la incompetencia del redactor?, seguro que más de una, puede incluso que lo estéis haciendo en este mismo instante al leer infa.me. Desde gente que no sabe escribir (no hablo de ser Cervantes, sino de un mínimo de consistencia en la redacción) hasta gente que directamente no sabe de lo que habla (en temas técnicos las cagadas de bulto están a la orden del día). Pues bien, creo que hay mucha gente cansada de eso, cansada de ver como le sangran los ojos con las faltas de ortografía y estilísticas del personal y dispuesta a pagar una modesta cantidad por un contenido bien estructurado. Y, ojo, escrito por gente que se dedica exclusivamente a ello, y no por cuatro pelagatos que le roban horas a sus trabajos de diario (perjudicando a sus empresas para beneficio de otras) para escribir entradas de venta al peso y dudosa calidad.

Y la tercera razón es que cada ejemplar de un periódico como The Daily es finito, lo empiezas y lo acabas. Te haces una idea general de lo que pasa en el mundo y te puedes dedicar a trabajar. Con la mayoría de lectores de feeds, en cuanto uno tiene unas cuantas docenas de fuentes la lectura diaria se vuelve sencillamente inabarcable. Los botonazos al ‘marcar todo como leído’ se suceden día tras día y uno cierra el navegador con la sensación de que hay montones de noticias que se le han escapado, que estaban ahí esperando y no han encontrado su lugar, y eso es realmente frustrante. Que las noticias se nos presentan por orden de llegada (y no por importancia) es más trabajo para nosotros, los lectores.

Lo de toda la vida

The Daily plantea un modelo de toda la vida, de esos que tanto odian los gurús. Redacción de noticias unificada, edición diaria y pago cerrado por ejemplar; noticias actualizadas cada mañana, pero todas desde una misma fuente y, por tanto, compartiendo una línea editorial y unos estándares de estilo y calidad. Y yo no veo el problema en ello, no veo nada de malo en que el 90% de las noticias que recibimos cada día provengan del mismo medio, siempre que tengamos la suficiente cabeza para saber de que pie cojea dicho medio y complementar lo que falte de aquí y de allá (sobre todo en política, que suele prestarse mucho más a la manipulación).

Los que se oponen hablan de contenido sobre continente, mencionan alternativas tan chulas como Flipboard como la panacea de la lectura online y no se dan cuenta de que es precisamente en contenido, y no sólo en continente, donde se los pueden comer con patatas, tanto en calidad editorial como en variedad gráfica y multimedia.

Lógicamente, hablo de The Daily como un camino a seguir a nivel conceptual, yo personalmente no lo leería si tuviera un iPad, porque intuyo que su línea editorial no es la más cercana a mis ideas y los temas de deportes o cotilleos (como el de la captura) ni me van ni me vienen, pero el modelo sí me parece muy válido y me encantaría que lo abrazasen otros medios generales y publicaciones especializadas, sobre todo ante la avalancha de tablets que se prevé para este año.

Y poco más puedo añadir. Mi opinión no quiere decir que The Daily pueda triunfar de forma masiva, igual se meten una hostia del quince o terminan entregando un producto de pésima calidad, pero desde luego que a mí el planteamiento me convence. Pero claro, yo es que no vivo de los banners.

Carteles de cine

Por más que hoy cualquier hijo de vecino con un trípode, una réflex normalita (que grabe en HD, eso sí) y un mínimo de buen gusto se haga un plano fijo de una ventana con gotas deslizándose cristal abajo en una mañana lluviosa al ritmo de un piano de fondo (listo para colgar en Vimeo) y ya se crea un genio del séptimo arte, el cine sigue siendo una cosa mágica para el común de los mortales. Y pienso que todo el mundo, entre el olor de las palomitas y los nervios de que el luminoso nos ofrezca su verdoso ‘PASEN’ en una noche de viernes (del que ya os hablé en su momento), es consciente de que rodar una película debe de ser una empresa enorme.

Creo que es por ello que da tantísima rabia (aun siendo meros espectadores) cuando las películas, una vez finalizadas, son destrozadas por unos u otros motivos, seguramente ajenos a los creadores.

