Ideas for life

Sobre las ideas, y la forma de llevarlas a cabo hay mucho escrito. Hay quien dice que tener una buena idea es la puerta al éxito. Por contra, hay quien dice que cuando tienes una idea no tienes absolutamente nada hasta que no eres capaz de llevarla a cabo. Algunos otros se desmarcan diciendo que tener buenas ideas no vale de nada, que lo que vale es que se te ocurran docenas de ideas geniales cada día porque de entre todas esas alguna realmente diferenciadora habrá. Yo creo que seguramente sea una de esas cosas que no se puede generalizar, y que son las propias ideas las que determinan que sean un éxito por sí mismas o que requieran mucho trabajo de fondo.

Tuve otra época en que decía que de mayor quería ser ‘jefe’.

Me considero un tipo con bastantes buenas ideas, y hasta innovador a mi manera. Cuando era un crío y me preguntaban por lo que me gustaría ser de mayor solía responder ‘inventor’. Ser inventor, bajo mi perspectiva, era algo realmente mágico. Alguien capaz de llegar y decir ‘toma humanidad, aquí tienes la radio, haz que tu voz llegue al instante a distancias enormes’. En mi cabeza no estaban la cantidad de conocimientos que habría que tener para plantear algo como la emisión de radio, o la variedad de contactos necesarios para establecer estándares y redes de uso globales, pero el germen del acto de inventar era en sí mismo lo que verdaderamente me atraía. Y me atrae hoy.

Fotografía de una serie de cuatro lavadoras de color amarillo, una de ellas con la puerta abierta

stevec77.

Y es que hoy sigo pensando de una forma bastante parecida, y me sigue seduciendo enormemente esa gente que es capaz de hacer cosas que mejoran significativamente la vida cotidiana de los demás. Gente gracias a la cual hay puntos de inflexión, puntos en los que puedes decir concretamente que ‘antes del día tal, no existía esto otro y la gente tenía que hacer esto y aquello para conseguir algo parecido’.

Está demostrado aquello de que ‘las ideas flotan’ y muchas veces en la historia se han creado cosas muy similares en lugares distintos, a la vez, y sin que unos tuvieran constancia de que los otros estaban trabajando en lo mismo. No es algo tan raro, la base de conocimiento humana es la que es, y la capacidad que tenemos las personas normales también es la que es, de modo que es muy razonable pensar que se alcancen soluciones parecidas a problemas comunes.

Por descontado, muchas de estas ideas son simple basura desde su propio nacimiento.

Como decía, prácticamente no hay día que no se me pasen nuevas ideas por la cabeza. De todo tipo, muchas de ellas son reducibles a software (aplicaciones, servicios, etc.) porque es un área que me apasiona y de la que tengo más conocimiento, pero otras muchas ideas son de cosas más tangibles o de aplicación general. Algunas son simples ideas que podrían tener su utilidad y poco más mientras que otras son cosas por las que creo que la gente podría estar dispuesta a pagar (algo).

Mierda, ¡si eso ya existe!

La cuestión es que, de todas las ideas que voy seleccionando, en ocasiones me encuentro que son cosas ya llevadas a cabo por personas que tuvieron la idea mucho antes que yo, y que además hicieron todo lo necesario para materializarlas.

También es inevitable pensar si, sin ser conscientes, ya sabíamos de la existencia de esa idea.

En este punto, además de sentir cierta frustración infantil (como el que llega a saquear la mina de oro y se encuentra que se le han adelantado, o el que cae en el ‘Parking Gratuito’ del Monopoly justo después de que caiga un rival, cuando ya no queda ni un billete) no puedo evitar cierta alegría al pensar que esa era una buena idea. Que sí, que no la voy a llevar a cabo yo, pero ha salido de mi cabeza y con el empuje necesario ha habido quien la ha convertido en realidad. Es decir, la semilla era buena.

Mierda, ¡si eso se me ocurrió a mí antes!

Otro tipo de idea es aquella que tienes, valoras como buena, pero no llegas a llevar a cabo y, pasado el tiempo, es convertida en realidad por otra persona.

En este caso la frustración es mayor porque la oportunidad sí estuvo ante tus manos cuando aún era completamente original. Siempre puedes pensar que los que finalmente la han llevado a cabo habían tenido la idea mucho antes y la habían madurado mejor, pero la sensación de oportunidad perdida no te la quita nadie. Es algo así como si dijeras, ‘oye, vaya cabronazo ese que se ha ligado a la chica de la que llevo años enamorado y a la que nunca le dije nada’.

Mierda, ¡ah no, que ahora sí!

Como me toque la Lotería me compro un parque científico y la lío parding.

Ya os digo, he tenido, y tengo, ideas frustradas de este tipo literalmente a punta pala; pero no me mosquea, sino todo lo contrario. Antes me asustaba que con el tiempo dejasen de ocurrírseme estas cosas, pero veo que en realidad voy a más; con lo que desde mi punto de vista la cosa es así, si soy capaz de generar ideas de mi tiempo antes o después seré capaz de materializar una de ellas en condiciones en el lugar adecuado y haré algo que valga la pena.

Por el momento lo que estoy intentando hacer es ejecutar más ideas, poner más opciones en el plato de la balanza de las que cosas que he hecho en lugar del de las que pude haber hecho ya, o podría hacer en el futuro. Esto es complicado porque algunas cosas se escapan claramente de mis habilidades o tiempos y necesito la ayuda de compañeros con los que colaboro ocasionalmente, pero eso también me está ayudando a empezar a cuantificar el esfuerzo de la ejecución de las ideas y la valoración razonada para medir mejor en qué meterme en cada momento y ver con qué cosas puedo apechugar yo solito, y con qué cosas no.

