Cerrando etapas

Embarcarse en nuevas aventuras (proyectos personales o en grupo, intentos de emprendimiento, etc.) es siempre algo muy agradable y vibrante, seguro que la mayoría de vosotros conocéis la sensación.

Todo se coge con muchas ganas, las ideas son novedosas y atractivas y dejan llevar nuestra imaginación ante un lienzo en blanco, el proyecto por completar. La mente se deja ocupar con esos nuevos estímulos y se las apaña para sacar lo mejor de nosotros mismos, habitualmente a costa de algunas horas de sueño de aquí y de allá. No es de extrañar que cuando toca hacer lo contrario, deshacerse de aventuras pasadas, nos cueste tantísimo dar el último portazo.

Fotografía del típico cartelito americano de Sorry were closed

JeffStewartPhotos.

Yo soy un auténtico experto en iniciar historias y no llevarlas a término, y no soy el único. El mundo está lleno de chicles que ya no se pueden estirar más y de ideas que terminan agonizando de forma lamentable, que no fueron matadas a tiempo y ya ni siquiera pueden recibir un final digno. Las de internet, por su propia naturaleza, son bastante fáciles de analizar y basta darse un paseo por el archivo de cualquier web de actualidad internetera para ver que muchas cosas de las que se hablaba hace un par de años ya directamente no existen, o bien no han evolucionado nada desde su lanzamiento inicial.

¡Y aún asín, me querís!

¿A qué viene esto?, pues a que recientemente he decidido cerrar dos pequeñas aventuras ya agotadas, de las que apenas os hablé nunca pero que paradójicamente si quiero comentar ahora, a título póstumo y por mi cara bonita.

Web de fotografía

En marzo de 2008 me monté una especie de photoblog, completamente anónimo, con el que mostrar mi pretencioso arte al mundo. Me lo tomé bastante en serio y lo alimenté diariamente con fotos de razonable calidad.

Si los bloggers tienen fama de pelotillas y endogámicos lo de los photoblogs ya sí que era exagerado.

En cuanto a la presentación del tinglado, ya me conocéis, suelo cuidar bastante los detalles y aquello no fue una excepción; la cosa me quedó bastante resultona. Tenía una aproximación muy similar a la que ahora se estila tanto en las versiones para tablets, llenando el ancho completo del navegador con la foto de cada día en toda su gloria y un archivo de miniaturas con el que encontrar cualquier foto pasada de un solo vistazo.

Contrastaba enormemente con los típicos sitios montados en Blogger sobre plantillas pensadas para texto y creo que ese respeto hacia el propio medio hizo que a muchos les empezase a gustar pasarse por allí. Poco a poco se llegó a formar una pequeña comunidad en torno a la web, con comentarios pedantes en cada foto y ese tipo de cosas.

Dos años después, en marzo de 2010 ya sólo subí siete fotos, frente a las sesenta del año anterior. Un año después, en marzo de 2011 ya sólo publiqué dos tristes fotos; y hoy he visto que no he vuelto a publicar ni una más desde entonces. En su mejor momento la web recibía a unos novecientos visitantes diarios (cerca del doble de infa.me, por poner en contexto); ayer recibió a tres.

Creo que este marzo, tras todo un año de inactividad, es un buen mes para dar por cerrada esa etapa. Voy a coger todas las fotos, en orden, imprimirme un librito para tener por casa y cerrar esa web para siempre, sin ningún rubor. Aprendí mucho con este proyecto, hice más y mejores fotos, desarrollé mis habilidades como diseñador amateur y me mantuve entretenido en una época en que me costaba bastante sobrevivir entre finde y finde. No se puede pedir más.

iPad

A comienzos de 2010, precisamente también en marzo, me animé con un compañero de trabajo a desarrollar aplicaciones para iPad (que acababa de ser presentado y ni siquiera estaba a la venta). Nos pusimos manos a la obra y en un par de semanas de trabajo de flexo y café de medianoche ya teníamos montada una app muy sencillita. Conseguimos tener la aplicación a la venta desde el mismo día que se lanzó el iPad al mercado y, durante un brevísimo espacio de tiempo, fue una de las apps más descargada de su categoría (claro, apenas había competencia, pero no por ello deja de ser flipante).

Precisamente Google Wave es un buen ejemplo de los fracasos de internet que comentaba antes.

Aprovechamos un par de eventos de desarrolladores para mover nuestra idea aquí y allá, nos hicimos unas tarjetas muy chulas en MOO y más por casualidad que otra cosa llegamos a conocer a varias personas interesantes. Había tanto movimiento en el mundillo que incluso nos llegaron ofertas para desarrollar apps para otros. Pero eso no es a lo que nos queríamos dedicar (y tampoco teníamos el tiempo para hacerlo en condiciones), ¡nosotros queríamos hacer nuestras propias apps!, y llenamos unos cuantos Google Docs (y conversaciones en Google Wave) de ideas chulas y cosas que queríamos hacer a continuación.

Ingresamos unos 150 euros a lo largo dos años. Esos dos años en la App Store nos costaron 160 euros. Un descalabro, vaya.

Pues bien, no lo queríamos suficiente porque hoy, dos años después, no hemos hecho ni una sola app más. Para quien no conozca el modelo de distribución de Apple, los señores de la manzana cobran 80 euros al año por tener aplicaciones a la venta en su tienda y, nuestra app, ya no cubre los gastos. Nunca pensamos que nos fuéramos a hacer ricos pero pagar otros 80 euros por algo que ya nadie se baja no nos merece la pena así que hemos cerrado el tenderete de mutuo acuerdo.

¿Un fracaso?, pues hombre, en buena parte sí, pero gracias a ello me leí de cabo a rabo toda la estupenda documentación de Apple sobre diseño de interfaces, aprendí a programar un poquito en iOS y sobrellevé una época en que mi curro diario se había vuelto aburrido y menos desafiante que hacer espaguetis para dos y que te sobre media cazuela. Por si eso fuera poco hicimos algunos buenos contactos en aquella etapa y desde allí se nos presentaron varias oportunidades, que en mi caso me hicieron dar un giro a mi vida profesional como de la noche al día.

De esta nueva aventura os hablaré dentro de dos años, cuando abandonemos.

Mi amigo y yo estamos ahora comenzando una nueva aventura y ambos sentimos que salimos muy reforzados de aquella experiencia. Aprendimos mucho, conocimos mejor nuestras limitaciones y cometimos ciertos errores que ahora vamos a intentar esquivar.

Moraleja

Lo que intento contar con estas dos inconexas historias de desencantos huguiles es que no hay que tener miedo a empezar cosas, pero tampoco hay que tenerlo a darlas por concluidas. De todas las experiencias se pueden sacar cosas en claro y con los años me he convencido de que terminar un proyecto sin ‘haber conseguido nada’ no es necesariamente un fracaso si al menos el proceso te ha valido de algo. Y ese algo ni siquiera tiene que ser algo relacionado con el propio proyecto.