Por ejemplo, cuando dan una película en la tele y cortan la emisión justo en cuanto se produce el fundido a negro final y no dejan ni ver la primera línea de los créditos para gritarte a todo trapo que ‘Quesos García Baquero te ha ofrecido esta película’. No entiendo cómo las distribuidoras toleran eso, los derechos de emisión de las películas deberían ir condicionados a su reproducción íntegra, con pausas publicitarias, pero íntegra de principio a fin.

O cuando traen una película a España y le cambian el título original por algo que no tiene una mierda que ver, como el lamentable ¡Olvídate de mí! con el que se cargaron un título tan chulo como era Eternal Sunshine of the Spotless Mind o las clásicas referencias circulares en que ponen en castellano un título que significa algo diferente al original en inglés y pasados los años aparece una película con el mismo título, que ya se había puesto a la otra, y que ya no se puede usar.

Eso por no hablar de cuando dejan el doblaje de alguno de los protagonistas (muy típico en pelis de animación) en las manos del famosillo cutre del momento, encareciendo toda la producción, y sin darse cuenta que por cada paleto que atraigan a las salas gracias al badge de ‘¡¡CON LAS VOCES DE DANI (DE EL CANTO DEL LOCO) Y PABLO MOTOS!!’ están ahuyentando a dos espectadores que habrían ido en condiciones normales.

Pero el caso es que, aparte de estos despropósitos, hay otra cosa que pasa con las películas y que nunca he llegado a entender; la inmensa variedad de carteles diferentes usados para promocionar una misma película. Por ejemplo, estas seis versiones para la película Black Swan.

Distintos posters de la película Black Swan

O esta otra media docenita de la película Let Me In (había incluso más, por cierto):

Distintos posters de la película Let Me In

Entiendo que algunos de estos carteles serán teaser, otros tal vez sean versiones especiales para utilizar en festivales en los que el tipo de público puede invitar a un diseño más creativo, o que otros carteles sean versiones concretas para determinados países en los que tienen estudiado que tal o cual tipo de cartel puede atraer más espectadores a las salas; o incluso que en algunos casos se topen con legislaciones que impidan mostrar en portada determinadas imágenes.

Pero lo que no trago es que pueda haber tantísimas diferencias conceptuales entre ellos. No comprendo como una misma película puede venir envuelta en imágenes tan diferentes e inconsistentes entre sí, de hecho, si os fijáis, muchos de estos carteles evocan sensaciones contrarias los unos de los otros, ¡para una misma película!

No sé mucho de cine, pero para mí, la experiencia de ver una película empieza con su cartel, sea uno de los pocos pintados a mano que aguantan gloriosamente en la Gran Vía o sea un anuncio en una marquesina cutre y, en el caso de los ejemplos que he puesto, hay algunos carteles que me piden meterme directamente en el cine y hay otros que me dicen que ‘esa peli, como mucho, la veremos en DVDRip’, mientras que hay otros que, sin ser ni mejores ni peores, sí que me harían ver la película con una predisposición diferente.

En resumen, la consistencia entre el cartel (o carteles) y las películas es crítico, y no sé si se le da la importancia que merece.

¿Qué me hace pagar, o no pagar, por los contenidos digitales?

En ocasiones comenté sin sonrojarme mi negativa a pagar por cualquier contenido digital que pudiera conseguir de forma pirata fácilmente (bajo canciones, películas y programas sin mayor preocupación). Pero tampoco he hecho apología de ello, no es algo que me enorgullezca, pero es lo que hay, todo el mundo intenta minimizar sus gastos en la medida de lo posible y en este tipo de cosas es tan sencillo tirar por el ‘todo gratis’ que cualquier otra opción ha de ser condenadamente buena para que uno se plantee el pago por la vía legal.

Si no entiendes este párrafo, de verdad, no leas el resto.

Ah, como conozco la plaza, me quiero adelantar al típico comentario puntilloso de idiota pajillero del Menéame (si es que eso sigue existiendo). Todos sabemos que compartir archivos es legal en España pero a lo que me refiero cuando digo que algo es ‘legal’ no es a la Ley, sino a lo que considero correcto moralmente, que es ni más ni menos que lo establecido por los creadores legítimos de un determinado contenido. Si el creador dice que su producto vale un dinero y que se puede adquirir en tal o cual canal, lo legal es respetarlo.