Y bueno, esto es un poco todo lo que quería comentar aunque haya sido un poco inconexo. En resumen, que sigo por aquí, que estoy haciendo más cosas que nunca y empezando a dar salida a algunas de mis ideas, con variable éxito.

Si tenéis inquietudes similares os animo a hacer lo mismo.

Salgo en un minuto

Seguro que habéis visto un montón de veces las típicas coñitas de ‘sólo hay dos tipos de personas, las que tal y las que cual’. Pues bien, yo os traigo el que considero mejor clasificador de personas de este tipo para separar a los segundones de los que parten el bacalao.

Nota para los lectores más borricos, ‘aguas menores’ = ‘echar un meo’.

Estás saliendo de la oficina acompañado de unos cuantos compañeros de trabajo para ir a comer, o estás abandonando una sala de cine en la que has visto una película con unos amigos; o cualquier situación de estas características cuando de pronto descubres que te has dejado algo dentro, o que tienes que ir al servicio a hacer aguas menores. De modo que dices ‘salgo en un minuto’ y desapareces por unos instantes mientras tus acompañantes atraviesan la puerta hacia el exterior.

Fotografía en blanco y negro de los zapatos de una chica esperando junto a una chapa de wait your turn

Óli 270.

Pues bien, aquí es donde entra el que considero el planteamiento de ‘hay dos tipos de personas’ definitivo. Hay un tipo de persona que cuando sale se encuentra a su grupo de compañeros de trabajo (o amigos en el supuesto del cine) esperándole en la puerta con absoluta calma (‘esperemos a que salga Fulanito, hombre’).

Y, por contra, hay otro tipo de persona que cuando sale se encuentra que sus compañeros ya van caminando hacia otro sitio. Caminan a paso lento, sabiendo que cuando Menganito salga les podrá ver y alcanzar; pero el hecho es claro, a Menganito no se le espera (al menos no formalmente).

Creo que esto es una verdad universal y, amigos, si no sabíais que existen los Menganito, es que vosotros sois claramente Fulanito, ¡enhorabuena!

Sois triunfadores, gente que marca el camino a los demás y no se deja gorronear, sois A.C. Slater, Alvin de las ardillas, Michael Jordan, Troy el de High School Musical, el canoso de Los del Río, Geri Halliwell en las Spice Girls y Robbie Williams en Take That. Sois Mario Mario rescatando a la princesa o Andy Warhol usando un Commodore Amiga. Sois la Coca-Cola, el chocolate Nestlé, las patatas Matutano, los helados Frigo y los juegos de mesa MB.

El hábito sí hace al monje

Hace dos meses de mi último post, acojonante, ¿eh? No sé si me ha echado de menos pero os aseguro que yo sí he echado de menos escribir en el blog; mucho.

Si tuviera un euro por cada post que he empezado a escribir en estos dos meses y que he terminado descartando podría quitar el AdSense.

Es muy curiosa la forma en que funcionan los hábitos de los seres humanos. Un día no encuentras un tema sobre el que escribir, o no consigues sacar el tiempo necesario, o empiezas a escribir algo y cuando estás a punto de terminar te parece una basura y lo tiras; cuando te quieres dar cuenta llevas ocho semanas sin escribir dos malditas frases seguidas.

Es muy parecido a lo que pasa con el entretenimiento multimedia. De pronto encuentras una serie que te gusta mucho y durante unos días te ves montones de capítulos del tirón. Entonces pasa algo que te hace romper la racha y no vuelves a ver esa serie en la vida. Esto es aplicable también a los videojuegos, ¿quién no se ha viciado cuatro días seguidos a un juego y, de pronto y sin saber por qué, lo ha abandonado de vuelta a la estantería (o a ese disco de chorrocientos teras lleno de carpetas llamadas ‘Escritorio OLD’ y cosas así)?

Es algo que también sucede con amigos o conocidos. Gente con la que te ves muy a menudo en una determinada época y, llegado un día y sin motivo concreto la cosa se enfría y no vuelves a quedar en meses, o incluso no vuelves a verlos.

Si no pilláis la referencia de ALF no merecéis perdón.

En el caso más delicado también pasa en las relaciones sentimentales, parejas que se acostumbran a pasar días y días sin un solo abrazo y cuando se quieren dar cuenta son como el matrimonio del Sr. y Sra. Armonía.

Son malos hábitos que se establecen, o buenos hábitos que se pierden; según se mire.

Fotografía en blanco y negro de un niño jugando con sus manos sobre arena en forma de anillos

mapgoblin.

Dicho esto, mitad excusa chunga por no haber aparecido en dos meses y mitad reflexión de todo a cien, paso a la auténtica chicha de la entrada. Y es que quiero hablar de los hábitos de trabajo, de nada en concreto, sólo de la actitud ante el trabajo y la forma de hacer las cosas en el día a día. No me refiero a la productividad, ni a los medios, ni siquiera al fin. No voy tan lejos, sólo me refiero a la actitud.

