De momento, mejor en papel

Hace aproximadamente un año se lanzó al mercado Passbook, el tinglado de Apple para distribución de entradas (cupones, billetes de transportes, etc.). En este tiempo las entradas digitales se han popularizado lo suficiente para que, incluso en España, ya puedan usarse para cosas tan variadas como subir a un tren de Renfe o entrar en la sala de un cine Kinepolis.

Desde algunos años antes, aerolíneas como Iberia ya tenían sus propias soluciones para distribuir billetes electrónicos. No eran tan refinadas y sólo valían en algunos aeropuertos, pero representaban un comienzo.

Fotografía en blanco y negro de un montón de entradas de cine

Matt.

La cosa es que, pese a que en principio la idea de tener en tu móvil una entrada y olvidarte del papel (no tienes que imprimir nada ni se te puede olvidar el ticket en casa) resulta muy atractiva (también por el indudable factor techie), en la práctica, termina presentando más inconvenientes de los que podría parecer.

Es típico en cualquier etapa inicial de adopción tecnológica, pero aún así quiero reflexionar sobre ello.

Muchas de las cosas que voy a comentar no son inherentes a la tecnología pero sí a la forma en que está implantada actualmente en la mayoría de sitios y, a fin de cuentas, en estos momentos la realidad es la que es.

Desventajas del móvil frente al papel

  1. Si el móvil se te queda sin batería se jodió el invento. Lo sé, es un argumento un poco peregrino, pero es un riesgo más, sobre todo en eventos a los que entras tras estar todo el día fuera, vuelos con escalas largas y demás situaciones en que los smartphones muestran su mayor debilidad.
  2. Mientras te validan la entrada no puedes estar atendiendo una llamada o escuchando música. Parece una chorrada, pero te corta el flow si vas solo.
  3. Sí, se podría resolver digitalmente, pero no se hace.

  4. Las entradas en papel (sobre todo en cines) suelen llevar por detrás promociones u ofertas, con la entrada en Passbook te quedas sin el 2×1 en T.G.I. Friday’s.
  5. Es muy habitual que en sitios grandes, con varias colas, las entradas digitales sólo se validen por una de las colas mientras que las de papel (que implican sólo romper un troquel) se aceptan en todas. Ir con el móvil en la mano y ver que todo el mundo con su obsoleta entrada de papel pasa a toda velocidad hace sentirse gilipollas a cualquiera.
  6. ¿Improbable?, sí, pero seguro que pasa más de lo que se podría pensar.

  7. En muchos sitios le tienes que dar el móvil al de la puerta para que lo pase por el lector (a menudo golpeando la pantalla contra un cristal). A mí, personalmente, no me gusta darle mi teléfono a un desconocido y me plantea una duda paranoica, ¿qué pasa si en el proceso de lectura de la entrada se le va tu móvil al suelo? pues ya tienes montado un plátano que con papel nunca se habría producido.
  8. Si te gusta coleccionar entradas no hay nada comparable a guardar la entrada en papel. El encanto de lo tangible es innegable.
  9. Llegado el momento, su reventa es más complicada (necesitas dar con alguien que también use Passbook, que ambos tengáis cobertura y encontrar el mail en el que te llegó la entrada original, además de la trazabilidad mutua, que en una transacción de esas características no suele ser deseada por ninguna de las dos partes).

Como veis, no mentía, muchas de las cosas que planteo son riesgos residuales o cosas que a futuro estarán resueltas pero yo esto lo veo como pedir comida a domicilio y pagar en la web en lugar de en efectivo. Sí, te ahorra tener cash en casa, pero si el pizzero aparece una hora tarde o con el pedido cambiado tú ya has pagado la comida por hacer la modernada y te tienes que poner a reclamar, mientras que si hubieras esperado a pagar en efectivo le rechazas el pedido, chapas la puerta y a otra cosa mariposa.

En el próximo pasquín os explicaré por qué es mejor viajar a caballo a hacerlo en uno de esos modernos ‘coches’.

iOS 7

Hace casi dos meses Apple presentó un avance de iOS 7, la nueva versión del sistema operativo que llevan los iPhone y iPad. Además de las típicas novedades de cada versión de este tipo de software en esta ocasión presentaron un diseño radicalmente distinto al que venían realizando desde el primer iPhone. Muchas cosas se mantienen pero, en líneas generales, todo parece bastante nuevo.

Sobre el nuevo diseño hay opiniones de todo tipo, gente que lo ama, gente que lo odia y gente que sólo detesta los nuevos iconos. Es normal con productos tan ubicuos, opiniones blancas, negras, y de infinitas tonalidades de gris.

Yo no voy a entrar a valorar el diseño general, ni si los iconos son feos o bonitos, ni si las fuentes se leen bien o no. Todas estas cuestiones estéticas y funcionales son más o menos discutibles dependiendo de los principios en los que cada uno basa sus criterios, y en eso la verdad es que no veo mucha discusión posible.

Pero sí que hay algo que es absolutamente objetivo y que quiero remarcar porque considero que sí representa un cambio de rumbo claro en la forma de plantear los productos de Apple y que, hasta ahora, no he visto a mucha gente prestar demasiada atención.

Tres capturas de iOS 7 sobre tres iPhone 5

Tres nuevas funcionalidades

Voy a centrarme en tres novedades del nuevo sistema, tres cosas que desde hacía años se podían hacer de forma similar en los iPhone con jailbreak y, por supuesto, en los teléfonos Android.

  1. Ahora es más fácil cambiar el brillo de la pantalla, activar o desactivar la Wi-Fi, el Bluetooth y demás. Estas cosas antes estaban escondidas dentro de la app de ajustes, en iOS 7 son accesibles en cualquier momento con arrastrar el dedo desde el borde inferior de la pantalla hacia dentro.
  2. Con la nueva versión cerrar apps es más sencillo, basta con pasar al nuevo modo de cambio entre apps y arrastrar la app que queramos cerrar hacia arriba. Un simple gesto y la app desaparece. Antes también se podía matar apps pero requería más pasos y un gesto más preciso.
  3. Desde iOS 7 el usuario podrá bloquear el acceso a internet de una app, es decir, que si vemos que Spotify nos funde la tarifa de datos podemos ir y quitarle la conexión directamente desde la app de ajustes. Antes se podía quitar el acceso a internet a todo el dispositivo, pero no granularmente app por app.

¡Al fin están escuchando a los usuarios!

Las tres novedades han recibido estupendas críticas, diría que unánimes, sobre todo la primera de ellas. A todo el mundo le encanta poder poner y quitar la Wi-Fi o ajustar el brillo de la pantalla para ahorrar batería y, por ello, se alegran de que Apple ahora lo ponga fácil y ya no sea necesario el jailbreak.

U Can’t Touch This

A mí, por tocar un poco las pelotas, estas novedades no sólo no me gustan sino que me decepcionan bastante. Para mí, que el iPhone, tras seis años en el mercado, te deje ahora cambiar el brillo de la pantalla y quitar la Wi-Fi tocando un botón estés dónde estés me parece una simbólica derrota de la tecnología.

Me explico. El ideal que venía siguiendo Apple es que el teléfono debía ser capaz, por su cuenta, de hacer todo lo necesario para darte el mejor servicio posible. Eso se traduce en que el brillo de la pantalla se ajuste automáticamente dependiendo de la luz ambiente o el contenido que vayas a ver, y que no sea algo que el usuario tenga que determinar de forma manual. Con la Wi-Fi es lo mismo, el sistema tendría que evaluar de forma inteligente la cantidad de batería restante y el uso que se está haciendo para determinar, internamente, si tiene o no que estar activa cierta antena.

