Aviaco

Recauchutado del
07/08/2009

En toda mi vida sólo he tenido un par de veces la sensación de veranear; lo que se dice veranear, es decir, toda la familia en agosto tirando para un sitio en el que pasar unas semanas de vacaciones. Cuando digo ‘un par’ es ‘dos’ y de la primera me acuerdo muy bien, especialmente por tener que volar para llegar al destino y por, además, hacerlo con Aviaco.

Logotipo de Aviaco

Esas maletas ya sólo se ven cuando vacían un piso y tiran todo lo que pillan en cualquier contenedor de obra, dejando a la intemperie los recuerdos de la gente, sus libros, álbumes de fotos, etc.

No sé que día de la semana sería, pero era bastante pronto, las siete u ocho de la mañana, probablemente. Yo tendría seis o siete años y recuerdo que mi madre no daba más de sí misma, si cierro los ojos puedo verla luchando por cerrar las tres o cuatro maletas que ocupaban todo el suelo del salón, curiosamente también puedo recordar a la perfección el oscuro color y la textura del parquet de aquel piso (al que no entro desde hace dos décadas). Las maletas eran antiguas incluso para la época, de esas de cuero granate, sin ruedas y con hebillazas enormes.

Mi madre nos daba el desayuno a los pequeños a la vez que metía las últimas cosas en el equipaje, los cepillos de dientes, neceseres y tal. Pobre mujer, imagino que para sus adentros se reiría (por no llorar) al oír que se iba ‘de vacaciones’.

El caso es que de pronto sacó los billetes del vuelo que íbamos a tomar y me los dio, supongo que para que me entretuviera con los papelitos y dejase de molestar y correr por el medio (de pequeño era absolutamente insoportable). Y, joder, me enamoré instantáneamente de aquellos billetes. Esos billetes representaban en sí mismos toda una época, una época en la que subirse a un avión era un maldito acontecimiento para recordar. Vale, mucho había cambiado ya la cosa desde la edad dorada de la aviación, las azafatas perfectas y todo aquello de las películas pero os aseguro que volar entonces era más parecido a la serie Pan Am que a meterse en un Ryanair de hoy día.

Lo de acumular papel de calco siempre fue mi debilidad, de hecho en el Caja Madrid de al lado de casa me temían porque cada vez que pisaba la oficina me llevaba un buen taco de formularios de ingresos y transacciones, unos verdes y otros naranjitas.

Los billetes en cuestión venían en un cartoncito alargado con una pequeña ventana perforada, a través de la cual podía verse el número del billete que contenían, y que se sacaba por el lado. Todo ello con el sello y la identidad de la aerolínea, Aviaco en este caso, y un montón de numeritos que no había quien entendiese. Y, como no, un par de copias con su hoja de papel calco entre medias, era tremendo. Ya sé que es una bobada, pero en aquel instante habría preferido quedarme el billete tal y como estaba (y no ir de vacaciones) a tener que darlo al subir al avión y perderlo para siempre.

Recuerdo que en el camino hacia el aeropuerto, en coche, nos topamos con el luminoso de Iberia que hay en la azotea de un edificio en Avenida de América (puede verse en ‘Madrid desde Torres Blancas’ de Antonio López) y me sentí muy especial, era como si la ciudad supiera que íbamos el aeropuerto. Estaba ilusionadísimo, ¡iba a subir a un avión!.

La cosa es que el logo de Iberia siempre me ha encantado, no sé si aquello tuvo algo que ver, o influyó más que al lado de casa hubiera una agencia de viajes con el susodicho logo de Iberia (también de Renfe y de alguna naviera de cruceros) en el letrero y a través de cuyo escaparate siempre me quedaba embobado viendo los típicos avioncitos en miniatura que tenían en las mesas. Eran como de un palmo de largo y con un palito peana para que pareciera que estaban despegando. Adoraba aquellos avioncitos, se veían tan bien pintaditos y con aspecto metálico de verdad, como juguetes para mayores.

Lo próximo que recuerdo es ya en Barajas, en uno de esos autobuses lanzadera que movían a la peña entre las terminales. El cacharro iba petado de gente, creo que todavía con las maletas, aunque ahí igual me estoy colando y ya habíamos facturado, pero ya digo que la sensación de agobio era considerable. Yo me moría por ver aviones desde la ventanilla y lo único que alcanzaba a ver era el culo del que tenía delante, íbamos en el puto centro del bus, rodeados de peña y de calor de veranito madrileño.

Total, que el siguiente recuerdo es el de bajar del autobús y ver un avión de Iberia, con esas líneas horizontales que luego hacían la curvita, una granate otra roja y la última amarilla, enorme, no sé si era un 747 pero era inmenso, aquello era el avión por excelencia. Entre medias se veía alguno de Aviaco, que si mal no recuerdo eran DC-9, y que resultaban diminutos al lado de los otros. En esos instantes sentía mucha rabia por tener que viajar con Aviaco en lugar de Iberia (señal de que cuando uno es pequeño no tiene ni puta idea). Era como el hermano pobre de la aviación española, pero bueno, ahí estaba yo a punto de subir a un avión, que para mí ya era la hostia como tal.