Y, ojo, que a mí me parece una soberana gilipollez esa actitud de abrazo al fracaso que muchos gurús de palo intentan defender con más cuento que los cursillos de risoterapia (hay tantos ejemplos de gente que triunfa al décimo intento como de gente que triunfa a la primera, pero intentar justificar que es mejor perder antes de ganar es insostenible). Y también detesto esa fijación de otros tantos que ven la solución a todos los problemas del mundo con que cada asalariado o parado se convierta en un entrepreneur ‘del internet’.

Pero eso, creo que cada cosa hay que verla en su justa medida, saber manejar los tiempos y no quemarse en exceso con las cosas que no salen muy allá es la clave para mejorar poquito a poco, proyecto a proyecto. Ya sabéis lo que dicen de las retiradas a tiempo.

Hablando al patito de goma

Es curioso como las buenas ideas son, a menudo, universales y aprovechables en múltiples escenarios. Es el caso de una técnica que aprendí en mi etapa de desarrollador de software y que, recientemente, vengo aplicando al diseño de interacción.

La técnica es conocida como ‘depuración con patito de goma’. Si sois informáticos probablemente sepáis de qué va el tema, si no, os lo cuento y así aprendéis algo de provecho y que creo valdrá para cualquier trabajo creativo y/o metódico.

¡Tengo un poltergeist!

Una de las cosas más frustrantes cuando se programa es la depuración de código erróneo. Es decir, has programado algo que en teoría debería de funcionar, pero no funciona. En ese punto tienes que revisar la ejecución completa del programa, paso a paso, tratando de dar con el fallo cometido (ya que, habitualmente, los ordenadores son infalibles y el problema está en las órdenes que les estamos dando). Estos fallos pueden ser de cualquier tipo, desde errores conceptuales a problemas más tontos como haber confundido una letra en una palabra, haber bailado un número aquí o allá, olvidado un punto y coma en determinado sitio y cosas por el estilo.

Depurar un fallo puede llevar desde unos pocos segundos hasta horas y horas de tedioso trabajo, recorriendo minuciosamente líneas y líneas de código intentando encontrar la aguja en el pajar. Es un trabajo ingrato.

Al parecer la clave de que esto funcione está en la disonancia cognitiva.

Para esos casos se inventó la técnica del patito de goma (o del programador de cartón). Es una de esas cosas que, aún pareciendo una gilipollez, realmente funcionan y resuelven bastantes quebraderos de cabeza.

Fotografía de una reunión de patitos de goma

Felix63.

La técnica consiste en tener una figurita de un patito de goma (o pedir a un compañero que se siente a escucharnos) al que se le explica de viva voz el código fuente que está dando los problemas, línea por línea, verbalizando lo que hace ese código y los motivos a los que responde su existencia. Es algo así como decirle al patito ‘aquí empieza la ejecución, inicializo esta variable a cero para ahora recorrer esta lista de elementos, cogiendo uno cada vez, y una vez hecho comparo que ese nuevo valor sea más grande que el que tenía en la variable, y si es así lo guardo en la variable, y bla bla bla…’.

Con menos que esto hay quien te hace un cursillo de productividad profesional.

En la totalidad de los casos, mientras se habla al patito (o a la figurita que cada cual tenga a mano), uno se da cuenta de cuál era la cagada que había cometido y visto pasar inadvertidamente ante sus ojos durante un buen rato. Es flipante pero el solo hecho de tener que contar las cosas hace que se vean desde una perspectiva más amplia y que los errores se descubran ante nuestros ojos como por arte de magia. ¡Anda coño, si era esta chorrada lo que estaba cascando, ahora puedo seguir avanzando, gracias a mi buen amigo Hugo y su magnífico blog!

Más allá del código

La cosa es que, como os decía, esto se puede aplicar a muchos otros campos, lejos del código fuente y su depuración.

En mi caso, cuando estoy diseñando y veo que algo no encaja, le explico al patito mis decisiones de diseño y los porqués de cada elemento, de cada pieza, de cada texto, de cada forma y tamaño, de cada sombra y color, de todo. Hasta que, de pronto, el cuadro completo cobra sentido y descubro dónde la estaba cagando y cómo puedo mejorar todo de un plumazo.

Contarlo de viva voz y explicar las cosas me hace identificar las fisuras de mi discurso y ver lo que, mientras me pegaba con el problema, no estaba viendo. Ya sabéis, lo de los árboles, el bosque, y tal.

De aquí a dar charlas TED.

Si trabajáis en equipo y ponéis todo en común varias veces cada jornada puede que esto no os haga falta, pero si sois trabajadores independientes o no tenéis supervisión directa en vuestro día a día os aseguro que la técnica del patito de goma os puede sacar de muchos bloqueos.

¡Cuac!

Diario de trabajo

Hace unos años me crucé en el trabajo con un compañero muy peculiar. Era un chaval bastante vago e incompetente. Llegaba siempre tarde y cada hora se bajaba a fumar durante diez minutos largos. Se ‘ponía malo’ unos tres o cuatro días al mes y pasaba tan pocas horas delante del ordenador que su productividad rozaba el cero absoluto.

El tío no parecía tener aspiraciones profesionales ni de crecimiento. De hecho, tal era su pasión por el carpe diem que pidió una renta de emancipación y, cuando se la pagaron, se gastó el dinero en una tele de 2000 euros en Media Markt (fardaba de ello y todo). Pero era muy barato y sobre el papel no tenía mal currículo, así que la empresa lo usaba como ariete de bodyshopping.

Sobra decir que yo no era el empleado bueno, eh. Vi todo esto desde la barrera.

Para quien no conozca el mundo de la consultoría esto es algo relativamente habitual (y uno de los muchos causantes de la mala fama que tienen estas empresas). Una compañía subcontrata dos puestos a una consultora y ésta le envía dos empleados, aparentemente del perfil acordado, pero uno es bueno y el otro no. Al final el trabajo más o menos va saliendo gracias al esfuerzo del primero, y todos contentos. Un 2 x 1, vamos.

En este punto cualquiera diría que nada bueno se podría sacar de ese chaval. Pero no, lo cierto es que aprendí una cosa de él, algo que he terminado poniendo en práctica.

No, no he empezado a fumar ni a fingir enfermedades para faltar al curro, no van por ahí los tiros. Resulta que este chico, desde su primer empleo, había ido redactando un diario de trabajo digital con todas las cosas importantes que le pasaban cada día. Desde cosas del día a día, como reuniones y entregas hasta cosas más técnicas y complejas como ‘así se monta un túnel SSH contra una máquina con el filesystem lleno’.

Cuando me lo contó me quedé flipado. Me pareció una cosa tan sencilla e inteligente que no podía creer que viniera de la misma persona que pasaba sus pocas horas en la oficina perdiendo el tiempo.

Negro sobre blanco

El día que cambié de trabajo (hace ya casi un año), no sé muy bien por qué, me acordé del diario de este chico y lo empecé a hacer yo mismo, de forma cronológica inversa (à la blog) y Google Docs mediante.

Cuadro general del diario de trabajo a lo largo de casi un año

Hoy tiene esta pinta al exportarlo a PDF.