Lo sé, esto puede sonar a ciencia ficción y, en la práctica, en las versiones anteriores todos hemos tenido que ir a subir el brillo en un determinado momento o a quitar la Wi-Fi en tal o cual ocasión.

Pero era algo raro, que estaba escondido en la cocina del sistema, algo que seguramente muchos propietarios de iPhone ni siquiera sabían hacer. En iOS 7 da un cambio de 180 grados y cobra la importancia más absoluta, está al mismo nivel que las notificaciones de las apps, es algo básico, algo que el usuario tiene que saber usar. Desde mi punto de vista es como si Siri te dijese ‘mira chico, tiro la toalla, toca el brillo cuando quieras porque yo no lo sé hacer mejor’.

El caso de cerrar las apps es exactamente lo mismo. Antes se podía pero no estaba tan a mano. Ahora, al hacerlo fácil, lo que están haciendo de forma más o menos velada es trasladarnos esa responsabilidad a los usuarios. Buscando de nuevo la analogía habladora lo que el iPhone nos dice ahora es ‘si una app te funde la batería ciérrala cuando dejes de usarla, dedica tu tiempo a decidir qué apps tienen que estar en memoria y así iré más rápido y la batería me durará más’.

Esto es algo que a poca gente le puede parecer mal. A todos nos gusta tener control sobre las cosas, hay cierto placer en sentir dominio sobre una máquina. Todos nos sentimos capacitados y ajustamos el brillo que nos gusta sabiendo el impacto que tiene en la batería, o decidimos que tal o cual app no se conecte a internet mientras estamos tirando de roaming. Sabemos lo que hacemos.

Pero no, la triste realidad es que el 99% de la gente verdaderamente no sabe lo que hace.

Somos la misma gente que se quejaba de que en el iPhone original no hubiera MMS, pensad en eso.

Sí, lo sé, la mayoría de los que estáis leyendo esto sois de los que os gusta tocar el brillo y ajustar cada cosa a la perfección. ¡A mí también me gusta! Pero nosotros no somos una muestra representativa, somos nerdazos, gente que se maneja bien con la tecnología e incluso vive de ella, pero la realidad de un producto como este, que lo tiene que poder usar cualquiera, es muy diferente.

Por lo que a mí respecta prefiero soñar con tecnología capaz de hacerme tomar cada vez menos decisiones y en la que todo se ajuste como por arte de magia que no conformarme con mejores accesos directos para seguir teniendo que tomar las decisiones por mí mismo; para eso ya teníamos Android.

No toda publicidad es buena

Metro de Madrid ha anunciado un acuerdo con Vodafone para, durante tres años, patrocinar la línea 2 de Metro (es roja) y la estación de Sol (la más céntrica de la red).

No voy a cuestionar que Metro de Madrid se financie de esta manera, al fin y al cabo tratar de racionalizar las decisiones de los políticos suele llevar rápidamente a callejones sin salida. Así que voy a centrarme en el lado de Vodafone, una empresa que opera más o menos en el libre mercado.

A ver, no voy pasarme de listo, doy por hecho que una decisión de esta magnitud se toma con muchos argumentos detrás (sospecho que el millón de euros al año acordados serán una ganga para la cantidad de impactos que van a generar) y por gente cualificada en la materia (y no un blogger rosa del tres al cuarto); Vodafone no ha llegado a ser lo que es tomando malas decisiones.

Pero como usuario del Metro no puedo dejar de plantearme si este caso concreto de publicidad perjudica más de lo que beneficia.

Fotografía de un banco vacío en una estación de Metro de Madrid

Me explico. Con lo poco que han enseñado ya se puede observar que la implementación es nefasta. En lugar de crear nuevos espacios de publicidad (la funda de los títulos de transporte sería un lugar perfecto, como hizo IKEA en Londres durante años) lo que han hecho es meter el logo de Vodafone con calzador en el sistema de señalización, corrompiendo el uso del color y mezclando sin ninguna vergüenza la información con la publicidad.

Es sólo un estacazo más al sistema señalético del Metro, que tiene ya más de 30 años y ha aguantado a la perfección pese al abandono y las inconsistencias provocadas por el plano de 2007 y demás despropósitos. Pero ojo, que toquen la estructura de señalización de un transporte no es algo que me ofenda sólo desde un plano formal (que también) sino que estoy convencido de que estos cambios van a generar dudas y desconcierto en los viajeros (sobre todo los turistas).

Y si, como han dejado entrever, hacen la misma jugada con futuros patrocinadores, sugiero que infa.me patrocine la línea 8.

No es algo que vayáis a leer en los periódicos pero este tipo de cosas (que en un sistema en que las líneas se identifican por la combinación de [color + número] de pronto haya una que se identifique por un [logo + palabra + color + número] y que, además, la palabra sea la misma que identifica a una estación que, no sólo está presente en la línea del mismo nombre sino que también lo está en dos más y a su vez tenga correspondencia con la red de Cercanías, en la que la estación se seguirá llamando de otra forma) al final producen frustración, y frustración no es el típico valor con el que una marca intente relacionarse.

La segunda parte es un poquito más amplia, ¿por qué nadie querría asociar su imagen con el Metro de Madrid? El Metro es el medio de transporte del populacho, hervidero de gente poco aseada y terreno de juego de los carteristas. Por echar más leña al fuego, en los últimos años la imagen del Metro ha ido cayendo en picado por la degradación del servicio, el aumento de las tarifas y las ridículas campañas de autopublicidad. Y, para colmo, precisamente el suburbano es uno de los lugares en los que los teléfonos móviles no funcionan muy allá. De verdad, no se me ocurre algo peor para patrocinar.

Lluvia dorada

¿Sabíais que en la vejiga cabe en torno a medio litro? La universidad de la calle, hermano.

Hace unos días estaba en la T4 del aeropuerto de Barajas (cual entrepreneur de las internets) y sentí la llamada de la naturaleza por parte de mi vejiga. Me acerqué a uno de los urinarios de pared de los impecables aseos (daría para otro post preguntarse si la T4 está más limpia porque es la que usan las aerolíneas buenas o si es que los pasajeros de estas aerolíneas son más cuidadosos y conservan mejor las cosas) y, cuando me encontraba en plena micción observé algo perturbador (la narración es un poquito escatológica, aviso).

Si, como yo, sufres el síndrome de la vejiga vergonzosa es todavía más incómodo.

Imaginad la situación (sobre todo las lectoras, que no estáis acostumbradas al asunto), estás ahí, con tu inseparable amiga cogida entre las manos en una de esas situaciones de vulnerabilidad de la vida cotidiana. Intentando no pegarte demasiado a la porcelana para no llegar a rozarla ni con un átomo, pero a la vez acercándote todo lo posible para evitar dejar desprotegido un lateral, impidiendo así que el primero que pase te pueda ver la minga.

Al momento nace la magia, empieza a fluir la orina y en décimas de segundo ajustas el vector de salida para tratar de minimizar la salpicadura contra el urinario. Normalmente la chapita del desagüe empieza a acumular espuma cual rompeolas en marea alta y ahí la reacción natural, ya con la intervención encarrilada, es mirar para otro lado justo en el momento en el que, por pura convección, el olor de tu descarga (y de las de los anteriores) se eleva hacia tus fosas nasales.

Aquí una foto de la prueba.

Pero, un momento, has pasado algo por alto, ¡la chapa del desagüe del urinario tiene troquelado el logotipo de Aena!