A continuación recuerdo un batiburrillo de cosas, recuerdo con claridad el color gris de los asientos y lo pegados que estaban unos de otros, el tejido y el grosor de la falda azul marino de una de las azafatas (no es que fuera un pervertido precoz ni nada de esto, pero recuerdo el tipo de tela), el grabado de ‘LIFT’ en el seguro del cinturón de seguridad y que no me tocó asiento de ventanilla. Unos minutos más tarde ya estaba con mi hermana arramplando con todas las toallitas de limón del dispensador del cuarto de baño.

Y nada más. El siguiente recuerdo ya es de nuevo en Barajas (ni vuelo de vuelta ni leches), el día de regreso, tras acabar de coger las maletas de cuero granate de la cinta. Llevaba un balón verde chillón que me habían comprado durante las vacaciones, la sonrisa con unos cuantos huecos por los dientes de leche y el pelo corto como un Marine con una gorrilla de marinero; esto lo sé con precisión porque me hicieron una foto allí mismo. El olor a la odiosa vuelta al cole (que es un acontecimiento trágico por más que se empeñe El Corte Inglés en venderlo como algo chachi piruli) flotaba en el ambiente y me recordaba que se había acabado lo bueno.

Algún día los modernos falsificarán los típicos bolsos de aerolínea y le plantarán el logo de Aviaco a bolsos y tazas. Y yo pagaré gustosamente por ellos.

El caso es que me alegro mucho de haber viajado con Aviaco en aquella ocasión, me alegra que fuera el primer avión al que subí, en lugar de uno de Iberia. Considero que Aviaco es la Pan Am española y que es sólo cuestión de tiempo que la gente se de cuenta de que tenían la identidad corporativa más molona que ha tenido jamás una línea aérea (y que me perdone Lufthansa) y me gusta poder decir que viajé con aquellos perdedores mientras se pudo.

9 comentarios, nada, la gente tiene mucho tiempo libre

Bonita entrada. Yo de niño nunca subí a un avión. Un día acompañé a mis padres al aeropuerto y recuerdo quedarme embobado al ver aquellos aviones. Todos me parecían todos enormes. Qué suerte tenían los que podían subirse.

Por si quieres corregirla, creo que tienes una pequeña falta cuando dices “…es sólo cuestión de tiempo que la gente se de cuenta… ” Ese “dé”, lleva tilde (3ª persona de singular de presente de subjuntivo) .

Saludos.

preciosa narrativa aeronáutica, también tengo recuerdos infantiles relacionados con las vacaciones, aunque desgraciadamente me acuerdo más de lo enfermo que me puse, que de el avión que me llevo al destino (;-)
Mallorca)
saludos….me encanta tu blog desde hace añossssss

Espero, Hugo, que te estés dando cuenta cómo nos dejas tirado a tus lectores de “toda la vida”, ya no hay tantos comentarios como antes, y eso es debido a tu nivel de publicaciones, que está tendiendo a cero…

¡Hugo, antes molabas! :(

Gabgo, ¿qué quieres que te diga?, si no escribo más es básicamente por falta de tiempo e inspiración. Poco puedo hacer al respecto, o se tiene o no se tiene. Confío en que, antes o después, vuelva a tener ganas de escribir más.

Antes del 11S molaba más volar. Poder subir botellas al avión. Recuerdo una vez a mi padre compartiendo una botella de vino con un cubano que se sentaba a su lado. Menuda cogorza pillaron.

Estoy de acuerdo, antes volar era un acontecimiento, era caro, pero el precio estaba justificado, porqué el servicio estaba a la altura. Había, como dices glamour. Todavía recuerdo las bolsas de cacahuetes salados que nos daban. Y la primera vez que volé solo de niño, me sentí un príncipe, gracias a unas azafatas a las que di más de un quebradero de cabeza.
Ahora la aviación, sobretodo desde que aparecieron las compañías de bajo coste, se ha visto convertida en poco más que en transporte de ganado, reflejando los tiempos que corren.
Siempre nos quedarán las compañías tradicionales y serias, las de siempre, las que sobreviven a crisis económicas y cuidan de sus pasajeros, aunque sean tan caras. Supongo que el tiempo lo pone todo en su sitio.

Un post de Julio recauchutado del 07/08/2009 y estamos a Octubre casi Noviembre…

Como te columpias…

Cariño, ¿estás ahí?

HolaBuscando el logo para la escritura de las nuveas charlas encontramos su pagina, somos un matrimonio de Guadalajara (Mexico) y nos da mucho gusto que aun stando tan lejos compartmos el mismo espiritu al pertenecer al encentro. Tenemos 13 af1os de haber vivido nuestro fin de semana y trabajando en este apostolado, tenmos un hijo de 9 af1os y actualmente somos pareja equipo, solo que nos acaban de cambiar las charlas y estamos por comenzar a escribirlas.Ojala podamos establecer contacto por este medio y podamos compartir nuestras experiencias con las nuveas parejas.Les enviamos saludos y por aca tienen su casa como falilia que somos. Quedan cordialmente invitados al encuentro nacional para 2015.Un fuerte abrazoSol y Javier Mirafuentes Tolentino

Despierta al facineroso que llevas en tu interior