Desde que cambié de curro sufrí un buen cambio de mentalidad (o tal vez fue al revés) en cuanto a la calidad de mi trabajo y mi profesionalidad en general. Me da vergüenza reconocerlo, pero en mi trabajo anterior llevaba cerca de un año limitándome a cubrir expediente de la forma más comodona. Empiezas con el hábito de no dar el 100% y cuando te quieres dar cuenta estás dedicando más tiempo a tomar cafés o mirar gilipolleces en internet que a hacer algo de calidad. Y sí, sacas el trabajo adelante, pero eres consciente de que podrías haber hecho las cosas mejor; y lo peor de todo es que te la suda. El mal hábito ha ganado.

Por ‘consultora’ me refiero a cualquier empresa un poco gorda en la que nadie se involucra realmente con el proyecto, etc. Luego hay de todo, lógicamente.

Ya era consciente entonces, pero ahora que miro con perspectiva lo veo con mucha más claridad. No hay nada más nocivo que currar en una consultora sin mucha atención al detalle para convertirse en un cutre de tomo y lomo. Y yo no era un caso aislado, tengo amigos a los que les ha pasado (o les pasa) exactamente igual en otras empresas. Un par de años más así y tal vez no habría tenido ya vuelta atrás.

Hoy día no sé si mi trabajo es bueno o malo pero os aseguro que hago todo lo que está en mi mano para que sea todo lo bueno posible, y que puedo respaldar cada una de mis decisiones. Seguro que cometo errores a porrillo, pero son por desconocimiento, por falta de experiencia o por falta de talento; no por dejadez. Es todo lo que se le puede pedir a alguien.

No sé muy bien cómo se podría orientar esto de forma general pero creo que los tiros van en dos líneas, dos preguntas a contestar afirmativamente para mantener los malos hábitos a raya.

La primera sería preguntarse si, honestamente, uno considera que merece hasta el último céntimo de su sueldo. Yo antes no lo merecía, ni de lejos.

Aquí cuelo lo de ‘porno’ para atraer visitas de ‘monjes porno’.

Y la segunda es preguntarse si te gustaría que la tarea con la que estás en cada momento fuera tu tarjeta de visita ante alguien a quien admires profesionalmente (sea lo que sea, desde un fragmento de código si eres programador, a una salsa de tomate si eres cocinero, un desfalco si eres político o un profundo gemido si eres actor porno (o tenista)).

Las preguntas de mi vida

Al hilo de mi reciente cambio de trabajo, el otro día estuve meditando sobre qué había cambiado en mi forma de pensar respecto a la informática y la tecnología en los últimos tiempos. Me preguntaba si era yo el que había cambiado o lo había hecho el resto del mundo, ¿qué crujiente, eh?, y todo esto sin consumir drogas.

¿Qué?

Sí, sólo tecnológicamente hablando.

Veréis, fui un chaval bastante precoz tecnológicamente hablando. Desde que tenía cinco o seis años me acostumbré a tratar con software. Jugaba a menudo con el ZX81 y el Commodore 64 de mi hermano. La lista de cassettes que teníamos era interminable y en aquella época todo era nuevo para mí, y lo cierto es que la variedad era brutal pese a las limitaciones de estos aparatos (sobre todo del ZX81).

Calificaría aquellos tiempos como los tiempos del ‘¿qué?’. Veía cosas nuevas a diario y las asimilaba, ¿qué hace este botón?, ¿qué pasa si paro la cinta a mitad de carga?, ¿qué son los colorines que salen al principio?, ¿qué significa ‘RUN’? etc.

¿Cómo?

Con el tiempo llegó el 286 y, a medida que iba creciendo, empecé a programar y usar los ordenadores para algo más que jugar. No hacía grandes cosas y no tenía mucha idea de casi nada (claro, tenía poco más de diez años), pero me apañaba. Montaba mis programitas chorras para necesidades que yo mismo me creaba, pseudojuegos sin gracia y cosas por el estilo.

Paralelamente me empecé a interesar por el software de diseño, me encantaba hacer mis historias con un grupito de programas a los que tenía cogidos la medida, básicamente adoraba el Dr. Halo (un programa de dibujo muy sencillito que venía con los ratones Genius), el Ventura Publisher (el único software de autoedición, junto con Harvard Graphics, que he llegado a dominar al 100% en toda mi vida) y AutoCAD (la versión 10, que me iba lentísima, pero me daba para lo que necesitaba).

Tampoco os vayáis a pensar que me pasaba el día programando y haciendo autoedición, en plan niño prodigio ni nada de esto. Lo que más hacía era jugar al Wolfenstein 3D.

Nunca llegué a hacer nada reseñable, pero aprendí un montón de pegarme con todas estas cosas. Además, para los que seáis más jóvenes y no hayáis conocido esta época, el software era monotarea e insultantemente lento (igual que un iPhone 3G actualizado). De modo que si habías hecho una imagen en Dr. Halo para incrustarla en un texto en Ventura y luego, ya en Ventura, veías que no tenía la proporción necesaria tenías que guardar el trabajo, cerrar Ventura, abrir Dr. Halo, abrir tu fichero, modificar, exportar, cerrar Dr. Halo, abrir Ventura, abrir tu fichero y meter la imagen nueva. En cuanto la habías cagado un par de veces te dabas cuenta de que había que ser cuidadoso e intentar hacer las cosas a tiro hecho.

Con lo que calificaría esa época como la del ‘¿cómo?’. Es decir, miraba todo lo que me había llamado la atención e intentaba replicarlo por mis propios medios. No sé, cosas del estilo de, ¿cómo hacen en Windows 3.0 para que los botones parezcan estar en relieve?, ¿cómo es que este juego funciona con joystick sin tener que calibrarlo? o ¿cómo han hecho esta revista para que el texto fluya rodeando a una foto?