Ya de entrada, que empresas de infraestructuras (como Aena o Adif) intenten exponer su marca hacia el público general me parece ridículo y creo que sólo añade confusión a los usuarios (a nadie le importa un carajo que la estación o el aeropuerto los gestione tal o cual entidad, especialmente cuando no hay alternativas). Pero ni siquiera hace falta llevar el debate tan lejos, ¿en qué coño estaban pensando cuando decidieron meter el logotipo ahí?

Colar publicidad de algo serio en un cuarto de baño ya me parece desafortunado a no ser que se busque un enfoque transgresor, pero hacerlo precisamente en el lugar por el que se cuelan las orinas espumosas es de juzgado de guardia, especialmente penoso si se piensa que la absurda personalización debió sumar otro piquito al presupuesto de la T4 (que fue cinco veces superior al inicial). En serio, ¿qué marca querría algo así?, sería como poner la cara del Coronel Sanders en el papel higiénico con el que se limpian el culo los clientes de los baños del KFC. No es buena idea.

Los topicazos de que es bueno que hablen de ti aunque sea para mal, que toda publicidad es beneficiosa, y que la notoriedad permanece aunque sea a partir de una crítica no me valen. Sé que hay estadísticas que lo defienden pero, como en tantas cosas, yo antepongo el sentido común. Pon tu logo en los desagües y obtendrás muchos impactos, sí, pero de pises. Corrompe con tu marca las señales de un transporte público y ya sabes lo que obtendrás cuando la gente se equivoque de estación.

A favor de los desahucios

Por lo general, no creo que uno necesite haber vivido algo para poder dar su opinión sobre ello, ni siquiera que eso lo haga necesariamente más autorizado sobre un tema. Pero, pese a ello, y por evitar suspicacias quiero abrir este post contándoos que en 1991, cuando yo tenía 7 años, el Banco Pastor embargó la casa de mis padres por impago y nos echaron a la puta calle con todas las de la ley.

Es flipante las películas que se monta uno de niño.

Por aquel entonces yo no tenía mucha idea de lo que estaba pasando pero recuerdo como si fuera ayer a mis hermanos embalando cajas de cartón a toda velocidad. En concreto no se me olvidarán unas alargadas que habían recogido de la calle y que estaban impresas con unos símbolos chinos metidos en un círculo, en tinta roja. Las cajas esas le daban a la mudanza (la primera de mi vida) una sensación de incertidumbre acojonante, como si nuestras cosas fueran a terminar en un puerto de Hong Kong en una noche de lluvia.

La sensación de hogar que tenía en aquella primera casa, la que perdimos, no la recuperé hasta que me independicé.

Nos mudamos a un cuchitril de alquiler, luego a otro y al final, años después, terminamos en casa de mi abuela tras su fallecimiento. El banco subastó ‘nuestro’ piso y, por suerte, se vendió por lo suficiente para cancelar la deuda; pero fue de puta chiripa, de hecho sobraron unas 700.000 pesetas (4.000 euros) que nos ingresaron años más tarde, cuando ya habíamos conseguido salir adelante a duras penas.

Es duro y, pese a todo, estoy a favor de los desahucios.

Fotografía de una tarjeta de propiedad (Paseo del Prado) del Monopoly

Mi casa es tu casa

Pensaréis que estoy loco o que soy un desalmado que desea que otra gente tenga que sufrir lo que mi familia sufrió. Pero no, no es eso, es sólo que creo en la responsabilidad financiera.

No creo que alguien que no puede hacer frente a una hipoteca sea necesariamente un irresponsable, ni mucho menos. Cada cual tiene sus circunstancias y, al igual que hay muchos que se metieron a pisos exageradamente caros sin dos dedos de frente y que se ‘merecen’ todo lo que les pasa, hay otras muchas familias que sufren desgracias personales que verdaderamente les impiden afrontar las letras del piso. Que se jodan en la calle, ¿no?

Pues no, pienso que el Estado debería proveer de un alojamiento básico y digno a las familias e individuos que no tengan medios para arreglarse por su cuenta (igual que provee educación y sanidad). Pero lo que no tiene ningún sentido es permitir que alguien pida un dinero para comprarse un bien, no pueda pagarlo, y siga disfrutando del bien como si tal cosa. Algo tan sencillo es lo que sustenta todo el sistema de crédito, si los bancos no tienen mecanismos para garantizarse el cobro de la pasta que prestan entonces no prestarían. Tiene su triste guasa que la misma gente que pretende que los bancos se coman los pufos luego se quejan de la prima de riesgo, que es precisamente eso, la incertidumbre del pago de una deuda, en este caso, de un país entero.

La dación en pago (retroactiva, por supuesto) es otra de las cosas que me escandaliza cada vez que la veo entre las exigencias de las plataformas ciudadanas. Ya di mi opinión sobre ello, la dación en pago estaba ahí para quien la desease contratar, pero lo que no se puede hacer es pretender contratar el seguro de vida después de que te diagnostiquen una enfermedad terminal. Es de puro sentido común.

Lo vieron aquí primero

Precisamente cuando todos están participados por bancos.

Lo peor de todo esto, o bueno, no lo peor, pero sí una cosa que me jode enormemente, es ver a los medios de comunicación aprovechándose de este drama para posicionarse contra los desahucios. Envenenando diariamente a sus espectadores con historias de ejecuciones de embargos; el caso de Antena 3 es especialmente sangrante.

Sorprendentemente los medios no dedican ni un puto minuto a informar sobre las responsabilidades financieras, sobre los porqués que se encuentran tras un embargo. Al parecer nadie se preocupa de cómo una familia llega a perder un piso, qué sucede antes, qué pasos se pueden dar para tratar de pagar la deuda antes de quedarse tirados.

No veo a nadie proponer alternativas al horrible desamparo del desahucio. Tal vez podían haber aprovechado una habitación para alquilar antes de que fuera demasiado tarde, tal vez podrían haber alquilado el piso entero y haberse ido a otro más barato, tal vez podrían haber vendido la tele nueva y con ello haber pagado una mensualidad más. Que pena da esa familia que lleva dos años en paro y que tienen que mantener a un par de críos y en que la madre está embarazada de 3 meses, pero al parecer nadie se plantea qué cojones hace un matrimonio en paro y sin ahorros con un bebé en camino. Sería una locura pensar que el Estado bien podría retirar la custodia de esos hijos a una pareja de inconscientes sin planificación familiar alguna, así que igualmente es una locura retirarles ‘su’ casa.

No, es mucho mejor sacar pecho y decir que la casa es propiedad de uno desde que la firma, y que luego deba un dineral a un banco es lo de menos, son solo números y los banqueros son unos ladrones. Ya pagaremos más adelante.

Al final los desahucios acaban siendo una minoría (la mayoría de la gente abandona las casas voluntariamente cuando les embargan, como hicimos nosotros en el 91) y hasta la Unión Europea parece haber certificado que el mecanismo que se usa en España es ilegal, pero el problema de base va a continuar, el sentimiento generalizado de que los culpables de todo son los bancos y que en un contrato bilateral la responsabilidad la tiene cualquiera menos el individuo (más allá de que el Estado tendría que haber regulado que no se regalasen los créditos hipotecarios).

Bancos, aseguradoras y taxistas, mis archienemigos.