Portada del libro Thinking with Type

Anoche, típico día en que el sueño no quería aparecer, decidí releer Thinking with Type, un fantástico libro para los que no somos diseñadores gráficos pero nos gusta el tema y que además está disponible prácticamente íntegro en la web (aunque os lo recomiendo en papel).

En las pequeñas citas que acompañan a cada página vi una que había pasado por alto en mi primera lectura hace un par de meses. Dice así:

Todo el mundo tiene que pagar, pero no todo el mundo debería tener que pagar por todo.

Y la cosa es que me quedé pensando en que eso es una verdad como un templo y que yo mismo ya la estaba cumpliendo. Y es que, aunque diga que no pago por software, la realidad es que en muchas ocasiones sí lo estoy haciendo. Así que voy a explicar una panorámica de mi relación con un tipo de software, los videojuegos, de la que creo que se pueden desprender algunas ideas interesantes extrapolables a toda clase de contenidos digitales.

PC

Por resumir mi infancia y adolescencia de forma breve os diré que en mis años mozos gasté poquísimo dinero en ocio, apenas fui al cine por mi cuenta, tiré más de biblioteca que de Fnac y jamás compré un videojuego para mis, siempre obsoletos, PC.

Siempre tuve muy claro lo difícil que era ganar la pasta, seguramente más claro que ahora.

Es cierto que casi nunca tenía dinero para gastar, y el poco que tenía lo prefería gastar en bienes tangibles (un Whopper por ejemplo) pero además la sola idea de gastar 6000 pesetas (como muchos amigos míos hacían) del bolsillo de mis padres en algo tan banal como un videojuego no me pasaba por la puta cabeza, así que me dedicaba a piratear, lo cual supuso algunos gastos en discos vírgenes, pero bastante moderados en comparación.

Nintendo DS

Foto del típico cartucho para piratear la Nintendo DS

Compré mi Nintendo DS Lite prácticamente cuando salió al mercado, en verano de 2006. Y la compré sabiendo a tiro hecho que era pirateable (la Nintendo DS normal ya llevaba tiempo en el mercado) de forma más o menos sencilla, de modo que podría tener todos los juegos por la cara gracias a los cartuchitos mágicos.

En aquel tiempo trabajaba de becario en mi universidad, cobraba 320 euros al mes y no estaba dispuesto a comprar juegos a 50 euros la unidad. Así que la cosa era sencilla, o la compraba y pirateaba los juegos, o directamente no la compraba. La piratería hizo que Nintendo se embolsara 150 euros de mi parte que nunca habrían ingresado de haber tenido que ceñirme al modelo legal.

Ahora la tengo en el cajón cogiendo polvo, juego de pascuas a ramos.

Con el tiempo empecé a trabajar y a tener un sueldo. En ese momento ya habría podido comprar los juegos sin ningún problema, pero ya me resultaba ridículo gastar dinero en algo que podía conseguir gratis de forma mucho más sencilla, y sin necesidad de ir cargando con un montón de cartuchitos de plástico.

iPhone

En 2008 me compré el iPhone y tardé más de un año en hackearlo. Durante todo ese tiempo compré las aplicaciones y juegos que fui deseando (la mayoría no cuestan ni 2 euros) y la razón de mi hackeo fue que quería probar la aplicación de TomTom (ya que costaba 50 euros y había leído varias malas opiniones, así que no quería arriesgar).

Hackeé el teléfono, bajé el TomTom, comprobé que la recepción del GPS del iPhone era una mierda y me compré un TomTom de verdad. Desde aquel día el teléfono quedó abierto y sin embargo no he vuelto a instalar ninguna aplicación pirateada con mayor propósito que probar y borrar. Lo uso para saltarme algunas de las estúpidas restricciones que Apple impone, pero he seguido pagando por los juegos que han ido apareciendo y que me han interesado, sin problemas. La experiencia de compra por la vía legal es tan limpia y satisfactoria que no me planteo el pirateo.