Os aseguro que es una de las cosas más productivas que he hecho nunca, no sólo me permite organizar el día a día como siempre había hecho con cuadernos y calendarios sino que me permite poder ver de forma global y normalizada mi trabajo. Con un par de búsquedas puedo saber instantáneamente cuándo alguien me planteó por primera vez una necesidad concreta de negocio y en qué día llegó a producción finalmente, o ver los cambios de orientación que han ido sufriendo las ideas a lo largo del tiempo.

⌘+, ⌘-, ⌘+, ⌘-, ⌘+ …

En definitiva, una herramienta brutal para poder hacer zoom al detalle de cada día, o cambiar de escala y ver un cuadro más completo. Casualmente algo muy parecido a lo que finalmente acaba siendo mi trabajo diario.

Así que allá va mi consejo, empezad un diario de estos y si en una semana no estáis convencidos con el resultado os devuelvo el dinero. Requiere muy poquito trabajo; cinco minutos al final de cada día para recopilar lo que se ha hecho en la jornada, y otros cinco minutos cada mañana para ver lo que quedó pendiente del día anterior.

Y si os funciona guardad la lección, siempre se puede aprender algo de la gente, incluso del más zote del lugar. ¡Mirad vosotros ahora mismo!

Comprar sin tocar

Hace ya unos años en que encargo por internet prácticamente todos los regalos que hago en Navidad, me quito de prisas y agobios y me ahorro un buen dinero. Y es evidente que cada vez somos más (el mes pasado a mi oficina caían los paquetes de mensajeros como la fruta madura, y sé que ha sido cosa generalizada). En tan sólo unos años las gentes nos hemos desmelenado en internet y hemos pasado de sólo comprar libros raros que no encontrábamos en las librerías a tirar de internet para cosas tan cotidianas y a la par delicadas como la ropa, donde probarse las prendas es fundamental para decidir (ya habéis visto el despliegue de Inditex en internet, una apisonadora perfectamente engrasada lista para un mercado cada vez más maduro).

Los comercios tradicionales poco pueden hacer contra esto, más allá de jugar la carta de la atención personal al cliente (que no es poca cosa, ojo) y la baza de la compra instantánea sin esperas ni mensajeros vagos de esos que dejan el papelito en el buzón y dicen que no estabas en casa (salir de la tienda con el producto debajo del brazo y ya listo para usar es una sensación mucho más gratificante que recibir un mail de confirmación y sentarse a esperar).

Maquetas

Mi chica está pensando en comprarse un smartphone, para usar WhatsApp, Twitter y esas cosas de ahora. Es de esas personas cabales que considera que gastarse 600 euros en un teléfono que quedará obsoleto en año y medio es un despropósito y se ha fijado un presupuesto máximo de 150~200 euros, además no acaban de molarle las pantallas táctiles para escribir así que valora contar con un teclado físico (rollo BlackBerry, vaya). Bien, ahí entro en juego yo, me alejo de mis mundos maqueros (en los que ya estoy pensando en malvender mi iPad 2 para comprar lo próximo que saque Apple) y me dispongo a analizar el mercado en busca del móvil perfecto para sus necesidades. Si recordáis mis análisis del mercado de los televisores de hace un par de años sabréis que mis habilidades haciendo benchmarking cruzado son dignas de destacar. Como una impía trituradora desgrano las especificaciones de los fabricantes y rápidamente doy con cuatro modelos Android que más o menos cumplen; especialmente dos de ellos.

Fotografía de una Apple Store, en la sección de iPhone

amNewYork2010.

La cuestión, un móvil es algo en lo que los materiales y el feeling que transmita en las manos es crítico para la decisión final, y eso no se puede percibir por más reviews en YouTube que se vean. Es decir, que uno tiene que poder sentir el diseño industrial del cacharro en sus propias manos y ver qué tal responde el software a las acciones (especialmente con los táctiles), cómo se ve de nítida la pantalla, si hace ruidos al agitarlo, el tamaño de los botones y este tipo de cosas. Para empeorar las cosas las webs de los fabricantes suelen ser muy pobretonas, con fotos diminutas y sin un maldito vídeo del producto en funcionamiento. O sea, que o tienes un conocido con un móvil igualito o no tienes forma de evaluar la compra a no ser que vayas a una tienda de las de toda la vida. Pinta bien la cosa para el comercio tradicional, ¿no?, parece que este tanto se lo van a llevar los de El Corte Inglés, abrigo, bufanda y directos a la boca del lobo, allá que nos vamos de paseo a la calle Preciados a hacer slalom entre carteristas y conseguir el teléfono.

Terminal ANDROYD con cámara de 5Mb y Bluetoth.

Llegamos a la planta de electrónica tras pasar por el inevitable colocón de la perfumería de la entrada, esquivamos los stands de los operadores y localizamos el área de teléfonos móviles libres. Os podéis imaginar el panorama y la típica sensación rancia que rezuman todos los centros de esta gente. Comerciales jovencitos con trajes dos tallas más grandes que su cuerpo que se piensan que son ejecutivos y no tienen ni puta idea de lo que venden, señoras con uñas postizas envolviendo paquetes en diagonal pegando el primer celo a la caja del propio producto y mucha vitrina viejuna con los móviles dentro a una altura insultantemente baja, apagados, bastante mal iluminados y junto a un papelito ridículo que destaca dos o tres supuestas características importantes del cacharro (de esos con faltas de ortografía, unidades de medida equivocadas y demás exquisiteces que todo buen gourmet quisquilloso como yo sabe disfrutar).

Las pegatinas que simulan ser la pantalla encendida también tienen su guasa.

De los cuatro móviles que queríamos ver sólo tienen uno, mal empieza la cosa, pero bueno, menos da una piedra; así que le pido a una empleada si es tan amable de sacarnos el móvil en cuestión y encenderlo para poderlo probar. Su respuesta, acojonante, resulta que los móviles de exposición son simples maquetas. Carcasas vacías, réplicas baratas que no dan una idea del móvil más allá de su tamaño general, y no nos ofrecen forma de ver el aparato de verdad. Si quieres lo compras, a ciegas, y ¿si no? pues te jodes, pero no te van a enseñar uno con la pantalla encendida ni abrir uno nuevo para que lo veas. Es decir, te brindan todos los inconvenientes de una tienda online (básicamente no poder probar el producto en funcionamiento) sin ninguna de sus ventajas (amplio surtido y precio competitivo sin guardar colas ni salir de casa).

Touch me, baby

El problema es tan evidente que resulta patético que no le metan mano. ¿Cómo pretenden que nadie se compre un aparato de cientos de euros sin llegarlo a tocar? Entiendo que a estos gigantes el comercio electrónico les haya pillado a pie cambiado, pero que la caguen también en las ventas tradicionales es de puta pena y da buena idea de la senda de destrucción por la que se están precipitando a marchas forzadas. Resumiendo, 180 euros que se podía haber llevado El Corte Inglés y que se van a repartir finalmente entre Amazon y MRW.