No soy el más indicado para defender a la banca, ya que es uno de esos negocios que siempre he odiado, pero lo que no es de recibo es reírle las gracias al banco cuando nos afloja la pasta pero luego indignarnos cuando nos la pide de vuelta. Es como si las constructoras de la época previa a la burbuja exigieran a los propietarios que vendieron las casas de segunda mano por mucho más de lo que las habían comprado la plusvalía que eso les generó (os acordais, ¿no?). Al fin y al cabo es lo mismo, el precio ha cambiado respecto a lo que se tasó, así que bien podríamos cambiar las reglas del juego con carácter retroactivo. Ah no, para esto mejor no.

Supongo que todo seguirá como hasta ahora, o tal vez se paralicen los desahucios hasta que se recupere la economía, no lo sé. Pero tened claro que esos pisos al final se van a pagar (por que, de hecho, ya se pagaron), sea con el dinero público del rescate o sea en forma de peores condiciones para los que contratan hipotecas hoy pero el dinero saldrá de alguna parte. Y, sinceramente, me parecería una derrota importante que entre todos acabemos asumiendo los gastos de que un montón de familias escogieran su vivienda en el libre mercado (nadie se mete tampoco en evaluar si la gente merecía lo que estaba comprando con dinero de Monopoly) para que se las puedan quedar sin mayor problema.

Cáguela usted todo lo que quiera, su vida seguirá igual.

Alojamiento provisto por el Estado para quien no tenga otra opción (hasta que la tenga), sí, pero no en el mismo piso que no han podido pagar. Si no, estaremos extendiendo a los ciudadanos la misma exención de responsabilidad que se le ha dado a las cajas de ahorros y que tanto se critica.

1 Second Everyday

Hace ya casi dos meses que vengo utilizando una app en el teléfono llamada 1 Second Everyday. Vale para crear vídeos montados a partir de fragmentitos diarios de un segundo cada uno.

El tema nació en Kickstarter, ya sabéis, uno de esos proyectos de crowdfunding con los que lo mismo te hacen una videoconsola que una colección de cuadros.

Como buena charla TED incluye un episodio malrollero de enfermedad.

Había visto la charla TED en la que el creador contaba su idea y, ahora que estoy haciendo lo mismo que él, os puedo asegurar que lo que cuenta es completamente cierto. Un solo segundo es suficiente para recordar con exactitud muchas de las cosas vividas en un día pasado.

La cosa es que se me hace curioso que una app como esta me esté gustando tanto, por varios motivos.

GIF animado de mi reloj gaylord marcando un segundo

Misma hora, mismo lugar

Un helado de vainilla, por favor.

Me explico, yo soy un tío muy rutinario, lo sé y me gusta. Encuentro confort y seguridad haciendo siempre más o menos el mismo tipo de cosas. Y son cosas de lo más mundanas. No hago windsurf, ni conduzco por carreteras de costa en un descapotable en el atardecer, ni frecuento fiestas de desparrame con luces azuladas y bellas modelos con vestidos playeros.

Pero igual es precisamente por ese motivo por el que me gusta tanto esta app, porque me permite capturar la individualidad de días que, sobre el papel, se deberían de parecer mucho unos a otros. Da igual lo que sea, desde como gotea un grifo de la oficina hasta una sonrisa de mi chica ante la bobada de turno que le haya soltado. En definitiva, hace que cada día valga un poquito más a costa de hacer que te fijes en algún pequeño detalle.

¡Y acción!

Otra cosa que me gusta es que me ha hecho descubrir la belleza del vídeo. Hasta hace bien poco yo era de los que despotricaba de la gente que usaba las cámaras de los móviles (por lo mierdosas que eran) y ahora me sorprendo grabando pequeños clips de vídeo de las cosas más chorras, y me gusta. Además el hecho de que cada clip dure sólo un segundo simplifica mucho la labor artística del asunto, da igual que la composición no sea perfecta o que te tiemble un poco el pulso porque, antes de que te des cuenta, el segundo ya habrá pasado.

Ey, todos, mirad como molo

La tercera cosa que me mola es que, al menos el uso que yo le estoy dando, es exclusivamente personal. Si os fijáis la mayoría de apps de fotografía y vídeo van orientadas a compartir las capturas por las internets (Instagram, Vine, etc.). En este caso me gusta que, lo que en cierto modo es un diario de mi vida, sea sólo mío y no un instrumento más de exhibicionismo. Es decir, esta aplicación hace que la finalidad de grabar un vídeo sea el propio vídeo y no que te rían la gracia en Twitter.

Fuera del cajón

Y la última cosa que me encanta de la app es que facilita enormemente revisitar tus recuerdos. Si voy a mi colección de fotografías encuentro miles y miles de fotos que apenas he visto desde el momento en que las volqué de la cámara al ordenador, en cambio con esta app prácticamente cada semana le doy un vistazo al vídeo acumulado. Me fijo en esto y aquello y me ayuda a recordar y a tener mucha mayor percepción del paso del tiempo.

Y esto último tiene su miga porque en los últimos tiempos vengo notando que el tiempo vuela cada vez más. A ver, es lógico en tanto a que un año cada vez representa una parte más pequeña de mi vida, pero no por ello deja de acojonar un poco.

De momento es sólo para iPhone.
¿Tienes un Android? Te jodes, por pobre.

Así que, nada más, haced caso a vuestro guía espiritual, gurú favorito y buen amigo Hugo y comprad 1 Second Everyday. Ah, y pagad por WhatsApp hostia, que sois más cutres que yo, y ya es decir.

Atención al cliente 101

Durante algo más de un año trabajé como diseñador en una startup dedicada principalmente a la venta de entradas a través de internet. Me refiero a una startup de verdad (no como esa gente que llama startup a cualquier chiringuito recién abierto del mismo modo que mi madre llama ‘ciencia ficción’ a cualquier película de ficción).

Allí, sin dedicarme a ello, aprendí una de las cosas más obvias de la atención al cliente y es que, un cliente mosqueado (con razón) es una oportunidad perfecta para enrolar un nuevo embajador de tu negocio (algo especialmente importante en cosas online, donde las opiniones, sobre todo las malas, vuelan).

Fotograma de la peli Un día de furia, justo cuando Michael Douglas está a punto de liarla parda en la mítica escena de la hamburguesería

Imagino que habrá mucho escrito sobre esto pero, en mi propia experiencia, creo que todo se acaba reduciendo a una cuestión de sentido común y de mostrar un mínimo de empatía con la persona que tienes al otro lado.

Lo paradójico es que si el servicio hubiera funcionado bien desde el primer momento probablemente no hubiera contado nada a nadie.

En el caso de esta empresa vi la misma película en varias ocasiones, alguien quejándose (muy a menudo en Twitter, Facebook y demás mierdas) de un problema con el servicio y, tras darle atención y solucionar su problema, esa misma persona empieza a hablar maravillas a sus amigos sobre la empresa y su excelente atención al cliente.

Europcar

Sí, los que me seguís en Twitter ya sabéis de qué voy a hablar. El verano pasado alquilé un coche una semana en vacaciones, devolví el coche perfectamente y a la vuelta encontré un cargo de 50 euros de un seguro que, según ellos, yo había contratado.

Contacté con el servicio de atención al cliente y tras idas y venidas de correos electrónicos (de esos que te tardan una semana en responder) se negaron a devolverme el dinero. Se me hincharon las pelotas por haber tirado semanas lidiando con algo que se tendría que haber resuelto en una llamada de cinco minutos y monté una paginita en la que denuncié públicamente lo que estaba pasando. La historia se movió bien por las internets y al final me devolvieron la pasta, no sin que antes un par de miles de personas leyeran toda la movida, con el consiguiente daño de la marca (con toda seguridad muy superior a los 50 euros de marras) en algo que ni siquiera tenía nada que ver con el servicio del alquiler de vehículos en sí mismo.