PlayStation 3

En verano de 2009 compré la PlayStation 3. Al principio me costó acostumbrarme a pagar por los juegos (me decía a mí mismo que con un par tendría suficiente) pero hoy tengo una colección de casi cincuenta, todos de importación o segunda mando, y casi todos comprados meses después de sus correspondientes lanzamientos (la mayoría de juegos se abaratan un 40% en menos de tres meses).

Soy la envidia de todo niño de 10 años, que es la edad media de los rivales que me zurran en el FIFA.

Y la verdad es que, salvo alguna triste excepción, siento que cada una de esas compras me ha merecido la pena, es decir, siento que los 30 euros que invertí en Red Dead Redemption me han sido ya devueltos en las pocas horas de entretenimiento en el lejano oeste que llevo, o que los 22 euros que gasté en Modern Warfare II se justificaron plenamente cuando visité los oscuros pasillos de El Gulag con la piel de gallina en la oscuridad del salón de la casita.

Imagen del protagonista del Mini Ninjas, uno de los juegos más divertidos que he probado

Hace algún tiempo que la seguridad de la consola fue comprometida y ya es posible poner juegos piratas con relativa facilidad pero, más allá de mirarlo un poco por curiosidad ingenieril, no es algo que me plantee llevar a cabo. Comprar juegos es algo que he incorporado a mi presupuesto y que, desde mi punto de vista actual, me resulta rentable. No hay que ser muy listo para comprender que si algo te gusta tienes que financiarlo de alguna manera para que pueda seguir adelante. Y basta terminarse un juego para ver la cantidad de peña que ha trabajado en él (todas esas nóminas tienen que salir de alguna parte) así que es un dinero que considero bien gastado si con ello colaboro en que sigan creándose nuevos títulos; y eso que ya tengo muchos más juegos de los que nunca habría pensado comprar.

Wii

Esta Navidad mi suegro nos ha regalado una Wii y tras jugar a un par de títulos tengo claro que la voy a piratear sin más miramientos y no compraré ni un solo juego.

¿Los motivos?, creo que los juegos de Wii no deberían valer más de 10 euros. Para el tipo de jugador que soy, los juegos de Wii no me despiertan mucho interés e, incluso los que lo hacen, no me parece que puedan justificar el precio. De modo que más pronto que tarde tendremos un disco duro con montones de juegos que ni habremos probado y encenderemos la consola de Pascuas a Ramos o cuando tengamos visita, como hace todo el mundo que tiene una Wii.

Nuevamente Nintendo ha conseguido colar en mi casa una consola que, de no ser pirateable, se habría quedado en la estantería del supermercado.

Hoy pago yo

Así que ya veis, un mismo tío en distintas épocas de su vida que ha ido decidiendo lo que más razonable le parecía en cada momento, he pagado y pirateado según época y plataforma. En mí han influido cosas tan variadas como mis ingresos en ese momento, la facilidad del pirateo de ese sistema, la adecuación del soporte, el tiempo que le iba a dedicar al contenido en cuestión y el valor percibido que ese bien tenía para mí.

En vista de ésto, comprendo que los estudiantes tengan todo pirata porque generalmente no les sobra la pasta, y en cambio sí disponen del tiempo necesario para pegarse con los sistemas anticopia. Y a la vez comprendo al que adora el cine y se compra las películas en Blu-ray porque no quiere perder horas y horas descargando ficheros enormes que luego llenan los discos duros antes de que uno se de cuenta y que valora tener hasta el último comentario chorra del director. Y también entiendo al que se compra todas las canciones de su grupo favorito en iTunes para tenerlas antes que nadie pero que mantiene los discos antiguos en MP3 piratón. Y comprendo al que se compra un Kindle y mete con calzador más libros piratas de los que nunca podrá leer sin ni siquiera haber comprobado si los tenían en la biblioteca del barrio ‘sólo’ por el hecho de que es más cómodo.

