¿Por qué los ricos roban?

Sí, el título es sensacionalista. Es deliberado, dadme un voto de confianza.

En los últimos tiempos están aflorando flagrantes casos de gente con mucho dinero que, pese a ello, no parece tener reparos en robar (evasión de impuestos, principalmente). Me viene a la cabeza el caso de Urdangarín y la Infanta y el del futbolista Messi y su padre, pero hay docenas más. Eso sin entrar en las ingenierías contables perfectamente legales de los Google, Apple y demás conglomerados con sede irlandesa.

Lo primero que uno piensa es, ‘coño, y esta gente que tiene tanto dinero, ¿para qué cojones se mete a estos líos por robar un poco más?‘. Hay quien os dirá que precisamente porque roban es que son ricos (comentario muy ranciofact, dicho sea de paso), y hay otros que os dirán que todos los ricos roban en mayor o menor medida y que en realidad la justicia sólo pilla a unos pocos.

Por ‘rico’ me refiero a alguien que se levantaba más de medio millón de euros al año.

Yo sólo he conocido a una persona rica en toda mi vida, y nunca hablé con él sobre este tema, así que no tengo una muestra representativa ni mucho conocimiento sobre ello, pero sí me gustaría explorar un par de cosas sobre esta cuestión que nos afecta a todos bastante más de lo que podríamos pensar.

Fotografía de José María Ruiz Mateos bajando de una furgoneta a lo Equipo A

Ruiz-Mateos, El Huffington Post.

La primera es, ¿qué habríais pensado si el titular de este post fuese ‘¿Por qué los rumanos roban?’? Vaya pasada, ¿no?, menudo racista hijo de puta que se pone a generalizar como tal cosa. Pero el caso es que cuando uno habla de los ricos, o los pijos, el pecado propio de la generalización se diluye en los ajenos de los que van a recibir la crítica.

Yo también he sido culpable de esto, es una generalización fácil y, dado que ellos lo tienen todo, uno se siente moralmente autorizado, desde esa moralidad que sólo un David puede sentir contra Goliat o el antisistema que revienta un cajero automático del Santander. Total, que me he dado toda esta vuelta para añadir una palabra al título y no hacer pagar a justos por pecadores.

Bien, vamos cercando responsabilidades, asumimos que hay gente de pasta que sí cumple con sus obligaciones fiscales y nunca ha robado un céntimo y podemos seguir con el tema.

¿Por qué algunos ricos roban?

Sí, algunos ricos roban. Pero digo yo, ¿verdad que conocéis a varias personas, no ricas, que defraudan a hacienda? Están por todas partes, desde el chapuzas que se ofrece a repararte el aire acondicionado sin IVA hasta el autónomo que se deduce la factura del móvil de su mujer.

¿Veis por dónde voy?, creo que mejor añado otra palabra al título del post.

¿Por qué algunos ricos también roban?

Vale, un par de rodeos y ya tengo esto mejor enmarcado para adentrarme en la cuestión. Creo que algunos ricos también roban, fundamentalmente, por dos motivos.

El primer motivo es que están acostumbrados a hacer siempre lo que les da la puta gana y, de pronto, tener que pagar un dineral en impuestos les parece ofensivo y se niegan a hacerlo. Luego, cuando les juzgan, afirman no saber nada del tema, pero en realidad lo hacían con todo el convencimiento. Podríamos criticar esto pero, ¿qué queréis que os diga?, en un mundo en el que tras cada subida de impuestos Twitter arde con comentarios llamando a la insumisión fiscal, no me parecen éstos peores que los que, encima, alardean de ello públicamente.

El segundo motivo es que hay muchos niveles de riqueza. Sí, para la clase media, pensar en ser ricos nos hace fantasear con vivir en un loft de 600 metros cuadrados frente a Central Park y no tener que volver a preocuparnos de la cuenta del banco pero, ay amigos, cuando uno es rico siempre puede aspirar a ser asquerosamente rico.

Y, cuando a tu amigo, que sí sale en la lista Forbes, le trufan su yate de 40 metros de eslora con fruteros rebosantes de coca y bellas modelos diferentes cada puto día mientras tú tienes que conformarte con pillar un par de escorts de lujo, el fin de semana, en tu chalet normalito de La Moraleja es fácil pensar que, los 150.000 euros que tienes que pagar de impuestos este año, igual los prefieres invertir en un nuevo Ferrari que te haga olvidar las penas.

Y prefiero no pensar en la expresión ‘su paro’ porque me enciendo.

¿Es esto criticable?, por supuesto, pero no más que el que se despide de un trabajo y hace el apaño para que le despida la empresa en plan colega y así poder pegarse unos mesecillos cobrando el paro. Sí, su nivel de riqueza es muy distinto, pero si descendemos un par de peldaños y le preguntamos a un pobre de solemnidad (de esos a los que el Estado abandona sin tener nada que llevarse a la boca) probablemente le parezca tan repugnante una cosa como la otra.