Imagino que mucha culpa de esto la tendrán los fabricantes, que son los que les dan esas maquetas en lugar de móviles de exposición, pero vamos, igual que ponen en exposición las teles, las neveras y los pantalones vaqueros, no veo por qué no hacen lo mismo con los móviles (y hay sistemas antirrobo perfectamente válidos para ellos). Claro, luego vas a una tienda de Apple y están todos los iPhone encendidos, con el brillo a tope y listos para ser toqueteados tranquilamente por los compradores. Supongo que los de El Corte Inglés pensarán que es una insensatez permitir al populacho manosear con sus grasientos dedos terminales de exposición que ya no podrán ser vendidos, supongo que a Apple habrá días que le baste mirar la capa de grasa que deja la gente en sus iPhone de exposición para saber la recaudación sin ni siquiera abrir la caja registradora.

Aplauso

Para comenzar el año con algo ligerito voy a hablaros de una de mis habilidades más extrañamente poderosas, a la par que de cuestionable utilidad. Soy experto en iniciar aplausos (¡y que la gente me siga!).

El tema de los aplausos, en sí mismo, da para más de lo que podría parecer. Básicamente porque hay montones de tipos de aplausos, desde los aplausos desganados de final de conferencia flojilla (emitidos por pura obligación, y que intentando guardar respeto por el ponente resultan ser más un insulto por su falta de contundencia y duración) hasta el aplauso en el salón del que ve un partido de furgol solo en casa, pasando por el aplauso lento e irónico que equivale a la carcajada exagerada al final de un chiste malo. Eso sin ponernos a analizar las partes de un aplauso y, sobre todo, los distintos tipos de finales que puede vivir, en base a si alguien se empeña en alargarlo más de la cuenta.

De entrada yo sólo aplaudo cuando tengo la certeza de que lo va a poder escuchar el receptor al que va dedicado. Es decir, aplaudo a un compañero de trabajo si se presenta en la oficina con un roscón de Reyes, y aplaudo cuando se soplan las velas de una tarta de cumpleaños (aunque sea en un restaurante, diez mesas más allá), pero jamás aplaudo al final de una película (a no ser que sepa que los creadores están en la sala, cosa poco habitual) o frente al televisor.

Fotografía de un cartelito luminoso de aplauso típico de la televisión americana

Atomicdahousecat

Como decía, levantar aplausos es algo que corre por mis venas. Pero no aplausos forzados como los que conseguía El Follonero para cachondearse en los mítines, sino aplausos dispensados en su momento preciso, y de un modo limpio y apropiado. ¿Sabéis esa sensación de pensar ‘joder, esto se merece un aplauso’?, pues bien, sospecho que mi cerebro, por algún tipo de mutación producida mientras me dejaba los ojos jugando al PGA Tour Golf cuando era crío, la percibe unas décimas de segundo antes que el resto; y allá que me lanzo con ventaja cual mensajero en semáforo.

Salvando las distancias, es algo similar a lo visto en esta charla TED.

Y claro, el aplauso siempre tiene éxito porque no es algo que me haya inventado yo, en realidad todo el mundo ha sentido el impulso de aplaudir pero cuando lo han procesado resulta que ya había un tío aplaudiendo en el fondo de la sala, con lo que el posible corte de ser el primero en batir las palmas se desvanece y al momento todo se desencadena como una preciosa cascada de piezas de dominó de liderazgo distribuido.

En resumen, que si currase en Apple yo sería ese tío de agudísima entonación que siempre grita ‘yuhuuuuuu’ durante las presentaciones de productos y al que todos siguen con sus borreguiles aplausos. Amado y odiado a partes iguales.

Y van seis

Hoy, 5 de diciembre, este blog cumple seis añazos (habiendo tenido distintos nombres por el camino, eso sí). Parece mentira que haya durado tanto, ¿eh?

Casualmente (y tristemente) este fin de semana se rompió mi ordenador y hoy, escribiendo desde uno nuevo, me he dado cuenta de que es el tercer equipo desde el que escribo el blog. Lo cual puede suponer dos cosas, o que los ordenadores se rompen con mirarlos o que llevo dando guerra con el blog ya un buen tiempecito.

Fotografía de el panel de administración de Sólo otro blog infame

Y sí, he evitado conscientemente mencionar la palabra año en el título para que la URL no se ojetizase.

Es curioso cuando se ponen en perspectiva estas cosas (¿qué ordenador/móvil/loquesea tenía cuando…?) porque te hacen recordar con mayor exactitud cómo era tu vida en un determinado momento del tiempo. Parece una tontería pero ayuda bastante a visualizar cómo era la cosa. Y en mi caso, es flipante lo mucho que ha cambiado la mía desde que escribí el primer post. Aquel 5 de diciembre todavía era estudiante, cursaba último año de ITIG y dedicaba las tardes a hacer méritos como becario en la biblioteca de mi universidad. El tiempo libre que me quedaba lo empleaba en cosas como intentar instalar Mac OS X en mi AMD, en darle caña a Adobe Photoshop y mi querida Wacom o en leer documentación sobre informática en cantidades ingentes (currar en la biblioteca ayudaba en esto último). Hacía años que no escribía, y el blog me vino de perlas para retomar el gusto por la redacción, aunque fuera, à la Hugo.

Esto es lo típico de película de que mañana entran a atracar el Carrefour mientras estoy haciendo la compra y recibo un tiro en la frente.

Echo la vista atrás y me flipa ver cómo este blog se ha convertido en un diario real de mi, aunque suene muy pomposo, viaje hacia la vida adulta. No es que cuando lo empezase fuera un crío (tenía 21 años) pero es que hoy día ya soy un tío, creo, bastante apañado (sobre todo comparado con lo que se ve por ahí). Soy muy feliz, enamorado de mi chica, de mi trabajo, de mi casita pequeñita y, si me apuras, hasta de las pelusas que corretean por su pasillo. Me encanta mi vida, tanto personal como laboral y, toco madera, espero que así siga.

Así que nada, como es habitual en estos casos aprovecho la oportunidad para agradecer vuestro tiempo y atención a los que seguís pasando por aquí de cuando en cuando (aunque a veces os abandone por falta de inspiración) y dejo a vuestra disposición la caja de comentarios para cualquier sugerencia o descalificación que queráis hacer, a mí o a infa.me.

De todos modos, intentaré no ser muy pesado.

Ah, casi lo olvido, muy probablemente empiece a escribir próximamente sobre diseño y proyectos personales relacionados con ese campo. He estado muchas veces dándole vueltas a abrir un nuevo blog sólo para estas cuestiones profesionales y, joder, si aquí ya estáis todos los lectores a los que puedo llegar a congregar, buena gana de andar jodiendo la marrana con un blog nuevo que no leería ni el Richard. Avisados quedáis.

Los que no saben de estadística

En los últimos años vengo escuchando cada vez más a menudo eso de que ‘la Lotería es un impuesto voluntario para los que no saben de estadística’. Veréis, siento aguar vuestro momento de ‘qué tío más listo que soy, voy a demostrar a todos que tengo estudios’ pero no, no habéis entendido nada. La Lotería (y las apuestas en general) no es sólo una cuestión de números (si bien los cálculos necesarios para analizarla son de colegio, ¡enhorabuena!).

Fotografía de la típica lotera roñosa que se pone en Sol revendiendo Lotería

Raúl Grijalbo.