Con esto quiero decir que el pagar o no por algo, y el decidir que pagarás por las películas en Blu-ray, pero no lo harás por los DVD, o que no quieres comprar un DVD pero estás dispuesto a pagar por una cuenta de Megaupload desvela todo un universo de matices en el que nos movemos los consumidores y que no se puede categorizar de ninguna manera absoluta. Y creo que es ahí donde realmente falla la industria cuando hace que la experiencia de compra y disfrute de un contenido pagado sea peor que la de uno pirateado (horrorosas pantallas de advertencia insaltables en las películas, mecanismos de protección que impiden que puedas prestar un disco a un amigo porque no es el que figura como comprador, o cobrar más por el alquiler de una peli en HD que una normal cuando el coste del ancho de banda es algo despreciable, etc.).

Por eso es absurdo que se intente poner freno a la piratería por la vía legal (como van a tratar de hacer con la dichosa ‘Ley Sinde’) y por eso es también absurda la posición de los listillos que dicen que si las cosas tuvieran precios razonables (según ellos ‘razonable’ no suele ser más de un euro) todo el mundo compraría las cosas legalmente y no existiría la piratería.

Y aquí es donde te das cuenta que tras una entrada tan larga todo acaba siendo una paja mental.

Al final todo es mucho más sencillo, cada persona es un mundo y lo que hoy nos parece caro mañana nos puede parecer barato y lo acabaremos comprando. Y pasado mañana nos quedamos en paro y lo volvemos a piratear o simplemente prescindimos de ello, aunque cueste un céntimo.

Hola, Sr. Clavel

En octubre os hablé de nuestro querido molinillo de viento Sr. Beijing y de cómo un día decidió abandonar el nido por gracia del viento. Pues bien, ya tiene sustituto en su lugar de la barandilla, no así en nuestros corazones; ains.

Fotografía del Sr. Clavel, nuestro nuevo molinillo de viento

The best of ‘lo peor’.

Y si os estáis preguntando de donde viene el nombre de ‘Sr. Clavel’, fácil, mientras lo estábamos instalando en el balcón pasó por nuestra calle Paco Clavel enfundado en un abrigo verde. Los mejores nombres surgen de cosas así de chorras.

Ahora, a girar.

La mejor firma de email que he visto jamás

Hace unos días rescaté una entrada en la que ponía de manifiesto lo absurdo (y hasta dañino) de las firmas que intentan concienciar a la gente de no imprimir los correos. Lo hice para preparar el terreno a esta otra entrada, en la que quiero compartir con vosotros la acojonantemente larga, a la par que desternillante, firma de correo electrónico que utiliza el bueno de Pijus Erectus.

He intentado respetar el formato y colores con que él lo adjunta:

En cierta ocasión, Bernard Shaw invitó a uno de sus estrenos a un conocido político, al que le hizo llegar la siguiente nota: “Le envío dos entradas, por si quisiera acudir con un amigo, si es que tiene alguno.” A lo que el destinatario, también avezado en los combates dialécticos, contestó: “Siento, señor Shaw, no poder acudir al estreno. Le agradecería que me enviara invitaciones para otra representación, si es que hay alguna.”

George Bernard Shaw (Irlanda 1856 – Inglaterra 1950). Escritor irlandés, Nobel de literatura en 1925 y Óscar al mejor guión adaptado en 1938.

Disclamer: Este mensaje va dirigido a quien se lo mandamos. Si usted no es él o ella, avísenos y no lo lea o caerá en desgracia. Pepito Pérez leyó un mensaje que no era para él y se le llenó el cuerpo de virus y el ordenador de pústulas. En cambio María Martín no leyó los mensajes que llegaron a su buzón electrónico por error, ya que no tiene ordenador, y desde entonces no se le ha vuelto a colgar Windows. This message is goin at who we send it. If you not are the receptor, advertisse-us and don’t read it or sayonara, baby. Every time that You read this paragraph, Google give $1 at childrens of Ruanda. But if You only look this paragraph, not read, only look, Windows delete one document from your Mis Documentos folder. Questo messaggio è indirizzato a te. Se voi non sie te, fatemelo sapere a me, o la mia famiglia si visita la fagmilia di te. Siete avertiti. La pepperonni pizza è il più bene di mondo. La mia mamma me mima molto a me.