Algún día os hablaré sobre mi colección de iconos hechos a mano, y su triste final.

Básicamente por falta de medios me quedé anclado en ese punto durante toda la década de los 90, usando los mismos programas mientras la industria evolucionaba y salían nuevas soluciones al mercado. No os voy a engañar, era una puta mierda saber que al hijo del vecino le habían comprado un PC último modelo al que no sacaba ningún jugo mientras yo me pudría con mi chatarra de siempre. Ahora, viéndolo con perspectiva, me doy cuenta de que aprendí más dibujando iconos de 16 colores pixel a pixel con el Paintbrush de Windows 3.0 que si hubiera tenido las galerías de clip art del Office a golpe de ratón.

Pero, volviendo al asunto de las preguntas, ese ‘¿cómo?’ ha sido la cuestión que más me he planteado desde entonces y a la que he dedicado mis esfuerzos ya que consideraba que era la más importante que uno se podía hacer.

¿Por qué?

Lo curioso es que, en cosa de un año (sobre todo en la última mitad) he cambiado bastante mi forma de pensar y he empezado a preguntarme ‘¿por qué?’. Ya no me preocupa tanto que un botón de Windows 3.0 tuviera relieve, y ya no me preocupa tanto como habían hecho ese relieve con tan sólo dos líneas blancas, lo que de verdad me hace devanarme los sesos es averiguar por qué motivo pusieron ese relieve al botón. Y así con todo.

Maravilloso gráfico con el que muestro las distintas preguntas que me he formulado a lo largo de mi vida, en lo que a tecnología se refiere

A ver, tampoco es algo tan básico, lógicamente me preguntaba el porqué de las cosas al igual que hace todo el mundo. Pero me refiero a intentar racionalizar en mayor profundidad las decisiones que otros han tomado, y tratar de aprender de ello (en lugar de sólo ver qué decisiones habían tomado y averiguar cómo las habían realizado).

Si eres un madurito (o madurita) ahora es tu momento, ilustra a Hugo con tus conocimientos sobre la vida.

Supongo que en el futuro mi vida sufrirá otros cambios y centraré mis pensamientos en otras preguntas a las que aún no dedico la atención que probablemente merezcan, pero bueno, de momento estoy en este punto y me apetecía dejar constancia de ello. Igual todo esto se deba a que he atravesado una crisis existencial y ni siquiera me he enterado, me pregunto, ¿son habituales estos cambios de pensamiento en torno al cuarto de siglo?, ¿o esos rollos de que a determinadas edades nos dan crisis a los tíos son sólo bobadas?

La economía sumergida de los que no nos atrevemos a emprender

Soy un firme convencido de los impuestos y el gasto social. Siempre he pagado mi parte de buena gana porque, ya digo, creo en el sistema y me he beneficiado de él cuando era estudiante. Ahora veo las noticias y se me cae el alma a los pies, la economía sumergida en España se situa entre una cuarta y una quinta parte del PIB; poca coña.

Mucha parte del dinero negro se esconde en las transacciones de patrimonio entre particulares (ventas de pisos principalmente) y otra parte en los negocios desleales de toda la vida. Ya sabéis, el típico chapuzas cabrón que por un lado está cobrando subsidio de desempleo y accediendo a viviendas protegidas y por otro lado trabajando en negro, jodiendo con ello a su competencia honesta (que es la que le financia las ayudas mediante los impuestos, curiosamente).

Contra estas cosas poco se puede hacer mientras haya gente analfabeta dispuesta a pagar parte de su piso en dinero negro y a renunciar a la factura del cerrajero para ahorrarse 8 euros. Pero creo que hay otra gran bolsa de economía sumergida que sí se podría controlar sin mucho problema, y daría un buen empujón a la innovación y el emprendimiento más modesto.

Fotografía de unos guantes de lana con un cardo enganchado

isaacbowen.

Veréis, yo siempre he tenido muchas ideas de negocio. Algunas claramente inviables y otras que hasta podrían valer la pena, tanto que en los últimos tiempos me llegué a plantear llevar a cabo algo más o menos en serio. Pero al final me topé con una una triste realidad, algo en lo que nunca había caído pero que seguramente muchos conozcan a la perfección. Y es que emprender, de forma legal, es un auténtico coñazo.

Todas las formas legales de sociedades (empresas, vaya) que encontré están pensadas para gente que se lía la manta a la cabeza, consigue financiación y monta una empresa de las de toda la vida, con empleados a tiempo completo, algo de dinero en la caja, sellos de caucho y persianas venecianas. Pero veo un enorme vacío en los incentivos para los emprendedores a tiempo parcial, es decir, gente que además de ser asalariada para un tercero (y pagar impuestos por ello) quiere intentar construir en su tiempo libre un pequeño negocio.

Hablo de cosas pequeñas, no de montar una cafetería, sino de cosas que se pueden hacer desde el propio hogar, como fabricar broches de fieltro, vender fotografías, traducir textos o diseñar páginas web cutres salchicheras en los fines de semana. Cosas con las que, al menos al principio, se van a obtener rendimientos bastante modestos.

El Estado hoy te dice, ¿quieres vender manualidades desde tu hogar?, muy bien, hazte autónomo y enfángate con un montón de papeles (gestoría mediante, si no quieres perder tiempo) y de pagos (un mínimo de 200 euros al mes), pese a que tu actividad (que más que una empresa es un hobby) aún no genera ninguna clase de ingreso.