Love is all around

¿Qué quiero decir con esto?, pues lo mismo que he planteado en otros tantos posts, que la mierda está por todas partes y que es muy fácil apuntar con el dedo a esta gentuza pero que, de cuando en cuando, también hay que mirarse en un espejo y descubrir que, si el yate fuera nuestro, a lo mejor también nos gustaba que las modelos tuvieran diecinueve años en lugar de veinticinco, aunque para pagarlo hubiera que dejar de abonar cuatro impuestos y darle manga ancha a nuestro contable para hacer de las suyas.

Al final no hay tanta diferencia entre el mítico ‘si cada español pusiera una peseta’ de Lola Flores y el mamonazo de turno que acumula las facturas de todo el año para ahorrarse unas cuotillas sin importancia. En un país en el que la economía sumergida ya representa una cuarta parte del PIB sólo es una cuestión de volúmenes, pero el germen putrefacto es exactamente el mismo.

Tips

Como quien no quiere la cosa ya llevo más de ocho años escribiendo en este blog y, en paralelo, prácticamente me he cepillado mis felices años veinte. Parece mentira, ¿eh?

Este par de links llevan código de afiliado de Amazon, mi puerta dorada hacia la independencia económica.

Tal vez sea una ilusión pero quiero pensar que en ese tiempo he aprendido algunas cosas y he considerado que sería buena idea recopilarlas en forma de lista de consejos vitales. Un poco al estilo de Rules for My Unborn Son o de El libro rojo de la vida, pero en versión gitana.

Los escribo sin mayor pretensión. No creo que sean cosas que nadie deba hacer para ser mejor persona, tener más éxito en la vida ni nada de esto. No son consejos de gurú ni pretenden sentar cátedra, sólo son cosas que a mí me han ido funcionando para manejarme felizmente y que, si considerase remotamente tener descendencia, metería por el gaznate a mis polluelos hasta que fuesen pequeños clones de mí mismo.

En el futuro los editaré en un librucho pretencioso y borraré este post para que tengáis que pagar por leer mis bobadas.

Algunos son simples life hacks, otros son más profundos, otros tienen clarísima fecha de caducidad a la vista. No están muy estructurados así que los he puesto por orden alfabético y tampoco serán fijos, de hecho mi idea es ir actualizando este post, poniendo y quitando tips silenciosamente a medida que me vayan saliendo más canas (que ya son unas cuantas).

Allá van…

  • A menudo dos packs de 6 nuggets son más baratos que uno de 12. Y encima te darán dos salsas.
  • A no ser que te sobre la pasta no contrates embarque prioritario en los vuelos, llegarás al destino exactamente a la vez que el resto de la plebe.
  • Al escoger asiento en un transporte ten en cuenta por que lado dará el sol durante el viaje.
  • Baila.
  • Cada euro de más que puedas gastar en las entradas de los espectáculos en directo (musicales, ópera, etc.) valdrá la pena.
  • Colonia Petit Cheri antes de ir a dormir.
  • Come helado en invierno.
  • Comprueba que haya papel higiénico antes de sentarte en la taza del váter, una buena forma de recordarlo es pasar siempre un cuadradito de papel por la subtapa antes de sentarte.
  • Cuando la cagues apechuga con ello, no te justifiques.
  • Da crédito a tus compañeros en los éxitos colectivos.
  • Dale una oportunidad a las batas.
  • Deshazte de cosas a menudo. Regálaselas a quien les pueda dar uso.
  • En la mortadela sevillana dónde hay aceituna no hay carne. Identifica las aceitunas que hay por ahí.
  • En los aseos públicos abre siempre el grifo del agua antes de echarte el jabón en las manos.
  • En los fast food no pidas el helado a la vez que el resto del pedido, se derretirá miserablemente.
  • En McDonald’s, si ves que hay muchas hamburguesas acumuladas personaliza tu pedido ligeramente (quitando el pepinillo, por ejemplo) para asegurar que la tuya esté recién hecha.
  • En televisores, más grande es mejor.
  • Es mejor más RAM que más procesador.
  • Escoge bien las bandejas de carne y charcutería, míralas también por detrás.
  • Está bien tener favoritos y anteponerlos al coste de oportunidad.
  • Karaoke.
  • Los vaqueros caros no valen el sobreprecio.
  • Madruga.
  • Mayonesa Heinz.
  • Mete toda la compra en bolsas antes de pagar.
  • No cojas nada de la línea de cajas de los supermercados.
  • No compres nada a plazos. Tampoco una vivienda.
  • No compres un coche nuevo.
  • No escojas un trabajo por el sueldo.
  • No estés en sitios en los que no quieras estar. Di que no a los compromisos que no te gusten. Valora tu tiempo.
  • No hagas cola para comprar algo sólo por ser el primero en tenerlo.
  • No hagas obras para cambiar una bañera por un plato de ducha. En la bañera siempre te podrás duchar, pero no al revés.
  • No montes un home cinema a no ser que sepas instalarlo como un profesional.
  • No pidas postre por pedir.
  • No rejuegues nunca un GTA, envejecen mucho peor que tu recuerdo de ellos.
  • No te fies de los bancos.
  • No trates a los niños como niños.
  • No trates a los viejos como niños.
  • No vayas a tu restaurante favorito más de una vez por semana.
  • No veas tus pelis favoritas más de una vez al año.
  • Prioriza.
  • Quítate los zapatos en los aviones.
  • Renueva todos tus gayumbos y calcetines de golpe.
  • Respeta sinceramente la fe de los demás. Aunque tú no creas en ninguna de esas mierdas.
  • Sé puntual. Para llegar y también para irte.
  • Si facturaste equipaje no corras para salir de un avión, tendrás que esperar igualmente.
  • Si tienes perro huélele las orejas por dentro.
  • Si tu pedido del fast food es para llevar pide que te den dos bolsas, una para lo caliente y otra para lo frío.
  • Si vas a un parque de atracciones compra entradas fast pass, poder subir diez veces seguidas a tu atracción favorita sin esperas ni colas lo vale plenamente.
  • Siéntate donde quieras en los restaurantes, acabas de entrar y no te van a poner pegas. Y lárgate si te las ponen.
  • Suicidarse es siempre una opción.
  • Ten unos buenos cascos, aunque sólo los uses en casa.
  • Usa los intermitentes.
  • Ve tele de otros países.
  • Ventila.
  • Viaja cuanto puedas pero no viajes por viajar.