Medio ambiente: Antes de imprimir este correo electrónico, piense bien si es necesario hacerlo: El medio ambiente es cuestión de todos. Si decide imprimirlo, piense si es necesario hacerlo en color: el consumo de tinta o tóner será mucho mayor. Si decide imprimirlo en color, piense si necesita imprimir todo el documento o sólo una parte. Si decide imprimir sólo una parte, selecciónela, pulse Ctrl + P (o Archivo > Imprimir…) y active la casilla “Imprimir sólo la selección”. Si no quiere perder el tiempo haciendo la selección y quiere imprimirlo rápidamente sin desperdiciar esa maldita segunda hoja de papel en la que sólo aparecerá este texto pretendidamente ecológico y absurdamente más largo de lo necesario, malgastando así una hoja extra y corrompiendo la noble intención de este párrafo, piense si basta con imprimir sólo la primera página. Para ello, pulse Ctrl + P y especifique “Imprimir páginas: 1”. Todos estos consejos se pueden resumir en uno: antes de imprimir este correo electrónico, piense. Es un ejercicio muy sano.

El puto amo, hoygan.

La funcionalidad más mística de los salvapantallas

Joder, tantos años cabreandome con el ordenador cada vez que regresaba tras hacer una pausa y resulta que la solución era tan fácil como desmarcar un simple checkbox.

Captura de pantalla de Mac OS X en la que puede verse el motivo por el que cuando uno va al servicio y vuelve, justo cuando está a punto de tocar el ratón va y salta el salvapantallas

No me imprimas, porfi

Recauchutado del
26/06/2009

Seguro que habéis visto el siguiente texto (copiado de esos de los hoteles de ‘Si deja las toallas colgadas consideraremos que están limpias y no las pasaremos por lavandería, por el medio ambiente oyes’) o uno similar al pie de la firma de los correos electrónicos de alguien:

Antes de imprimir este mensaje, asegúrese de que es necesario. El medio ambiente está en nuestra mano.

Incluso puede que lo tengáis puesto en vuestra cuenta de correo electrónico, ¿tal vez en letras de color verde?, ¿puede que sólo en la cuenta del trabajo? Ya os va sonando, ¿eh?

Desconozco cuantas hojas de papel se habrán salvado en la historia gracias a este pie. Gente que haya visto la firmita, se le haya encendido la bombilla y ahora esté concienciado de no imprimir cosas innecesarias. Pero de lo que sí que es estoy seguro es que por su culpa se han gastado kilos y kilos de tóner y litros de tinta de los cartuchos de inyección cyan y amarillo necesarios para imprimir el texto de marras cuando, finalmente, sí ha sido necesario sacar el email en papel.

Y, para más coña, seguramente esa línea final haya supuesto en muchos casos el inicio de una hoja nueva, provocando que, el mensaje para salvar árboles haya acabado siendo el responsable de que una hoja nueva termine en la basura (o, en el mejor de los casos, usada como papel de borrador) con una sola línea de texto impresa, en una de esas pequeñas ironías del destino que hacen de nuestra existencia algo tan hermoso.

Como bola extra para los más frikis dejo el coste de procesamiento, transferencia y almacenamiento (electricidad, discos duros físicos y cintas de backup) que supone mover y guardar el mensajito entre los buzones y respuestas anidadas de todo el mundo.

Pensad en todo esto antes de poner la dichosa firma concienciadora en vuestros mailords.

No es rosa todo lo que rosea

Como cada año Pantone se ha sacado de la manga su ‘Color of the Year’, una de esas cosas chorras que sólo sirven para promocionar la marca (y toda su deliciosa línea de merchandising, de la que soy fan) entre la gente que no nos dedicamos profesionalmente a la imagen y el color.

La cosa es que en esta ocasión han seleccionado un tono de rosa similar a mi querido Love Pink y habéis sido varios (dos) los que al momento lo relacionasteis con infa.me, y así me lo hicisteis saber. Pero lo cierto es que el color es bastante distinto, así que he preparado esta comparación bien grandota para que los podáis comparar con vuestros propios ojos y veáis que Hugo no miente (no sería capaz).

Muestras de color, a la izquierda, Love Pink (#ff6699) típico de infa.me; a la derecha, PANTONE 18-2120 Honeysuckle (#cb6586).