¿A qué me refiero con esto?, dejad que me explique. Seguro que habéis escuchado alguna vez lo malos que son nuestros cerebros para calcular probabilidades al vuelo, y seguramente los habéis visto acompañados de argumentaciones que parten de cosas como ‘¿qué prefieres, tener una posibilidad entre 10 de ganar 10 euros o tener una posibilidad entre 10.000 de ganar 10.000 euros?’. El avezado listillo dirá ‘es lo mismo, es la misma esperanza matemática’.

El tema es que este tipo de argumentaciones son abiertamente capciosas porque pasan por alto un par de cuestiones que suelen verse olvidadas cuando se habla de estadísticas y, más concretamente, cuando éstas se mezclan con dinero.

Ojo, hablamos de loterías, las apuestas de casino son otro cantar.

Lo primero a tener en cuenta es algo tan básico como que el tiempo de vida de un ser humano es limitado. En toda una vida uno apenas puede jugar unas 50 veces a la Lotería de Navidad, lo que supondría unos 1.000 euros (euros de hoy). E, igualmente, el ritmo al que gana el dinero también es bastante lento (la mayoría de la gente gana poco más o menos para vivir) por lo que toda esperanza de hacerse rico suele pasar por golpes de suerte.

Lo segundo a tener en cuenta es que el poder económico se basa en umbrales. Perder 20 euros al año no supone problema para casi ningún bolsillo, mientras que ganar 400.000 sí representaría un cambio muy sustancial para el común de los mortales. Llevándolo al ejemplo que planteaba antes, volver a casa con 10 euros de más puede alegrarte un ratillo, pero volverte con 10.000 euros te puede sacar de un buen apuro (aunque haya sido mucho más improbable de conseguir).

A modo de curiosidad, lo de los cortapuros lo sacan siempre en las pelis pero no creo que sea nada fácil cortar el hueso de un puto dedo así como así.

¿Veis a lo que me refiero? Se suele entender mejor si se plantea de forma negativa, incluso sin tener en cuenta el vil metal. Pensemos en algo físico, ¿qué preferiríais, tener una posibilidad entre 2 de que os de una patada en la espinilla un niño de seis años o una posibilidad entre 100.000 de que os de un puñetazo en la cabeza Mike Tyson?, probablemente la ‘esperanza de daño’ sea mucho más alta en el caso de la patada del crío, pero el riesgo del hostión de Tyson desequilibra la balanza porque sus consecuencias probablemente serían irreversibles para nuestros jugosos cerebros y nos dejaran alelados para los restos. Un caso aún más extremo, ¿qué preferiríais, que os seccionara un dedo con un cortapuros o jugar a la ruleta rusa con cinco personas más? Ya está claro por dónde voy, ¿no?

En resumen, que siempre que escucho a alguien la frasecita de marras no puedo evitar invitarle a que pregunte al último que se haya llevado el Euromillones a ver si sabe o no de estadística, y si acaso eso le importa mientras disfruta de su ático con vistas a Central Park rodeado de bellas modelos.

Recordar, incluso una posibilidad entre miles de millones es siempre más que cero. Y al que le toca, le toca; y eso es innegable.

Por encima de su cadáver

Hace unos días leía la noticia de la publicación de un nuevo disco de Amy Winehouse, el pequeño detalle de que esté muerta no es un problema para la industria.

No es la primera vez que se hace, de hecho es algo sumamente habitual, en cuanto se muere un artista de renombre se rebusca en viejas grabaciones y archivos y se edita un disco (o libro, o pinturas, o lo que sea que se encuentre en el expolio) y se aprovecha el tirón de la muerte en forma de recopilatorios salteados con algunas piezas inéditas.

Fotografía de un micrófono clásico con un fondo desenfocado

Aural Asia.

Siempre que veo una cosa de estas no puedo sino sentir lástima por los difuntos. A ver, está claro que habrá casos y casos, pero si un artista de primer nivel (que tiene todos los medios al alcance para difundir su trabajo, que no estamos hablando de Luixy Toledo, vaya) tiene material sin publicar casi con toda probabilidad sea por deseo propio.

Salvando las distancias, no me cuesta ponerme en el lugar de esta gente. Como imaginaréis no llego nunca a publicar muchos de mis posts (para vuestro alivio), bien por no estar terminados o bien porque considero que no cumplen mis propios estándares de calidad. Por ese mismo motivo no me gustaría que vieran la luz contra mi voluntad cuando la palme. No me gustaría que lo último que vierais de mí sea algo que ni siquiera a mí me convencía en vida.

Y ojo, que a mí la tiparraca esta en concreto no me da ninguna pena.

Habrá quien diga que los fans ‘tenemos derecho’ a disfrutar esas obras no publicadas, pero no, no lo tenemos. Y lo que más me jode de estos casos es imaginarme al típico agente (discográfica, editorial, etc.) con su camisa de cuellos enormes y cadenita de oro (el chuloputas típico de las pelis o de GTA Vice City, vamos) presionando al artista para publicar una obra durante años sin ningún éxito. Y al final, salirse con la suya en un supuesto homenaje, por encima de su cadáver.

La política no os va a salvar

Lo de los diez años también pasa, casualmente, con las sequías.

En tan sólo unos días habrá elecciones generales en España y, casi con toda seguridad, habrá cambio de Gobierno y ganará el PP. No es nada extraño, en la mayoría de democracias los ciclos entre partidos se intercalan en periodos de diez años (y nuestra democracia ya empieza a madurar). Pasa igual que con los ciclos económicos y las crisis, lo único que van cambiando son los motivos de cada vez; vamos, que esto lo decía ya Adam Smith hace dos siglos.

Resultados pasados no garantizan resultados futuros

Recuerdo con exactitud las elecciones de 1996, cuando Aznar se convirtió en presidente de Gobierno. Yo tenía once años por lo que mi conocimiento sobre política no era gran cosa, pero sí tenía claro que el que estaba en el poder era Felipe González y que la gente se había cansado de él (y eso que leía un poco EL PAÍS los domingos, donde pintaban a González precísamente todo lo bien que podían). Las imitaciones de la tele también ayudaban para hacerse una idea del tema, ‘márchese Sr. González’ y todo eso era la cultura pop del momento. También era la época de la fuga de Luis Roldán y los programas de Pepe Navarro por la mañana. Ese es grosso modo mi recuerdo de aquellos tiempos desde mi perspectiva del momento.

Fotografía de unas señoras fervorosas en un mítin político

Diego Crespo.

Para las elecciones de 2000 yo ya tenía uso de razón, me había interesado por la política lo suficiente como para, con quince años de edad, darme cuenta de que todos los políticos y sindicatos eran poco más o menos lo mismo. Es curioso que en ese tiempo me costaba mucho encontrar compañeros de clase con los que hablar de estos temas. De hecho, cuando daba con alguien un poco interesado en politiqueo con el que poder charlar al final siempre era gente convencida del PP o del PSOE que no aceptaban que les dijeras que ambos partidos te parecían la misma castaña. El interés por la política de mis compañeros empezaba y terminaba en apoyar cualquier clase de huelga (de profesores o estudiantes) para perder horas lectivas.