FailStore

Últimamente estoy monotema, eh?

Todo esto viene a colación de Sayonara. Veréis, hace ya casi tres meses que lanzamos la app y en ese tiempo hemos tenido que lidiar con un par de cagadas que, humildemente, creo que hemos gestionado razonablemente bien. Por dar algo de contexto sin meterme en temas técnicos os diré que las cagadas hacían básicamente que algunos usuarios, tras haber comprado la app, no la pudieran llegar a usar. Inaceptable.

Algo fácil de solucionar en ambos casos pero que, debido a que Apple ‘revisa’ cada actualización nueva nos obligó a un retraso de una semana entre el problema y la solución. Además nos pilló la Navidad de por medio, unas fechas en las que Apple cierra el proceso de actualizaciones temporalmente. Por hacer un paralelismo cutrongo, es como si tienes un restaurante en el que la gente se queja del sabor de los platos, cambias la receta inmediatamente para hacer platos nuevos y aún así tuvieras que esperar una semana para poder servirlos. Es bastante frustrante.

Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a pasar

Lo único que podíamos hacer era atender a los clientes afectados y esperar a la actualización. Pero, ¿qué es atender a un cliente afectado?, pues en un caso de estos yo lo tengo claro, todo se reduce a cinco cosas bien sencillitas.

  1. Respetar al cliente. No tanto en la forma como en el fondo, es decir, de nada vale dar un trato exquisito y desatender la reclamación de alguien que ha confiado en ti, eso sí, hablándole mucho de usted. No, a nosotros, nos conmueve verdaderamente que cualquiera se anime a gastar su dinero para tener nuestra app y es algo que consideramos los cimientos de la relación.
  2. Contestar rápido. En nuestro caso lo que hicimos fue responder cada noche antes de acostarnos con lo que, creo, nadie tuvo que esperar más de 24 horas a recibir respuesta. Además, y esto es una suerte nuestra, curramos uno en España y otro en USA, de modo que con nuestro tiempo libre cubrimos una muy buena parte de las horas del día.
  3. Pedir disculpas y asumir la responsabilidad de forma sincera. Nada del típico ‘sentimos que estés experimentando problemas’ que parece que la culpa fuera del cliente. No, nosotros lo que decimos es ‘sabemos lo frustrante que es comprar algo y que no funcione como debería, te pedimos disculpas por ello’. Y tampoco nos hicimos los longuis en público, es mejor reconocer un patinazo motu proprio que esperar a que otros te pongan colorados. Incluso pusimos una advertencia en la descripción de la app para que antes de comprar se tuviese en cuenta que había un bug aún sin resolver.
  4. Explicar lo sucedido y anticipar la solución. Esto es algo que a mucha gente puede darle igual pero que otros muchos agradecen. Es simplemente decir ‘mira, la hemos cagado en esto y esto y en tu caso la app está fallando por tal motivo. Lo tenemos corregido en la siguiente versión pero tardará unos días en estar disponible’.
  5. Proponer la devolución íntegra del dinero como alternativa instantánea. Es tan de cajón que resulta flipante que no sea una práctica habitual. A todos los clientes afectados por estos problemas les propusimos la devolución inmediata de sus 1,79 euros en caso de que no quisieran esperar a la actualización. Es lógico, tú has comprado una app hoy y esperas que funcione hoy, no dentro de una semana, así que si no quieres esperar toma tu pasta de vuelta y acepta nuestras disculpas por haberte hecho perder el tiempo con una app que no ha funcionado.

El resultado de esta filosofía nos dio la razón y, si la jodemos nuevamente en el futuro, volveremos a actuar de la misma forma.

Las reviews recibidas son espectaculares, con una media de 4,5 sobre 5.

A ver, es cierto que tenemos un número de usuarios muy comedido (probablemente más pequeño en conjunto que lo que pueda recibir la Movistar de turno en un solo minuto) y que muchos de ellos nos conocen personalmente o son del grupo de amiguetes internetero y eso hace que sean más amistosos y tolerantes al fallo y menos ‘clientes’, pero no deja de ser curioso que absolutamente todos los usuarios con problemas han terminado satisfechos con la app. Muchos de ellos hasta el punto de dejarnos reseñas de cinco estrellas en iTunes y de recomendar la app a sus followers en Twitter, exactamente igual que os contaba al comienzo.

Ah, un dato curioso, de todas las personas a las que ofrecimos la devolución del importe de la app, ¿cuántas diríais que lo aceptaron?

Cero.

Vindobona

Hace unos dos meses comencé con un ex compañero de trabajo una mini aventura, una de esas de las que ya os he hablado alguna vez. La idea era crear una app de iPhone que te avisase cuando alguien te dejase de seguir en Twitter. Sencillo.

Nuestros objetivos eran múltiples, por un lado volver a trabajar juntos, por otro sentir el placer de hacer algo absolutamente a nuestra medida y, obviamente, la remota (pero siempre atractiva) posibilidad de ganar algo de pasta con la que costearnos la cocaína, las prostitutas de semi lujo y los discos de La Oreja de Van Gogh.

He hecho bastante spam en mi Twitter, pero os lo dejo aquí también para joder un poco más.

El resultado de ello es Sayonara, una app que por 1,79 euros te manda una notificación cada vez que espantas a un follower de Twitter. Acto seguido te deja ver el perfil del pollo y te pone a mano unos botones para twittear, bloquear o incluso devolver el favor (en caso de que fueras follower del traidor).

Sayonara para iPhone, te avisa cuando pierdes un follower en Twitter

Pero no os voy a hablar más de la app sino de una cosa que, en esta ocasión, creo que he sabido manejar bien. La cuestión, que puede parecer irrelevante, es que no hablé a prácticamente nadie sobre la existencia de Sayonara hasta que la app superó el punto de no retorno en el desarrollo (donde ya se podía enseñar algo funcional y empezar a probar con beta testers).

No, no era una cuestión de proteger nuestro tesoro, ni mucho menos, de hecho está demostrado que las ideas son algo flotante y que lo mismo que se te ocurre a ti se le ha ocurrido el día antes a un canadiense mientras tiraba de la cadena del váter tras facturar un kebab que le había sentado mal en la cena del día anterior. Y más en algo tan sencillo como esto, que una vez publicado cualquiera puede replicar tanto en idea como en diseño final sin mayor problema.

El motivo de no contar nada sobre lo que me traía entre manos se debió a algo que me ronda la cabeza desde hace un tiempo. Hay un dicho que reza que no es buen plan vender la piel del oso antes de cazarlo, pues bien, yo creo que pasa igual con las ideas y su materialización práctica. En buena parte debo la creencia a esta charla TED de Derek Sivers (también autor, por cierto, de este otro clasicazo).

Lo de contar el deseo que has pedido al soplar las velas tiene más sentido de lo que podría parecer.

Por si ahora mismo estáis perdiendo el tiempo en el trabajo y no podéis ver el vídeo os lo resumo. Lo que el tal Derek viene a explicar es que está demostrado que contar a los demás tus metas hace que sea más difícil que llegues a alcanzarlas. Al parecer, que la gente te felicite o halague por algo que ni siquiera has hecho es contraproducente para que lo llegues a hacer. Y doy fe de ello.