La mayoría de la gente (yo incluído) se abruma ante esta situación y, o bien pasa de declarar absolutamente nada y engrosa los números de la economía sumergida que daba al principio, o bien se desanima y desiste de su idea. ¿Cómo es posible que para intentar generar riqueza honestamente, y aportar parte de tus beneficios a tu país, lo primero que te pidan sea que empieces a palmar pasta y tiempo en cosas que nada tienen que ver con tu idea (y que todavía no sabes ni si va a funcionar)? Es algo que desanima a cualquiera.

Creo que hace falta (más ahora, con la tasa de desempleo que gastamos) una modalidad legal con la cual cualquiera pueda emitir facturas, pagar su IVA de forma anual con total comodidad junto con el resto de su declaración, y listo. Algo que sea tan sencillo como solicitar una licencia para emitir facturas sobre una actividad (se resolvería con un simple formulario web que relacionase DNI con actividad y te diera un CIF de emisión). Y todo esto unido a una serie de baremos, progresivos, de modo que a medida que tu negocio empiece a funcionar (si es que lo hace) el bocado de hacienda vaya siendo más y más grande hasta que puedas formar una empresa con todas las de la ley, y dedicarte a ella en cuerpo y alma.

Aquí es donde se explica la foto del post, pura poesía, ¿eh?

Supongamos que en tu tiempo libre te gusta confeccionar guantes de lana y venderlos por internet. Apenas te conoce nadie pero empiezas a tener algo de público y recibes un par de pedidos al mes, lo que te supone 60 euros de ingresos mensuales, que una vez descontados los costes del material se te queda en 600 euros al año. ¿No sería mejor poder declararlo tranquilamente, emitir facturas a tus clientes y que el Estado recaudase el IVA sobre esos 600 euros, a que directamente hagas todo bajo cuerda y el Estado no vea un céntimo?

Lógicamente tendría que haber restricciones para que una misma persona no pueda montar docenas de chiringuitos de estos a la vez, pero precisamente, al estar regulado, sería trivial de verificar.

Y ojo, esto es para proyectos individuales, pero si hablamos de hacer algo con más ‘socios’ la cosa ya sí que se descontrola en complejidad. Si quieres montar la misma tienda de guantes de lana con un par de amigos, y os apetece que en la factura figure el nombre comercial que habéis decidido por comité (típica empresa de Juan, Gloria y Manuel que acaba llamándose ‘GLORMANJUA SL’). ¿Quién en su sano juicio reuniría un capital de 3000 euros para iniciar una SL de poca monta que no dará ni 600 euros al año? Pues nadie. Y así pasa, que al final la gente en lugar de hacer los guantes se queda en casa viendo la tele, o hace los guantes y los cobra en negro.

La administración electrónica está bien, pero lo que de verdad hace falta es un poco de sentido común y una simplificación brutal en los trámites más habituales y sencillos, que es un mal que aqueja a todo el sistema. El Estado tendría que empezar a centrarse en resolver este tipo de cosas, en hacer fácil lo fácil. Puede sonar a cachondeo, pero estoy convencido de que nos va el futuro en ello.

Cosas que aprendimos con la catástrofe de Japón

Ha pasado ya un mes desde la tragedia que vivió Japón y los medios de comunicación ya no hacen mucho caso al tema. Lo típico, una vez pasada la carnaza inicial el tema deja de interesar.

Pero hay dos cosas que creo que todos hemos aprendido (aún sin darnos cuenta) y que cabe la pena destacar.

Fotografía de una chica japonesa pegada a una valla con sus manos entre la alambrada

TommyOshima.

No, no hablo de la templanza con la que los ciudadanos nipones (a juzgar por las imágenes que nos llegaron) se han comportado durante la crisis (es impensable imaginar hileras de españoles guardando cola ordenadamente esperando a que nos dieran ayuda humanitaria) sino de dos cosas, un tanto bobas, pero que estoy convencido de que trascenderán a la cultura pop y la producción cultural, sobre todo en cine.

Torres de refrigeración

Vamos, como las de la central del Sr. Burns.

La primera cosa que hemos aprendido es que no todas las centrales nucleares tienen torres de refrigeración al uso. Ya sabéis, esas típicas chimeneas grises, de estilizadas curvas y que sueltan vapor de agua por el centro (‘humo’, que dirían las señoras). No, en la central de Fukushima lo más que hemos visto han sido unos edificios de forma cúbica, normal, y unas antenas que podrían hacer pasar el conjunto por una instalación industrial corriente y moliente.

Parece una tontería, pero en una sociedad en la que en un fin de semana tanta gente se convirtió en especialista en energía nuclear (la peña rajaba de fusiones del núcleo y radiación con la misma confianza que el que dice que el Rivaldinho de turno es un tuercebotas) me parece un dato muy a tener en cuenta.

Agua negra

La segunda cosa que hemos aprendido es que el agua que arrastra un tsunami no es cristalina sino negra; debido a los lodos, tierras y aceites que va encontrando a su paso. En todas las películas de catástrofes en las que se producían tsunamis (al menos en las que yo recuerdo) el agua siempre parecía sacada de una piscina, limpia y pura, y ninguno nos habíamos planteado lo absurdo que era aquello hasta que lo hemos visto en realidad.

En la película 2012 las referencias son evidentes.