Desde aquello hasta hoy en poco he cambiado mi opinión, he votado un par de veces más por evitar que gobernaran unos que por hacer que gobernasen otros (al mal menor de cada momento, vaya) y he mantenido mis razones para desconfiar de los políticos; y es que ellos no han hecho más que darme más y más motivos para seguir desconfiando.

Indignados

¡Extra, extra, los políticos son unos incompetentes!

En cosa de un año ha sido curioso lo que ha pasado en España con los indignados, los Twitter y tal. Ahora es muy habitual encontrar gente desencantada con la política que te dicen que ‘PP y PSOE son la misma mierda’ y que hay que votar a los partidos minoritarios. Es gracioso que muchos de ellos son los que en 2004 te decían que votases a Zapatero, y que el PSOE era un partido fantástico para quitarse a la derecha de encima, y te hablaban del ‘No a la guerra’ y la gala de los Goya. No os voy a engañar, en general me da un poco de rabia toda esa corriente surgida tan de repente, que se presentan con un discurso contra el bipartidismo como si eso fuera el nuevo negro, como si el fraude de la política, la corrupción y la incompetencia fuese un descubrimiento reciente; cuando era algo a la vista de todo aquel que se quisiera haber preocupado en leerse cuatro periódicos (distintos) y atar un par de cabos.

Total, que aquí estamos, con una sociedad que cada vez piensa de una forma más parecida a la que yo siempre he mantenido, pero, con una supuesta promesa de futuro sobre la mesa. Y es que, según lo que mucha gente parece pensar, en el caso de que no ganasen ni PP ni PSOE esto se va a convertir en un paraíso libre de corrupción y en el que los cachorritos correran por las praderas. Y eso (además de que difícilmente va a suceder porque Rajoy lo tiene en el bote) no hace sino recordarme a los mismos chavales con los que discutía cuando era pequeño y que me decían que su partido era la solución a los problemas del país. Y siento tener que ser yo el que os lo diga, pero, la política no os va a salvar. No nos va a salvar.

Ojo, mi intención no es desilusionar a nadie ni cortar el rollo al personal, de hecho, os animo a leer los programas electorales y votar con esperanza al partido que más os convenza (o votar en blanco, o lo que sea). Os animo a ejercer un derecho tan básico y preciado, pero a lo que voy es que no confiéis en que los políticos vayan a solucionar vuestros problemas.

Crisis de sociedad

No me gusta que el tema de ‘los políticos’, ‘los bancos’ y ‘la crisis’ se haya convertido en el vertedero al que culpar de todos nuestros males. Y es que eso es muy peligroso porque, en el momento en que uno tiene un culpable al que colgarle el muerto cómodamente ya no se tiene que preocupar de ver en qué está fallando. Es una forma de escurrir el bulto que, al menos mentalmente, parece relajar a la gente.

Sinceramente, ¿pensáis que de no haber estado Zapatero la evolución de la crisis habría sido muy diferente y ahora no habría paro?, ¿pensáis que si hubiera seguido González gobernando todos estos años en lugar de Aznar no habría habido burbuja inmobiliaria?, ¿de verdad lo pensáis?

La triste realidad es que, en general, los políticos no afectan mucho a nuestras vidas porque todos toman más o menos el mismo tipo de decisiones. Más allá de algunas medidas muy rimbombantes (como los matrimonios gaylords y cosas así) la cruda realidad es que cada uno se busca la vida como puede de forma ajena a la política y que, para salir adelante, nadie puede estar dependiendo de lo que haga tal o cual Gobierno, sino de su propio esfuerzo.

Y ahí es donde creo que llega el verdadero problema. Desde mi punto de vista vivimos sumergidos en una gran crisis de valores, de educación básica, de civismo y de sentido común, que es la que realmente hace que los indicadores del país pinten tan mal.

Yo sí, pero ella no.

Sólo hace falta ir a cualquier bar para escuchar la típica conversación sobre la dación en pago para los que no pueden pagar sus hipotecas. Al parecer la culpa de que la gente se quede sin su piso es de los bancos, qué cabrones, ¿eh? Hasta hace poquito las viviendas no dejaban de subir de precio y la conversación del mismo bar era del tipo ‘a ver si vendo mi casa y con el pico que saco cancelo la hipoteca y doy el remate a otro piso que ya tengo medio pagado’. Es curioso, ¿no? La misma gente que acusa a los bancos de nacionalizar las deudas y privatizar los beneficios pretenden hacer lo mismo con sus hipotecas, cuando se generaban plusvalías entonces el dinero era de ellos, pero ahora que el precio se desploma entonces ya no, mejor que lo pague el banco y que se coman el piso. Si querían dación en pago, que hubieran firmado su hipoteca bajo esas condiciones (y hubieran apechugado con los gastos de seguros que conlleva).

Esto es sólo un ejemplo, pero da buena cuenta del tipo de gente que somos. La mayoría de la peña dedica más tiempo a decidir qué televisor de cincuenta pulgadas se compra en el Media Markt para ver el furgol que a leer la letra pequeña de la hipoteca que va a firmar, o a mirar las estadísticas de goles del pichichi de turno que a la evolución del Euribor en base al cual están condicionando un contrato que les acompañará durante décadas.

En definitiva, ningún conocimiento de economía doméstica y, de paso, una bonita tendencia a vivir por encima de nuestras posibilidades.

Veréis, yo no soy un tío especialmente viajado, pero cada vez que salgo de viaje, y vuelvo a Madrid, me doy cuenta de algunas de las cosas que hacen que nos cueste tanto estar al mismo nivel de desarrollo y de civismo que se respiran en los ‘países buenos’.

Yo no soy de esos de ‘lo que pasa es que en este país…’ pero creo que el problema, desde mi punto de vista, tiene mucho que ver con nuestra clásica cultura de premiar a los listillos (picaresca española que le llaman algunos). Y es que los españolitos (y meto en el saco también a los inmigrantes, especialmente los sudamericanos, cuya cultura es más parecida a la española) tenemos algunos comportamientos que son para echarnos de comer aparte.

Metro

Viajar en el Metro de Madrid es una forma perfecta de deprimirse en cuanto al civismo del grueso de la gentuza que lo utilizamos.

Por un lado tenemos a la gente que prefiere no ducharse y que huelen a cebolla desde primera hora del día. Por otro lado a los gilipollas que llevan la música en el móvil sin auriculares. Un poco más allá está la típica madre que alienta a sus hijos a subir a toda leche en los vagones, colándose como escurridizas ratas entre la gente que está intentando salir; para que vayan pillando sitio para el gordo culo de su puta madre.

Llega su parada y toda esta gente se agolpa en la puerta de los ascensores, en lugar de caminar a las escaleras mecánicas, que están a cuatro pasos de distancia y que tampoco exigen esfuerzo físico. Ver a gente con carritos de bebé o con maletas tener que esperar a que toda esa gentuza haga el trayecto para poder usar el ascensor que por pura lógica les corresponde es descorazonador. Por no hablar del tute innecesario que le meten, y que hace que se escacharren proporcionalmente.