Dos recuadros de rosa, cada uno de un tono. El de la izquierda es el genuino Love Pink de infa.me y el de la derecha es el elegido por Pantone como color del año 2011

En cualquier caso, la verdad es que me encanta que al ver el rosa pensaseis en mí incluso antes que en la pantera; poco a poco me voy colando en vuestro subconsciente, como el arte, el lenguaje o el melancólico y aterciopleado tono de voz de José Tojeiro.

Tabaco y alcohol

Esta es una de las entradas que desde hace más tiempo he querido escribir. Inicialmente pensaba hablarlo en dos entradas independientes, pero hay muchas cuestiones que son comunes entre el tabaco y el alcohol (ambas son nocivas, ambas generan muchos impuestos y ambas provocan gasto público y pérdidas humanas) así que en lugar de tener que repetir cosas he preparado un post combinado en el que divagar sobre estos temas y tratar de aportar algunas ideas.

Tabaco

No soy precisamente objetivo en este tema, lo reconozco.

Nunca he fumado, más allá de algún cigarro suelto que le robaba a mi padre cuando era pequeño para hacer la tontería, jugar con cerillas (soy candidato a pirómano) y tal. Sin embargo mi opinión sobre el tabaco es a tener en cuenta, básicamente porque he vivido con fumadores y he enterrado a tres seres queridos por sus venenosos efectos. Además detesto el olor del tabaco, la peste que deja en la ropa en cuanto te metes en una sala con gente fumando y la odiosa manía de los fumadores (sí, sé que no son todos) de tirar las colillas al suelo allá por donde pasan, costumbre cerda donde las haya.

Fotografía de una tía con una camisa blanca sosteniendo suavemente un cigarrillo entre sus labios

Helga Weber.

Por fortuna el tabaco está desde hace años en decadencia, todo el halo cool del hombre Marlboro y el aroma de la libertad, de los preciosos paquetes de Lucky Strike, o de Bogart y las películas en blanco y negro ya se ha acabado. Hoy todo el mundo sabe que fumar es muy malo para la salud y eso ha ido confinando el cigarrillo a los ambientes más cutres y de menor nivel sociocultural. Fumar cada vez está socialmente peor visto, es cosa de perdedores y de gente sin cualificación, de casposos. El cigarrillo ya no evoca al pintalabios rojo de la rubia explosiva marcado en la boquilla, sino a la choni teñida de bote y recluida en una cárcel de mujeres. Cada vez menos jóvenes fuman y, los que lo hacen, lo intentan dejar cada dos por tres porque son conscientes de lo estúpida de su adicción. ¿Gastar dinero en algo que huele mal y te jode la salud, las uñas, los piños y el aliento?, era una cosa que tenía que caer por su propio peso.

Lógicamente seguirán existiendo los tíos tipo Garci y Buenafuente que hagan del cigarrito una seña de identidad y lo reivindiquen para dar la nota ‘no, yo es que no quiero dejar de fumar’. Y también las pobres chiquillas que se dejan engatusar por el ritual del tabaco para parecer más maduras e interesantes, pero cada vez serán menos. El cigarro está condenado a ser una adicción de poca monta, fumarán los Benitos de obra y gente por el estilo, dentro de un par de generaciones el tabaco será tan lejano para los jóvenes normales como lo es hoy para nosotros la adicción a la heroína.

Aunque tal y como está el patio, hubieran hecho lo que hubieran hecho la gente les habría dado palos igual.

Sobra decir que estoy muy a favor de la prohibición de fumar en espacios públicos, tal vez se podría haber llevado de otra manera, pero la idea final de que uno pueda ir a un bar a desayunar un croissant y un Cola Cao sin tener que salir apestando a humo era básica y necesaria.

Lo único que falta es que se tomen medidas contra el tabaco en sí mismo. No creo que la solución sea prohibir la venta de tabaco, ya que eso abriría un enorme mercado al contrabando. Pero sí creo que deberían tomarse medidas como las apuntadas por Malcolm Gladwell en The Tipping Point, obligar a las tabacaleras a hacer cigarrillos con menor carga de nicotina para que los chavales que empiecen a fumar por probar cosas de mayores no lleguen a caer en la adicción al pitillo y seguir haciendo presión social para que los adolescentes no vean el tabaco como algo guay, sino como algo idiota.