Mi blog es un buen ejemplo. No creeríais la cantidad de borradores de entradas que tengo a medio escribir y como muchas de ellas se han quedado por el camino tras hablar de su existencia con alguien. Es curioso, al comentar una idea de viva voz la necesidad de seguir dejándola por escrito se diluye en un momento, como si al verbalizarla en público ya hubieras cumplido con tu parte del trato. Paralelamente, al haber dicho que estabas escribiendo te creas una presión que no tenías antes y que dificulta continuar.

Supongo que esto es algo muy personal y cada persona lo gestiona de una manera, incluso dependiendo del momento, pero yo lo tengo claro. No os enteraréis de lo próximo que vaya a hacer hasta que lo haya hecho (como una discreta ventosidad de ascensor y no como el típico eructo de 90 decibelios de restaurante con Coca-Cola refill).

Ah, y por si os estabais preguntando de dónde me había sacado el título del post, os dejo esta cita de la peli Gladiator:

Una vez hubo un sueño llamado Roma. Sólo podías susurrarlo, a nada que levantaras la voz se desvanecía; tal era su fragilidad.

Aviaco

Recauchutado del
07/08/2009

En toda mi vida sólo he tenido un par de veces la sensación de veranear; lo que se dice veranear, es decir, toda la familia en agosto tirando para un sitio en el que pasar unas semanas de vacaciones. Cuando digo ‘un par’ es ‘dos’ y de la primera me acuerdo muy bien, especialmente por tener que volar para llegar al destino y por, además, hacerlo con Aviaco.

Logotipo de Aviaco

Esas maletas ya sólo se ven cuando vacían un piso y tiran todo lo que pillan en cualquier contenedor de obra, dejando a la intemperie los recuerdos de la gente, sus libros, álbumes de fotos, etc.

No sé que día de la semana sería, pero era bastante pronto, las siete u ocho de la mañana, probablemente. Yo tendría seis o siete años y recuerdo que mi madre no daba más de sí misma, si cierro los ojos puedo verla luchando por cerrar las tres o cuatro maletas que ocupaban todo el suelo del salón, curiosamente también puedo recordar a la perfección el oscuro color y la textura del parquet de aquel piso (al que no entro desde hace dos décadas). Las maletas eran antiguas incluso para la época, de esas de cuero granate, sin ruedas y con hebillazas enormes.

Mi madre nos daba el desayuno a los pequeños a la vez que metía las últimas cosas en el equipaje, los cepillos de dientes, neceseres y tal. Pobre mujer, imagino que para sus adentros se reiría (por no llorar) al oír que se iba ‘de vacaciones’.

El caso es que de pronto sacó los billetes del vuelo que íbamos a tomar y me los dio, supongo que para que me entretuviera con los papelitos y dejase de molestar y correr por el medio (de pequeño era absolutamente insoportable). Y, joder, me enamoré instantáneamente de aquellos billetes. Esos billetes representaban en sí mismos toda una época, una época en la que subirse a un avión era un maldito acontecimiento para recordar. Vale, mucho había cambiado ya la cosa desde la edad dorada de la aviación, las azafatas perfectas y todo aquello de las películas pero os aseguro que volar entonces era más parecido a la serie Pan Am que a meterse en un Ryanair de hoy día.

Lo de acumular papel de calco siempre fue mi debilidad, de hecho en el Caja Madrid de al lado de casa me temían porque cada vez que pisaba la oficina me llevaba un buen taco de formularios de ingresos y transacciones, unos verdes y otros naranjitas.

Los billetes en cuestión venían en un cartoncito alargado con una pequeña ventana perforada, a través de la cual podía verse el número del billete que contenían, y que se sacaba por el lado. Todo ello con el sello y la identidad de la aerolínea, Aviaco en este caso, y un montón de numeritos que no había quien entendiese. Y, como no, un par de copias con su hoja de papel calco entre medias, era tremendo. Ya sé que es una bobada, pero en aquel instante habría preferido quedarme el billete tal y como estaba (y no ir de vacaciones) a tener que darlo al subir al avión y perderlo para siempre.

Recuerdo que en el camino hacia el aeropuerto, en coche, nos topamos con el luminoso de Iberia que hay en la azotea de un edificio en Avenida de América (puede verse en ‘Madrid desde Torres Blancas’ de Antonio López) y me sentí muy especial, era como si la ciudad supiera que íbamos el aeropuerto. Estaba ilusionadísimo, ¡iba a subir a un avión!.

La cosa es que el logo de Iberia siempre me ha encantado, no sé si aquello tuvo algo que ver, o influyó más que al lado de casa hubiera una agencia de viajes con el susodicho logo de Iberia (también de Renfe y de alguna naviera de cruceros) en el letrero y a través de cuyo escaparate siempre me quedaba embobado viendo los típicos avioncitos en miniatura que tenían en las mesas. Eran como de un palmo de largo y con un palito peana para que pareciera que estaban despegando. Adoraba aquellos avioncitos, se veían tan bien pintaditos y con aspecto metálico de verdad, como juguetes para mayores.

Lo próximo que recuerdo es ya en Barajas, en uno de esos autobuses lanzadera que movían a la peña entre las terminales. El cacharro iba petado de gente, creo que todavía con las maletas, aunque ahí igual me estoy colando y ya habíamos facturado, pero ya digo que la sensación de agobio era considerable. Yo me moría por ver aviones desde la ventanilla y lo único que alcanzaba a ver era el culo del que tenía delante, íbamos en el puto centro del bus, rodeados de peña y de calor de veranito madrileño.

Total, que el siguiente recuerdo es el de bajar del autobús y ver un avión de Iberia, con esas líneas horizontales que luego hacían la curvita, una granate otra roja y la última amarilla, enorme, no sé si era un 747 pero era inmenso, aquello era el avión por excelencia. Entre medias se veía alguno de Aviaco, que si mal no recuerdo eran DC-9, y que resultaban diminutos al lado de los otros. En esos instantes sentía mucha rabia por tener que viajar con Aviaco en lugar de Iberia (señal de que cuando uno es pequeño no tiene ni puta idea). Era como el hermano pobre de la aviación española, pero bueno, ahí estaba yo a punto de subir a un avión, que para mí ya era la hostia como tal.

A continuación recuerdo un batiburrillo de cosas, recuerdo con claridad el color gris de los asientos y lo pegados que estaban unos de otros, el tejido y el grosor de la falda azul marino de una de las azafatas (no es que fuera un pervertido precoz ni nada de esto, pero recuerdo el tipo de tela), el grabado de ‘LIFT’ en el seguro del cinturón de seguridad y que no me tocó asiento de ventanilla. Unos minutos más tarde ya estaba con mi hermana arramplando con todas las toallitas de limón del dispensador del cuarto de baño.

Y nada más. El siguiente recuerdo ya es de nuevo en Barajas (ni vuelo de vuelta ni leches), el día de regreso, tras acabar de coger las maletas de cuero granate de la cinta. Llevaba un balón verde chillón que me habían comprado durante las vacaciones, la sonrisa con unos cuantos huecos por los dientes de leche y el pelo corto como un Marine con una gorrilla de marinero; esto lo sé con precisión porque me hicieron una foto allí mismo. El olor a la odiosa vuelta al cole (que es un acontecimiento trágico por más que se empeñe El Corte Inglés en venderlo como algo chachi piruli) flotaba en el ambiente y me recordaba que se había acabado lo bueno.

Algún día los modernos falsificarán los típicos bolsos de aerolínea y le plantarán el logo de Aviaco a bolsos y tazas. Y yo pagaré gustosamente por ellos.