En ese sentido me recuerda mucho a lo que pasó con el colapso de las torres del World Trade Center de Nueva York el 11 de septiembre. Hasta ese momento en todas las películas que ardía un edificio se veía la columna de humo nada más, pero desde aquel martes todos sabemos que cuando un edificio arde, y se viene abajo, el ambiente queda completamente inundado de humo y ceniza en suspensión. Son imágenes que se te quedan grabadas en la retina y que ya algunas películas de catástrofes han empezado a aprovechar como recurso, así que me atrevo a decir que en las futuras películas del ramo pasará parecido con el agua negra.

Y esa es mi reflexión, es un poco de andar por casa, pero es que yo no sé mucho de fusiones nucleares.

Norma número 1

Siempre que imagino posibles negocios resultan ser cosas más o menos relacionadas con la tecnología. Ya sabéis, servicios a través de internet sin ninguna base viable y puramente ‘virtuales’ o, como mucho, productos tangibles pero distribuidos por correo; en definitiva, cadenas de suministro sin tiendas ni dependientes en ninguna parte.

Pero, pese a todo, siempre he pensado que de llegar a tener una tienda física me ocuparía personalmente de forrar las paredes de los almacenes y las trastiendas con el siguiente texto, para que todos los empleados lo leyeran:

Norma número 1: Nunca le digas a un cliente que la tienda online y la tienda física son cosas distintas.

Es realmente increíble la cantidad de veces que me han dicho esto en distintas cadenas. Si hago memoria me vienen a la cabeza El Corte Inglés, PC City, Fnac, Telefónica Movistar y, hace un par de días, Springfield.

Fotografía en blanco y negro de unos carros de supermercado Carrefour

Lo típico, haces una compra en la web de una tienda y el pedido llega con algún problema, o simplemente quieres hacer una devolución y te presentas en la tienda física para agilizar las cosas. Llegas y dices ‘hola, es en relación a un pedido de internet’ y ya te miran raro, hacen cierto amago de intentar solucionar tu problema (a veces ni eso) y en algún momento te lo sueltan. Como si fuera culpa tuya, ellos liberan su fatídico ‘bueno, es que lo de la web es independiente a la tienda, no lo llevamos nosotros, eso lo tienes que resolver con los de la web’.

¿Pero cómo demonios es posible?, es decir, comprendo que la tienda online sea un departamento independiente, pero eso es algo que nunca, jamás, se debería decir al cliente, y mucho menos como excusa a la desesperada.

Los 902 se deberían prohibir, por cierto.

¿No se dan cuenta? La fortaleza de El Corte Inglés (o cualquier otra cadena) online no es otra que la imagen de marca conseguida por los grandes almacenes de siempre, si en cuanto tienes un problema te dicen que no es cosa de ellos y te mandan a pegarte con un teléfono 902, ¿dónde está la ventaja de comprar en El Corte Inglés online respecto a hacerlo en una tienducha internetera cutre?

Ya digo, realmente no me mosquea que no te lleguen a resolver el problema, sino que tengan la poca vergüenza de decirte que el problema no va con ellos (con el consiguiente daño a la imagen de marca, que es la que te llevó a hacer la compra inicial).

Doy por hecho que mis lectores sois gente importante.

Así que, si sois propietarios de alguna cadena de tiendas con departamento de compras online, haced caso al tío Hugo y forrad vuestras instalaciones con la Norma número 1.

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Traducción del título para los que no sean frikazos: esta semana cambiaré de trabajo.

Y no, no me refiero sólo a cambiar de empresa sino a un cambio de empleo (y de aires) bastante radical. Simplificando mucho podría decir que dejo de lado las estructuras de datos, los algoritmos y las pantallas negras para dedicarme a un mundo de Post-it de colores, rotuladores y pixels. En definitiva, un ‘jodido empezar de nuevo’ en toda regla.

Esto no quiere decir que ya no quiera programar, ni mucho menos, pero prefiero hacerlo en mi tiempo libre.

Como ya dejé caer a finales de verano pasado me he cansado de ser un informático mediocre, en un trabajo bien remunerado pero repetitivo hasta la saciedad y en el que ya no aprendía nada. Y creo haber encontrado algo en lo que puedo llegar a ser realmente bueno y con lo que disfrutar cada día. Una profesión estimulante a la que entregar todo mi potencial, vaya.

Sobra decir que hacer un cambio de esta naturaleza implica muchos riesgos, tanto por el inevitable miedo a lo inesperado (uno nunca sabe lo que se va a encontrar) como por la realidad laboral de la actualidad y lo que supone renunciar a un empleo en el que tenía casi cuatro años de antigüedad. Y con ello abandonar una empresa más o menos estable, en la que estaba muy cómodo y considerado por todos. Espero no pegarme un hostión.

Fotografía de unos LEGO simulando la clásica foto de los obreros de Charles Ebbets, Lunch atop a skyscraper

Balakov.

Ahora tengo por delante mucho aprendizaje, mucho trabajo y mucho por demostrar. Pero, al margen de eso, aún antes de haber hecho el cambio ya he aprendido dos grandes lecciones que me estaban haciendo falta imperiosamente; y que quiero compartir con todos los que os estéis encontrando en una situación parecida.

La primera lección es que la misantropía no lleva a ninguna parte y que no hay nada más poderoso que conocer (y dejarse conocer por) gente interesante. Nada me ha abierto más los ojos que conocer a personas que, increíblemente, son capaces de ganarse la vida haciendo algo que realmente les gusta. Y no sólo me ha abierto horizontes sino que, finalmente, también me ha presentado oportunidades concretas.