Un ejemplo muy cachondo y que siempre me ha enigmado es el que se produce cuando el tren llega a la estación y, por el motivo que sea, se detiene a medio entrar. Hay medio tren dentro de la estación y otro medio aún dentro del túnel. Pues bien, siempre hay unos cuantos anormales en el andén que, aún habiendo visto toda la película, se acercan a las puertas para intentar abrirlas. ¿Qué demonios esperan que suceda?, ¿de verdad piensan que se abrirán las puertas?, ¿y qué pasará con la gente que aún está dentro del túnel? Por suerte tenemos medidas de seguridad y las puertas no se abren, pero el sólo intento ya demuestra lo corta de miras que es esta gente.

Perdonad que insista en el tema de las hipotecas, pero es que es de traca.

Curiosamente algunas de estas cosas están indicadas en pegatinas aquí y allá, como la de ‘dejen salir antes de entrar’. Pero claro, es mucho mejor ser más listo que el de al lado y vivir en un mundo en que sean los demás los que cumplan las normas. Luego llegan las lágrimas, resulta que la hipoteca que firmaron también tenía algo de texto que no quisieron leer. ¡Putos políticos!

Aeropuerto

El aeropuerto es otro sitio perfecto en el que ver el gérmen putrefacto de una actitud ante la vida y la convivencia con los demás absolutamente insostenible.

Estás en una cola única, que luego da a varios mostradores en los que se atiende a una persona cada vez. Pues bien, siempre hay alguien que intenta romper la cola única y ponerse directamente detrás en uno de los mostradores. ¿Qué coño pasa por la cabeza de esta gente?, ¿realmente creen que son los únicos a los que se les ha ocurrido?, ¿piensan que el resto de la gente está guardando cola por perder el tiempo?

¿Cómo podría funcionar un sistema de subsidios por desempleo con esta clase de gente tan caradura? ¿Cómo podemos sorprendernos de la gente que se queda en paro y no busca empleo porque prefiere cobrar sin tener que hacer nada cuando aceptamos este otro tipo de cosas?

Otro ejemplo curioso es el de los controles de seguridad. Más allá de lo incómodos que son (o de las implicaciones sobre la privacidad o dignidad personal que quiera verle cada uno) nadie puede negar que las normas están bastante claras (nada de líquidos, vaciar los bolsillos en una bandeja junto con el cinturón, el reloj y demás pulseras; ah, y si llevas un portátil sacarlo de la funda). Pues bien, en el rato que estás en el control siempre te toca ver a alguno que no ha hecho uno de los pasos y que cuando le dicen que se quite el cinturón se pone de mala hostia; o la típica tía pija que no se da cuenta de que el día que tiene que coger un avión tal vez no sea lo más inteligente llevar cincuenta mil pulseritas puestas. Y esta es la misma gente que se mete con la incompetencia de la ‘casta política’ cuando ellos mismos no son capaces de atender a cuatro putas normas para subirse a un avión.

Otra divertida, que también se produce en los trenes de largo recorrido. Dan el mensajito de ‘hasta que el avión no se detenga por completo y se abran las puertas no se levanten de sus asientos’ y aquello ya parece la marathon de Nueva York, la peña se levanta para terminar haciendo cola, de pie, en el pasillo. Luego te los encuentras esperando a recoger las maletas en las cintas de equipajes, si fueran sólo con equipaje de mano hasta lo podría entender, pero salir con tanta prisa sabiendo que vas a tener que esperar a las maletas es de traca. En todo el pasaje tal vez había alguien que sí necesitaba salir urgentemente del avión (por perder una conexión con otro vuelo, sin ir más lejos) y gracias a todos los borregos impacientes no ha podido ganar esos minutillos que realmente necesitaba.

En definitiva, mentalidad cortoplacista hasta el extremo de la más pura estupidez. ¿Cómo no va a tener problemas con las compras a crédito este tipo de gente?

Al volante

Conducir saca de muchos de nosotros lo peor que llevamos dentro. Gente que se salta los pasos de peatones a no ser que los que estén esperando para cruzar lo invadan. Otros que achuchan a la gente que está cruzando un semáforo en cuanto se pone en ámbar. Los que aparcan en doble fila por sistema. Los que usan el claxon a lo bestia en cuanto se forma cualquier tapón aunque al lado haya peatones.

Pero bueno, éstas no dejan de ser actitudes irritantes pero sin consecuencias importantes. Pero es que en el caso de los coches (a diferencia de los trenes o aviones) la actitud de los incívicos puede provocar accidentes con mucha facilidad y tener graves consecuencias.

En carretera, típico imbécil que te adelanta sin necesidad (y sin poner ni un intermitente) y se cuela en el hueco que estabas manteniendo con el de delante y que destroza la distancia de seguridad, obligándote a reducir la velocidad y pasar unos segundos de ‘como ahora este tío pegue un frenazo me lo trago’.

Otro ejemplo, llegas a una incorporación y ves que un coche está en el carril de aceleración. Miras por tu espejo, señalizas y te cambias de carril para dejarle libre el carril derecho y facilitarle la incorporación, de modo que se coloca en paralelo a ti y, cuando estás a punto de pasarle y volver al carril derecho, el patán sigue acelerando y no te deja volver hasta que te rebasa por la derecha. Es el colmo del absurdo, ¿alguien te intenta facilitar la vida y tú se la complicas al momento?

Y mejor no hablo de los que se oponían al límite de los 110 Km/h, que me pongo de mala leche.

¿De verdad creéis que puede hacerse un reparto adecuado de responsabilidades en la sociedad cuando hay gente con esta educación?, ¿esta es la gente que se supone debe crear empleo y asumir riesgos controlados para formar empresas solventes?

Mi mierda también huele

Y sí, por si os lo estáis preguntando, seguro que hay montones de cosas incívicas que yo mismo hago y que seguro que ni me doy cuenta. Pero, ¿veis por dónde voy?, ¿no empezáis a pensar que tal vez tengamos la mierda de partidos y políticos que merecemos?, ¿no pensáis que puede que tengamos más culpa de lo que muchos se empeñan en decir?

Creo que la clave está en llegar a plantearse este tipo de cosas. En pensar que tal vez lo que necesita el país no es tanto deshacernos de los cuatro cantamañanas de los partidos políticos y quejarnos los unos a los otros sino en intentar mejorar como sociedad educada hasta que el cambio político se produzca por si mismo y caiga por su propio peso entre una población de gente trabajadora y honesta.

En definitiva, no queramos construir la casa por el tejado, porque no va a funcionar.

18 consejos para empresarios

Es un hecho más o menos reconocido que la parte más complicada de tener un negocio es la gestión del personal. Desde la búsqueda del talento para contratar, hasta la planificación del trabajo del día a día para sacar el máximo rendimiento a la plantilla.

Lo de la superinteligencia es coña ¡eh!, no necesito usarla para avalar nada. Mi propia fama me precede.

Yo no es que sea precisamente un experto en la materia (sólo he tenido cinco jefes en toda mi vida), pero, creedme, si tenéis un negocio (sobre todo de oficina, que es lo que yo conozco) puede que alguno de mis consejos os facilite un poco las cosas. Algunos de los consejos son cosas que he visto hacer bien, otros son cosas que he visto hacer mal y que les he dado la vuelta, y otros son cosas que se me han ocurrido y que no puedo avalar con más que mi superinteligencia.