El caso es que me alegro mucho de haber viajado con Aviaco en aquella ocasión, me alegra que fuera el primer avión al que subí, en lugar de uno de Iberia. Considero que Aviaco es la Pan Am española y que es sólo cuestión de tiempo que la gente se de cuenta de que tenían la identidad corporativa más molona que ha tenido jamás una línea aérea (y que me perdone Lufthansa) y me gusta poder decir que viajé con aquellos perdedores mientras se pudo.

Identificando nuestros defectos como sociedad, en el FIFA

Hoy día todas las noticias más o menos orbitan sobre cuestiones económicas y cómo España se ha ido yendo al garete progresivamente. Permitidme que, aunque sea por intentar volver a coger comba (hace dos meses que no me digno a escribir ni un solo post), os hable yo también de lo mismo.

Los habituales sabréis que siempre he pensado que los origenes de ‘la crisis’ están más cerca de nuestras propias miserias como personas que de los malvados mercados, los corruptos políticos y los sucios banqueros que regalaban hipotecas a diestro y siniestro.

Para ejemplificar esto os voy a hablar de algo que he venido viendo desde que juego al FIFA online (hará unos tres años). Sé que puede parecer una coña, pero no lo es, es sólo una frikada muy de nicho pero que creo refleja realidades extrapolables al conjunto de la sociedad.

Captura del videojuego FIFA 13

¿Qué es el FIFA?

Si sabes lo que es el FIFA pasa a la siguiente sección, ¡jugón!

Antes que nada voy a dar un poco de contexto para los que no estén familiarizados con los videojuegos. El FIFA es un videojuego de fútbol que se actualiza cada año y que permite (entre otras cosas) enfrentarse online con otros usuarios del resto del mundo. Cada cual escoge el equipo con el que quiere ir y el sistema le empareja automáticamente con un rival de una habilidad similar (que puede ser desde un niño de siete años a un abuelete con sonda) y un equipo de nivel equivalente.

Una vez hecho el emparejamiento se juega el partido. Suelen durar un cuarto de hora y, al final, en base al marcador final se asignan puntuaciones y se va actualizando un ranking global (guarda ciertas similitudes con el sistema de puntuación Elo del ajedrez).

Oh mierda, ya me ha tocado un ‘español’

Todo maravilloso, hasta que te toca enfrentarte a un ‘español’.

Un ‘español’ en el FIFA no sólo es alguien que juega desde España, sino que es alguien que juega desde España, con el Madrid o el Barcelona y que usa un nick de español paleto de tomo y lomo.

Que te toque enfrentarte a un ‘español’ en el FIFA es, en un altísimo porcentaje de ocasiones, la garantía de que tienes por delante un partido de mierda (esto, lógicamente, es sólo una generalización pero os aseguro que es muy habitual y si hay algún jugador de FIFA en la sala seguro que me puede dar la razón sobre este fenómeno).

No saben perder

Es el equivalente virtual del manguerazo/barrizal de los campos cutrongos de toda la vida.

En el FIFA hay una regla por la cual si uno de los jugadores abandona el partido a medias se le da por perdido 0-3 automáticamente. Pues bien, cuando uno se enfrenta a un ‘español’ y tiene la fortuna de meterle dos o tres goles seguidos ya sabe a ciencia cierta lo que va a pasar: el ‘español’ se desconectará enrabietado o apagará la consola súbitamente dejando el partido a medias. Algunos incluso arrancan programas de P2P en el ordenador para que la conexión se resienta y sea más complicado jugar.

El tío, ante una situación adversa, prefiere romper la baraja y dejar al oponente tirado (aún perdiendo el partido) en lugar de tratar de darle la vuelta deportivamente. Algunos incluso te mandan mensajes internos para decirte que eres un tramposo o que ‘as tenio musha suerte kbron’.

Algunos habilidosos incluso llegan a desconectar cuando el balón todavía no ha atravesado la línea de gol.

Esta desconexión cobarde irremediablemente también se produce después de cualquier golazo. El típico zambombazo desde lejos o combinación de regates bonita (de esos goles que entra uno de cada cien y que son mitad potra y mitad casualidad) que uno querría volver a disfrutar en la repetición suele ser demasiado duro para encajar por parte del ‘español’. Si metes el gol de tu vida mejor que no sea contra un ‘español’, o se desconectará instantáneamente y te quedarás sin poderlo volver a ver.

Reconozco que en alguna ocasión, tras meter un golazo, me he dejado ganar ante un ‘español’ para evitar que se desconectase mosqueado y así poder ver las repeticiones del final del partido.

No quieren mejorar

A mí cuando alguien me da una paliza en el FIFA, además de frustrarme (a nadie le gusta perder) me vale para intentar analizar cómo juega y, entre la lluvia de goles, tratar de aprender algo. La mayoría de veces no consigo nada pero a veces un poco de aprendizaje sirve para detener el chaparrón o incluso empezar a darle la vuelta a la película (de eso que piensas ‘si el partido durase dos minutos más lo acabo ganando, fijo’).

Si eres habitual hasta llegas a reconocer un pequeño enganchón que sufre la interfaz décimas de segundo antes de que el rival se desconecte.

Los ‘españoles’ no, cuando acaban un partido derrotados rápidamente se desconectan de forma que impiden al contrario ver las estadísticas del partido y las repeticiones. O sea, ni les interesa mejorar su juego ni tienen la decencia de finalizar el partido de forma normal, permitiendo al rival que sí pueda hacerlo si así lo desea.

Y tampoco saben ganar

Pero, amigos, lo peor y más triste de todo (y ya es decir) es ver a un ‘español’ ganar. El FIFA tiene algunos elementos con los que poder vacilar al rival (dar toques al balón y hacer malabares, celebrar los goles mandando callar a la grada o haciendo gestos de desprecio, sacar a los porteros fuera del área, pasar de tacón, etc.) y no hay gente más cansina que los ‘españoles’ con este tipo de cosas.

Te enfrentas a un ‘español’, el tío es netamente mejor que tú y te empieza a bailar por aquí y por allá y a meterte goles como soles. Pues bien, antes de que te des cuenta el colega empezará a vacilarte con todos los elementos comentados en el párrafo anterior. En lugar de respetar a un rival que está aguantando el tipo con dignidad él se empeña en dejar las repeticiones incluso de los goles de penalti y de alargar las celebraciones y las chorradas hasta la desesperación.

Y si, por lo que sea, le coges la medida y empiezas a remontar el ‘español’ se encerrará en su campo y empezará a perder el tiempo de mala manera hasta que el partido termine, en lugar de seguir jugando y pasarlo bien aprovechando el tiempo.

Eject disc

¿Os suena esto de algo?, ¿gente que no sabe perder, que tampoco quiere aprender y a la que cuando le iban bien las cosas tampoco supo ganar? No sé, igual no tiene nada que ver, pero esto que os he contado jamás me lo ha hecho nunca un alemán o un británico.

Al final los gobiernos van y vienen pero la realidad es que España está llena de ‘españoles’ y eso no cambia. De hecho, creo que todos llevamos dentro un poquito de ese ‘español’ agazapado entre la maleza listo para saltar a la primera oportunidad y empezar a hacer el cutre; aunque unos lo controlen mejor que otros, lo tenemos ahí y nos pasa factura.

No sé, igual la bajada de humos general no nos sienta tan mal.

Cerrando etapas

Embarcarse en nuevas aventuras (proyectos personales o en grupo, intentos de emprendimiento, etc.) es siempre algo muy agradable y vibrante, seguro que la mayoría de vosotros conocéis la sensación.