La segunda lección es que, aunque honestamente pensaba que ya estaba apolillado, la realidad es que no era del todo así. Puede parecer una tontería, pero cuando llevas varios años trabajando en el mismo sitio empiezas a pensar que tal vez no valdrías para currar en ninguna otra parte, ni haciendo ninguna otra cosa. Y por suerte no me ha pasado, he recibido varias ofertas en firme de empresas a las que, al menos en un primer contacto, les encajaba que yo formase parte de su plantilla. Os aseguro que eso levanta el ánimo, mejora mucho la percepción de uno mismo como trabajador y da muchas fuerzas.

Es sólo un decir, eh.

Así que, ya veis, es tiempo de cambios. Deseadme suerte.

Reconocer el trabajo ajeno

Soy muy bueno encontrando fallos a los demás, en todo tipo de cosas, y además es algo que me pasa desde pequeño. Hasta el punto de que en mis tiempos de colegio tenía compañeros que me decían que era insoportable porque ‘no me gustaba nada’ y que a todo le encontraba pegas. Y aunque creo que es una habilidad bastante útil porque me permite identificar detalles aparentemente intrascendentes, sí que trato de cuidar que no se me escape de las manos, de modo que hace algún tiempo me propuse tratar de reconocer más el trabajo de los demás, y hacérselo saber; un poco en la línea de lo que os contaba sobre los buenos profesores.

Sobra decir que, en general, en los supermercados el servicio cada vez es peor. Al menos en Madrid, salvando Mercadona, el trato del personal hacia los clientes suele ser lamentable, les preguntas cualquier cosa y poco más o menos que te mandan a la mierda. Ya en líneas de cajas los productos directamente vuelan, los tiran al cajón sin ningún cuidado y durante el proceso los modales brillan por su ausencia mientras los ‘buenas tardes’ de los clientes se quedan colgando del aire esperando respuesta. La excusa habitual es que son trabajos muy mal pagados y que los empleados están muy quemados y explotados. Y será cierto, pero a mí esa excusa no me vale. Pero bueno, no es el tema del post. El tema del post es justo el contrario.

Fotografía de unas manzanas

msr.

Hace unos días, en la frutería del Supercor me encontré con un frutero de primera, tanto en trato (aunque para mi gusto rozaba un poco lo servil) como en profesionalidad. Le pedí unas manzanas, no recuerdo la variedad, y el tío me dijo que me llevara mejor otras, que eran un poquito más baratas y que estaban más ricas. Me comentó que a las señoras no les gustan mucho porque son demasiado duras, pero que para unas encías jóvenes eran una delicia. Llevaba razón.

A la semana volví, y me fui directo a comprar las mismas manzanas, y estaba el mismo frutero. Mientras esperaba turno vi como le comentaba a un señor que la piña que había comprado el día anterior era muy buena y que la aprovechase, porque las nuevas que estaban llegando no eran tan ricas. Dando consejos de calidad, como los tenderos de mercado de toda la vida, pero sin el punto interesado del tendero que te aconseja al tiempo que es propietario del stock, en un conflicto de intereses que no hay por donde cogerlo.

La cosa es que llegó mi turno y pedí las manzanas, le dije que eran para ir comiendo durante la semana, de modo que el tío fue seleccionando una a una en una progresión de madurez perfecta en que cada día de la última semana comí las manzanas justo en su punto. Conforme me las dio me atreví a decirle lo que pensaba, en una conversación tal que así.

Frutero — ¿Algo más, señor?
Hugo — No, muchas gracias.
H — Y permíteme que te diga que eres la persona que mejor me ha atendido en un supermercado en toda mi vida.
F — No será cierto.
H — Sí, sí lo es.
F — Muchas gracias, señor.

Por un lado supuse que al tío se lo dirían cada dos por tres, pero por otro pensé que igual no, que igual la gente no se atrevía a reconocerle su trabajo como merecía, y por eso me lancé.

La otra opción, como me dijo un compañero, es que el tío se pensase que me lo estaba intentando ligar.

No sé, igual os parece una gilipollez, pero me imaginé al frutero llegando a casa y contándole a su mujer que un niñato (al que por normas de la empresa daba trato de ‘señor’) le había dicho lo crack que es en su trabajo y pensé que igual le había conseguido devolver parte del buen hacer y el cariño que él mete en su curro.

Y lo cierto es que me sentí muy bien, debo hacer estas cosas más a menudo.

La dieta de Hugotkins, o cómo perdí 15 kg en mes y medio

Bueno, antes de hablar de esto os dejo el disclaimer de rigor: No recomiendo a nadie modificar su alimentación o seguir una dieta si ésta no está fijada por su endocrino, que luego vienen los problemas y yo no quiero hacer daño a mis lectores (si tuviera más ya sería otra cosa, podría experimentar con vosotros y deciros a quién no tenéis que votar y esas cosas).

Al tema. Como ya os conté, hace años que mi cuerpo se rebeló contra mí. Pasé de ser el típico cabrón que se come una caja de Donuts y te dice ‘pues es que coma lo que coma no engordo’ a ser el típico gordo que se come una caja de Donuts y dice ‘joder, en mis tiempos me jalaba una de estas y ni lo notaba, ¡ñam!’.

Cenar pizzas y kebab cada dos por tres también debió influir, ligeramente.

