Aplauso

Para comenzar el año con algo ligerito voy a hablaros de una de mis habilidades más extrañamente poderosas, a la par que de cuestionable utilidad. Soy experto en iniciar aplausos (¡y que la gente me siga!).

El tema de los aplausos, en sí mismo, da para más de lo que podría parecer. Básicamente porque hay montones de tipos de aplausos, desde los aplausos desganados de final de conferencia flojilla (emitidos por pura obligación, y que intentando guardar respeto por el ponente resultan ser más un insulto por su falta de contundencia y duración) hasta el aplauso en el salón del que ve un partido de furgol solo en casa, pasando por el aplauso lento e irónico que equivale a la carcajada exagerada al final de un chiste malo. Eso sin ponernos a analizar las partes de un aplauso y, sobre todo, los distintos tipos de finales que puede vivir, en base a si alguien se empeña en alargarlo más de la cuenta.

De entrada yo sólo aplaudo cuando tengo la certeza de que lo va a poder escuchar el receptor al que va dedicado. Es decir, aplaudo a un compañero de trabajo si se presenta en la oficina con un roscón de Reyes, y aplaudo cuando se soplan las velas de una tarta de cumpleaños (aunque sea en un restaurante, diez mesas más allá), pero jamás aplaudo al final de una película (a no ser que sepa que los creadores están en la sala, cosa poco habitual) o frente al televisor.

Fotografía de un cartelito luminoso de aplauso típico de la televisión americana

Atomicdahousecat

Como decía, levantar aplausos es algo que corre por mis venas. Pero no aplausos forzados como los que conseguía El Follonero para cachondearse en los mítines, sino aplausos dispensados en su momento preciso, y de un modo limpio y apropiado. ¿Sabéis esa sensación de pensar ‘joder, esto se merece un aplauso’?, pues bien, sospecho que mi cerebro, por algún tipo de mutación producida mientras me dejaba los ojos jugando al PGA Tour Golf cuando era crío, la percibe unas décimas de segundo antes que el resto; y allá que me lanzo con ventaja cual mensajero en semáforo.

Salvando las distancias, es algo similar a lo visto en esta charla TED.

Y claro, el aplauso siempre tiene éxito porque no es algo que me haya inventado yo, en realidad todo el mundo ha sentido el impulso de aplaudir pero cuando lo han procesado resulta que ya había un tío aplaudiendo en el fondo de la sala, con lo que el posible corte de ser el primero en batir las palmas se desvanece y al momento todo se desencadena como una preciosa cascada de piezas de dominó de liderazgo distribuido.

En resumen, que si currase en Apple yo sería ese tío de agudísima entonación que siempre grita ‘yuhuuuuuu’ durante las presentaciones de productos y al que todos siguen con sus borreguiles aplausos. Amado y odiado a partes iguales.

11 comentarios, nada, la gente tiene mucho tiempo libre

Pole.

Siempre había querido decir eso alguna vez.

Plas, plas, plas.

Michael J. Fox
06/01/2012 a las 13:14

También eres el que inicia los aplausos al aterrizar un avión, ¿No?

Hace unos siete años, mi (ex)pareja y yo fuimos a ver la representación de “Cabaret” en un teatro madrileño. Mediada la obra, la actriz que daba vida a Sally cantó un tema en solitario que acabó de forma muy lenta y suave. Cuando acabó, pensé “¿no se supone que ahora deberíamos aplaudir?”. Pero yo era y soy un novato en estos eventos y, ante el mutismo del respetable (el teatro estaba lleno), me dio vergüenza comenzar a dar palmas y que todo Dios me mirara con cara de “¡Ahora no, gilipollas!”

La pobre chica se quedó un poco con cara de “¿Tan mal lo he hecho?”, hasta que el actor que representaba al Maestro de Ceremonias salió a la palestra y pidió el aplauso al público.

Luego me sentí un poco mal por la actriz. Ahí se echó de menos un Hugo.

Michael J. Fox, Cómo odio a los que aplauden en los aviones!!!

CasS, yo también lo odio. Casi tanto como aplaudir en el cine.

Nunca he vivido los aplausos de una sala de cine (la gente aquí no aplaude ni por dinero), pero, a malas y aplicando tu lógica, en los aviones sí te oye el encargado de llevar a buen término el aterrizaje por lo que se lo merecería más.

ElGekoNegro, lo de los aviones no me gusta por dos motivos, el primero es que el piloto era el máximo interesado en aterrizar sano y salvo porque va dentro del avión. Segundo, todos sabemos que, salvo en casos excepcionales, aterrizar un avión para un profesional es tan pan comido cómo para un cocinero del VIPS calentar una hamburguesa al microondas. No merecen el aplauso.

Fuera de la línea del post, pero siguiendo en el tema de los aplausos, cómo detesto esa costumbre (que no sé si es exclusivamente mexicana o se comparte con el mundo) de aplaudir cuando el mesero de algún restaurante deja caer una charola con platos o vasos. Coño, bastante embrollo debe ser saber que tiraste la comida que va quince minutos tarde a una mesa, para tener a un grupo de imbéciles aplaudiendo sarcásticamente.

Nunca me ha pasado que esos aplausos vayan dirigidos a mí, pero escucharlos me provocan una rabia que me dan ganas de pararme y ponerme en modo Jules Winnfield: “¿A quién le estás aplaudiendo, hijo’eputa?”

Quien recibe el aplauso debería a su vez aplaudir al que se atreve a comenzarlo.

Hace meses tuve la desgracia de sufrir en carne viva lo de aplaudir en un cine, en esto llamado Phenomena Experience. Y no es que la gente aplaudiese al ver los créditos. Es que durante las CUATRO horas, cada CINCO minutos, alguien aplaudía. Es que ni en ‘Noche de fiesta’ habéis visto tantos aplausos. Luego alguien por Twitter me dijo “hombre, no seas aguafiestas, que esa sesión es un sitio para ir a pasárselo bien”. Claro, yo no lo sabía, y puse cara de “mmuere“.

En mi oficina se aplaude casi todos los días. Mi jefe es el primero que cosecha todos los aplausos, así que creo que tus palmas se acabarían gastando si trabajases en mi oficina.

¿Y no has pensado en sacar rentabilidad económica de tu superpoder?

Comenta lo que quieras, si no me gusta lo borro y listo