Todo se coge con muchas ganas, las ideas son novedosas y atractivas y dejan llevar nuestra imaginación ante un lienzo en blanco, el proyecto por completar. La mente se deja ocupar con esos nuevos estímulos y se las apaña para sacar lo mejor de nosotros mismos, habitualmente a costa de algunas horas de sueño de aquí y de allá. No es de extrañar que cuando toca hacer lo contrario, deshacerse de aventuras pasadas, nos cueste tantísimo dar el último portazo.

Fotografía del típico cartelito americano de Sorry were closed

JeffStewartPhotos.

Yo soy un auténtico experto en iniciar historias y no llevarlas a término, y no soy el único. El mundo está lleno de chicles que ya no se pueden estirar más y de ideas que terminan agonizando de forma lamentable, que no fueron matadas a tiempo y ya ni siquiera pueden recibir un final digno. Las de internet, por su propia naturaleza, son bastante fáciles de analizar y basta darse un paseo por el archivo de cualquier web de actualidad internetera para ver que muchas cosas de las que se hablaba hace un par de años ya directamente no existen, o bien no han evolucionado nada desde su lanzamiento inicial.

¡Y aún asín, me querís!

¿A qué viene esto?, pues a que recientemente he decidido cerrar dos pequeñas aventuras ya agotadas, de las que apenas os hablé nunca pero que paradójicamente si quiero comentar ahora, a título póstumo y por mi cara bonita.

Web de fotografía

En marzo de 2008 me monté una especie de photoblog, completamente anónimo, con el que mostrar mi pretencioso arte al mundo. Me lo tomé bastante en serio y lo alimenté diariamente con fotos de razonable calidad.

Si los bloggers tienen fama de pelotillas y endogámicos lo de los photoblogs ya sí que era exagerado.

En cuanto a la presentación del tinglado, ya me conocéis, suelo cuidar bastante los detalles y aquello no fue una excepción; la cosa me quedó bastante resultona. Tenía una aproximación muy similar a la que ahora se estila tanto en las versiones para tablets, llenando el ancho completo del navegador con la foto de cada día en toda su gloria y un archivo de miniaturas con el que encontrar cualquier foto pasada de un solo vistazo.

Contrastaba enormemente con los típicos sitios montados en Blogger sobre plantillas pensadas para texto y creo que ese respeto hacia el propio medio hizo que a muchos les empezase a gustar pasarse por allí. Poco a poco se llegó a formar una pequeña comunidad en torno a la web, con comentarios pedantes en cada foto y ese tipo de cosas.

Dos años después, en marzo de 2010 ya sólo subí siete fotos, frente a las sesenta del año anterior. Un año después, en marzo de 2011 ya sólo publiqué dos tristes fotos; y hoy he visto que no he vuelto a publicar ni una más desde entonces. En su mejor momento la web recibía a unos novecientos visitantes diarios (cerca del doble de infa.me, por poner en contexto); ayer recibió a tres.

Creo que este marzo, tras todo un año de inactividad, es un buen mes para dar por cerrada esa etapa. Voy a coger todas las fotos, en orden, imprimirme un librito para tener por casa y cerrar esa web para siempre, sin ningún rubor. Aprendí mucho con este proyecto, hice más y mejores fotos, desarrollé mis habilidades como diseñador amateur y me mantuve entretenido en una época en que me costaba bastante sobrevivir entre finde y finde. No se puede pedir más.

iPad

A comienzos de 2010, precisamente también en marzo, me animé con un compañero de trabajo a desarrollar aplicaciones para iPad (que acababa de ser presentado y ni siquiera estaba a la venta). Nos pusimos manos a la obra y en un par de semanas de trabajo de flexo y café de medianoche ya teníamos montada una app muy sencillita. Conseguimos tener la aplicación a la venta desde el mismo día que se lanzó el iPad al mercado y, durante un brevísimo espacio de tiempo, fue una de las apps más descargada de su categoría (claro, apenas había competencia, pero no por ello deja de ser flipante).

Precisamente Google Wave es un buen ejemplo de los fracasos de internet que comentaba antes.

Aprovechamos un par de eventos de desarrolladores para mover nuestra idea aquí y allá, nos hicimos unas tarjetas muy chulas en MOO y más por casualidad que otra cosa llegamos a conocer a varias personas interesantes. Había tanto movimiento en el mundillo que incluso nos llegaron ofertas para desarrollar apps para otros. Pero eso no es a lo que nos queríamos dedicar (y tampoco teníamos el tiempo para hacerlo en condiciones), ¡nosotros queríamos hacer nuestras propias apps!, y llenamos unos cuantos Google Docs (y conversaciones en Google Wave) de ideas chulas y cosas que queríamos hacer a continuación.

Ingresamos unos 150 euros a lo largo dos años. Esos dos años en la App Store nos costaron 160 euros. Un descalabro, vaya.

Pues bien, no lo queríamos suficiente porque hoy, dos años después, no hemos hecho ni una sola app más. Para quien no conozca el modelo de distribución de Apple, los señores de la manzana cobran 80 euros al año por tener aplicaciones a la venta en su tienda y, nuestra app, ya no cubre los gastos. Nunca pensamos que nos fuéramos a hacer ricos pero pagar otros 80 euros por algo que ya nadie se baja no nos merece la pena así que hemos cerrado el tenderete de mutuo acuerdo.

¿Un fracaso?, pues hombre, en buena parte sí, pero gracias a ello me leí de cabo a rabo toda la estupenda documentación de Apple sobre diseño de interfaces, aprendí a programar un poquito en iOS y sobrellevé una época en que mi curro diario se había vuelto aburrido y menos desafiante que hacer espaguetis para dos y que te sobre media cazuela. Por si eso fuera poco hicimos algunos buenos contactos en aquella etapa y desde allí se nos presentaron varias oportunidades, que en mi caso me hicieron dar un giro a mi vida profesional como de la noche al día.

De esta nueva aventura os hablaré dentro de dos años, cuando abandonemos.

Mi amigo y yo estamos ahora comenzando una nueva aventura y ambos sentimos que salimos muy reforzados de aquella experiencia. Aprendimos mucho, conocimos mejor nuestras limitaciones y cometimos ciertos errores que ahora vamos a intentar esquivar.

Moraleja

Lo que intento contar con estas dos inconexas historias de desencantos huguiles es que no hay que tener miedo a empezar cosas, pero tampoco hay que tenerlo a darlas por concluidas. De todas las experiencias se pueden sacar cosas en claro y con los años me he convencido de que terminar un proyecto sin ‘haber conseguido nada’ no es necesariamente un fracaso si al menos el proceso te ha valido de algo. Y ese algo ni siquiera tiene que ser algo relacionado con el propio proyecto.

Y, ojo, que a mí me parece una soberana gilipollez esa actitud de abrazo al fracaso que muchos gurús de palo intentan defender con más cuento que los cursillos de risoterapia (hay tantos ejemplos de gente que triunfa al décimo intento como de gente que triunfa a la primera, pero intentar justificar que es mejor perder antes de ganar es insostenible). Y también detesto esa fijación de otros tantos que ven la solución a todos los problemas del mundo con que cada asalariado o parado se convierta en un entrepreneur ‘del internet’.

Pero eso, creo que cada cosa hay que verla en su justa medida, saber manejar los tiempos y no quemarse en exceso con las cosas que no salen muy allá es la clave para mejorar poquito a poco, proyecto a proyecto. Ya sabéis lo que dicen de las retiradas a tiempo.