No sé si fue por empezar a trabajar a tiempo completo e independizarme por el camino, o por comerme siempre lo que deja mi chica; o simplemente por la edad, pero la cosa se empezó a desmadrar de mala manera. En unos tres años pasé de pesar unos 65 kg. a pesar 85, una auténtica burrada que, aunque no se me notaba muy muy gordinflas, si que me preocupaba en cuanto a salud (aunque por fortuna mi colesterol siempre ha sido perfecto). Y ahora me doy cuenta de que también había dañado un poco mi autoestima.

Total, que justo terminadas las Navidades y los atracones de las fiestas pensé que había que poner fin a todo esto y empecé una dieta. Una dieta de endocrino, normal y corriente, pero rebautizada por mí como La dieta de Hugotkins. Otro de los nombres barajados, finalmente descartado, fue From Roswell to Auschwitz .

La dieta es bastante sencilla, es más sentido común que otra cosa. Cinco comidas al día, mucha verdurita y evitar las grasas y azúcares, nada del otro mundo, pero que con un poco de esfuerzo (es una comida bastante repetitiva) me ha vuelto a poner en las cercanías de mi peso ideal.

Gráfica que muestra mi pérdida de peso en el último mes

Evolución de mi peso durante el último mes y medio.

Así que os voy a desglosar la dieta que he seguido, no es estrictamente la que recibí, sino la que hice. Por ejemplo, aunque en mi dieta recomiendan comer la carne al mediodía y no en la cena yo le di la vuelta (aún sabiendo que era peor) por una cuestión muy sencilla, prefiero llevarme al trabajo una ensalada que carne revenida de la noche anterior. Ya que la comida de dieta es un poco sosa he intentado hacer algún ajuste para, al menos, evitar comerla recalentada.

Recomendaciones generales

  1. Cocinar con el mínimo aceite posible, una cucharada diaria como mucho. Y, lógicamente, aliñar sin aceite.
  2. Nada de fritos, todo plancha o rehogado.
  3. Nada de alcohol.
  4. Nada de cerdo.
  5. Ternera sólo una o dos veces a la semana.
  6. Evitar los refrescos, o tomarlos light.
  7. Evitar las pastas y legumbres hasta que se pierdan 5 o 10 kg.
  8. No obsesionarse, pero está bien mirar las etiquetas de los productos y tratar de elegir en base a la información nutricional. Por ejemplo, si dudas entre dos sabores de mermelada light (y te da igual comprar una que otra), llévate a casa la que tenga menos calorías.
  9. Las especias son tus amigas.
  10. Amarás a Hugo sobre todas las cosas, y le regalarás un iPad.

Desayuno

Dos opciones para empezar el día con ganas. Esta es la típica cosa que yo nunca hacía, me iba a currar sin tomarme nada.

  1. Café con leche desnatada (sin azúcar) y un pequeño puñadito de cereales tipo Special K, de esos que anuncian bellas modelos con pijamas rojos en casas de diseño de 400 m² y más luminosas que la sede de la Bauhaus en Dessau.
  1. Café con leche desnatada (sin azúcar) y una tostada de pan de molde con mermelada light.

Almuerzo

  1. Una manzanita (o pera, o naranja) y un té, sin azúcar ni leche.

Comida

Tres opciones, aunque la que más he repetido ha sido la primera propuesta.

  1. Ensalada de lechuga o canónigos, con queso de Burgos y fiambre de pavo.
  2. Yoghurt desnatado.
  1. Pechuga de pollo (100 ~ 150 gr.) a la plancha con guarnición de verduras.
  2. Yoghurt desnatado.
  1. Revuelto de guisantes, pavo y huevo.
  2. Yoghurt desnatado.

Merienda

  1. Manzanita al canto.

Cena

Otras tres opciones, las más socorridas han sido la primera y la segunda. Al hilo de ésta, aunque no son recomendables los carbohidratos en la cena más o menos lo compenso con que no como pan el resto del día, así que no he tenido problema.

  1. Pechuga de pollo (100 ~ 150 gr.) a la plancha con guarnición de verduras.
  2. Yoghurt desnatado.
  1. Pechuga de pollo (100 ~ 150 gr.) a la plancha con guarnición de champiñones.
  2. Tortillas de trigo.
  3. Yoghurt desnatado.
  1. Filete de ternera (100 ~ 150 gr.) con guarnición de cebolla.
  2. Yoghurt desnatado.
  1. Tortilla francesa.
  2. Yoghurt desnatado.

Excepciones

Pese a todo, algún día me he pasado la dieta por el forro y no ha pasado nada, he seguido perdiendo peso correctamente.

Sí, yo aún hago coñas con Lewinsky.

De modo que mi consejo final es que no hay que obsesionarse, siempre te vas a poder comer un jugoso menú Whopper, pero aprovecha a comerlo un día con amigos, como algo especial y que lo disfrutes, y no como una comida rápida en medio del trabajo (à la Lewinsky) que al final no sabe a nada y termina en el flotador en treinta segundos.

Yo, ya os digo, prácticamente cada semana he tenido una comida fuera de norma (un día un burger, otro día comida china, otro día es un cumpleaños y comes tarta, etc.) pero en las comidas de diario he sido muy estricto y, sobre todo, me he sabido controlar con los dulces, aperitivos y demás tentaciones de picoteo.

Por cierto, desde que empecé la dieta no he salido a correr (no recomiendan hacer las dos cosas a la vez), así que estos resultados han sido sin apenas ejercicio. En unos días retomaré la actividad y ya os contaré si hay efecto rebote, o sigo en mi transformación hacia Jobs, pero la verdad es que en estos momentos (más allá del peso), estoy mucho más delgado, la ropa me queda mejor, me siento más guapete y con más energías.