Fotografía de un padre y su hija entrando a un edificio de oficinas en el que hay un anuncio de LEGO en una pared, que simula ser un ladrillo de LEGO en mitad de un muro real

Bobasonic.

  1. Informa, informa e informa. Mantén informada a toda la empresa de todas las cosas relevantes que vayan sucediendo. No es cuestión de dar la tabarra constantemente, ni siquiera tiene que ser nada formal, pero un simple mail cada dos semanas es suficiente para mantener al personal al tanto. Si quieres que tus empleados se dejen la piel por tu empresa, tienes que asegurarte de que sientan que es en realidad ‘su empresa’, y eso sólo puede conseguirse con una buena comunicación empezando por la cúspide del organigrama.
  2. Al hilo del tema anterior, no permitas que haya rumorología dentro de tu empresa. Si hay malas noticias, procura darlas tú antes de que empiecen a correr por los pasillos. Los cuchicheos entre las trincheras son el cáncer de cualquier negocio y desmoralizan hasta al empleado más entregado. Si las cosas se ponen feas, o muy feas, toma el toro por los cuernos y habla con la gente de tú a tú, antes de que no estén dispuestos a escuchar.
  3. Gasta pasta en sillas cómodas, teclados, ratones y monitores de calidad; punto. Racanear en el confort de la plantilla es toda una declaración de intenciones, además impacta directamente sobre la productividad. Se podría resumir en que, si tomas decisiones cutres, tendrás empleados cutres.
  4. Sé consistente con las políticas de gastos, es decir, que no te pase lo típico de ponerte a contar las pesetas mientras se te están escapando los duros. Si no quieres que tus empleados aprovechen cualquier viaje de empresa para pasar cargos abultados da tú el mismo ejemplo y no despilfarres. Es muy difícil de aguantar el discurso de ‘hay que apretarse el cinturón’ llevando camisas a medida y veraneando por medio mundo.
  5. Muy relacionado con el anterior, si quieres que tu rol en la empresa sea el de ‘uno más’ ten los mismos medios que los que das al resto de tus empleados. Si te compras un portátil de 2000 euros (o cada nuevo iPhone que sale) a cargo de la empresa, cuando el resto de la plantilla tiene equipos de mierda no te sorprenda que te empiecen a ver con la típica distancia ‘de jefe’.
  6. Compra fruta. Tener un frutero repleto cuesta literalmente cuatro duros, decora la oficina, alegra a la gente y estoy seguro que hasta reduce las bajas por enfermedad.
  7. Compra libros. Fomenta que los empleados encarguen libros a nombre de la empresa y se los lleven a casa para aprender más por su cuenta. Cuando la gente crece profesionalmente es cuando más rendimiento producen.
  8. Asigna a cada responsable de departamento presupuesto para que inviten a comer (o a desayunar) a todo el equipo por lo menos una vez al mes. Es la forma más barata de hacer ‘team building’ y generalmente es más productivo que cualquier reunión de pacotilla.
  9. Asegúrate de contratar a gente con talento (como si eso fuera fácil, ya), y una vez los tengas, déjales que trabajen a su modo. No significa que cada uno haga lo que le salga del nabo, pero entiende que lo que estás pagando no es el tiempo de la gente, sino su capacidad de trabajo, sus conocimientos y su responsabilidad sobre las decisiones. Si crees que estás contratando simples herramientas que hagan lo que pides te vas a meter una buena hostia, sobre todo en el caso de que des con gente dispuesta a ejecutar cualquier orden aunque la consideren errónea.
  10. Fomenta la formación cruzada y que cada empleado pueda aprender algo de cada uno de los demás. Que el comercial que manda una newsletter sepa algo de HTML puede suponer sólo un par de horas de formación y un ahorro infinito en interrupciones al departamento técnico. Igualmente, que hasta el último peón de la empresa sepa respetar una guía de estilo al escribir un simple mail evitará un montón de malas impresiones de clientes y proveedores.
  11. No des a nadie bonus ni variables salariales, ni siquiera a los comerciales. Aceptar un variable por objetivos es reconocer abiertamente que normalmente uno trabaja a medio gas y que sólo rinde de verdad cuando hay más pasta de por medio. Desde mi punto de vista el estar contratado ya es suficiente motivo para dar el 100% cada día con la máxima profesionalidad.
  12. Otra cosa muy distinta es dar participación accionarial en la empresa. Dar parte del salario en acciones, si te lo puedes permitir, es la forma más eficaz de comprometer a los que tienen puestos de responsabilidad con el proyecto a largo plazo.
  13. No pongas nombres rimbombantes a los puestos del organigrama. Si lo haces terminarás en una guerra de egos por ver quien tiene la firma de correo más larga y al final en tu empresa hasta el becario será ‘manager’ de algo. Que nadie tenga firma en sus correos ni puesto en sus tarjetas es una buena forma de evitar esto de raíz. Haz que el trabajo de cada uno sea lo que hable por ellos, no su firma.
  14. Estandariza las herramientas y exige su uso por parte de todos. Si en la empresa se usa Google Docs (o el software que sea) no permitas que nadie use otra cosa, a no ser que esté plenamente justificado. No es cuestión de ponerse bruto, pero hay que asegurarse de que todo el mundo hable el mismo idioma.
  15. Siempre que sea posible compra el mismo hardware para todos los puestos. Antes o después se romperá un portátil y, dolerá menos, si sabes que todos los componentes podrán servir como repuesto para cualquier otro de los equipos de la empresa.
  16. No restrinjas las conexiones a internet con proxys ni demás soluciones mierdosas. Además de ser un insulto hacia el sentido común de los empleados es muy dañino en los habituales casos de falsos positivos, es decir, cuando el proxy prohibe el acceso a una página que es totalmente necesaria para el desempeño de la tarea de un empleado. Si en un momento dado la conexión a internet va lenta manda un correo a toda la plantilla pidiendo que por favor quiten el Spotify de turno, y listo. Si tus empleados se van a distraer durante horas por tener acceso a Facebook probablemente el problema no esté en el hecho de que puedan entrar en Facebook, sino en el tipo de gente que has contratado; si les quitas Facebook se entretendrán haciendo collares de clips.
  17. Gestiona con cautela las urgencias y determina razonadamente lo que es verdaderamente urgente, y lo que no. Prácticamente ningún empleado se negará a hacer un sobreesfuerzo (trabajar fuera de horario, básicamente) si se presenta una urgencia puntual, pero eso es un cartucho que sólo se puede gastar muy de cuando en cuando, así que no abuses o se volverá en tu contra. El cuento del lobo, vaya.
  18. Subcontrata para obtener mejores resultados, o resultados más rápidos, de los que podrías conseguir si se hiciera el trabajo dentro de la empresa. Pero no subcontrates para que algo sea simplemente más barato, probablemente el resultado final sea una mierda.

Y creo que eso es todo, si se me ocurren más haré un volumen 2. Luego un recopilatorio de ambos volúmenes en el que falten un par de consejos, los más queridos por el público para, finalmente, sacar un recopilatorio definitivo que sí contenga todos los consejos, más un par inéditos de discutible calidad.