Ahora es necesario que los fumadores den el paso, se den cuenta de lo ridículo que es amontonarse en la puerta de los bares para echar un cigarro o de dar la nota en la oficina siendo el que se ‘baja a fumar’ cada tres cuartos de hora, y se les facilite abandonar su adicción. Lo sé, dejar el cigarro no es nada fácil, pero este puede ser el mejor camino para lograrlo, hacer que sea más ‘fácil’ dejar de fumar que sortear las dificultades del sistema para seguir con ello.

Alcohol

El alcohol es un problema más jodido, por varias razones. La primera es que no está mal visto socialmente, y no está mal visto socialmente porque beber alcohol con moderación no es en absoluto perjudicial. Pero claro, eso de ‘con moderación’ es en este caso la madre del cordero. La segunda razón, y que lo diferencia del tabaco y los fumadores pasivos, es que sí causa muchas muertes a terceros, fundamentalmente en los accidentes de tráfico.

Tengo que volver a publicar recetas.

Yo no suelo beber (de hecho paso años sin probar el alcohol), pero tampoco soy del todo abstemio. Desde que me emancipé disfruto como el que más tomándome de cuando en cuando una Carlsberg como acompañamiento de una de mis célebres hamburguesas encebolladas, o preparando algún cocktail en las noches de verano. Lo que nunca he hecho es beber tanto como para acabar haciendo el gilipollas por la calle, vomitando o perdiendo el conocimiento y, desde luego, jamás he tocado un volante con una pizca de alcohol en mi organismo.

Es por esto que entiendo que una ley seca no sería la solución, no creo que haya nada de malo en que unos amigos se tomen unas cervezas viendo un partido de fútbol o las señoras se tomen un anisete por la tarde entre risas y perdidas de orina aquí y allá. Pero sí creo que habría que hacer algo contra la embriaguez, que es el verdadero problema del alcohol.

El alcohol en sí mismo no ensucia las calles ni provoca accidentes, es la embriaguez la que lo hace. Ella es la que tumba contenedores de basura y esparce vomitonas y meadas los fines de semana; y la que provoca los llantos de los familiares en los tanatorios los domingos por la mañana.

Creo que contra las borracheras lo que debería hacerse es establecer un límite de alcohol en sangre para los peatones, igual que existe para los conductores. Un límite considerado por ley como el alcohol máximo que un ciudadano puede llevar en sangre cuando circula por la vía pública, y multar severamente a todo el que sea sorprendido excediéndolo. Es tan peligroso un borracho al volante como lo es el peatón que cruza una calle por el puto medio yendo ciego. Controles en las zonas de fiesta alcoholímetro en mano y listo, si estás borracho que te aguanten en la discoteca en la que te han llevado a ese estado, hasta que se te pase la cogorza. Y si no puedes disfrutar de la noche sin ponerte morado pues te montas la fiesta en casa donde no molestarás a nadie cuando potes. No haría falta ninguna ley contra el botellón, simplemente perseguir a los que vayan pedo. Se ahorrarían accidentes con toda seguridad, las calles estarían más limpias y los vecinos dormirían mejor.

Y esto enlaza con lo que comentaba del tabaco, sólo haciendo que los chavales se den cuenta de lo patético que resulta estar borracho se conseguirá que los hábitos se moderen y el ‘disfruta con moderación’ de las botellas de whisky (con las que los macoquis se preparan los pelotazos en vasos de plástico) deje de ser un chiste de mal gusto para convertirse en un estilo de vida real aceptado por todos.

Quede claro que no me refiero a la gente adicta que necesita ayuda profesional, sino a los que se cogen el pedo cada finde simplemente porque es lo que toca.

Nuevamente, hablo de esto como si fuera fácil, cuando es bien sabido que el alcoholismo es una adicción muy dura, pero las cosas hay que atajarlas de alguna manera. Simplemente subiendo los impuestos al alcohol y poniendo advertencias en letras más grandes no se va a conseguir nada, sobre todo en la gente que no es capaz de razonar estas cosas por su cuenta.