¡Sólo lo hacen por recaudar!

Si hay algo que me enigma de la sociedad en la que vivimos es esa opinión generalizada de que el Estado es algo ajeno a los individuos y fundamentalmente nocivo.

¡Hijos de puta!

Dejando de lado la orientación política de cada cual (salvando de esta quema a los que se declaran anarquistas) no deja de sorprenderme que para mucha gente todo lo que tenga que ver con organismos públicos y, especialmente, con hacienda genere tantos recelos y odios.

A ver, creo que todos estamos de acuerdo en que el dinero público en España se gestiona bastante mal, y no hace falta abrir mucho los ojos para ver que la mayoría de lo que se hace de forma pública suele ser más cutre y más caro que sus equivalentes privados. De hecho ese es el argumento más potente de quienes andan desmantelando muchos servicios sociales en aras de la supuesta eficacia económica. No voy a entrar a valorar esto último (de hecho con la redacción del párrafo creo que ya queda clara mi opinión).

Fotografía de unos billetes de Euro bajo luz negra

Lisérgico.

Tampoco me voy a rasgar las vestiduras con que todo lo público sea tan cutrongo. Por moverme en un terreno que conozco bien pondré de ejemplo las webs de los organismos públicos. Todos los habéis sufrido en vuestras carnes para buscar cualquier información oficial o hacer algún trámite, estoy seguro.

Es fácil darse cuenta de por qué son siempre tan jodidamente mierderas. Pensad que esas webs están hechas directamente por funcionarios o por empresas privadas subcontratadas.

  1. Los funcionarios son típicamente, y que me perdonen las excepciones, gente bastante mediocre y sin ningún aliciente ni interés por mejorar profesionalmente.
  2. Las únicas empresas privadas que se pueden permitir trabajar con la administración (asumiendo sus terribles calendarios de pagos, concursos interminables y demás burocracias) son las consultoras gigantes y, las consultoras gigantes, suelen estar compuestas típicamente, y que me perdonen las excepciones, por gente bastante mediocre y sin ningún aliciente ni interés por mejorar profesionalmente.

Así que es de cajón, la web de la AEAT nunca se va a parecer a la de una startup molonga porque la gente que trabaja en ellas, sencillamente, no da (ni quiere dar) para más. La gente brillante y motivada capaz de hacer la web de una startup molonga prefiere currar en Tuenti a hacerlo en un ministerio casposo.

Pero volvamos al tema principal. Si aceptamos que el Estado es algo necesario y, aunque veamos que el despilfarro y la falta de calidad de sus servicios tal vez sea algo estructural y que nunca podremos hacer un trámite de hacienda desde el iPad, al final a todos nos gusta que por la noche pasen unos señores a vaciarnos los cubos de basura y que vengan los bomberos cuando nuestro gato se sube a un árbol; así que, ¿por qué demonios nos molesta tanto pagar la cuenta?

Sí hombre, para que se lo quede Zapatero

Las multas son un gran ejemplo de esto. Siempre que se establecen nuevas multas (especialmente en cosas de tráfico) no tarda en aparecer gente criticando la nueva medida y, muy a menudo, su denuncia se basa en que ‘esto sólo lo hacen para recaudar’.

Y yo digo, de acuerdo, para ti la perra gorda, aceptamos que los radares de tráfico no están puestos para salvar vidas sino para recaudar y que la DGT es un hatajo de ladrones al que sólo le preocupa sacarte el dinero del bolsillo. Muy bien, ¿y qué cojones hay de malo en ello?

Hasta vería más razonable cuestionar que tenga que pagar más el que más tiene a cuestionar que tenga que pagar más el que peor se comporte.

Si damos por sentado que el Estado es algo necesario y que requiere financiación, ¿cuál es el problema de que lo financien en mayor medida los que no cumplen las normas? Para mí esto es un canal más para obtener ingresos (igual que lo son los impuestos, las loterías y demás) y considero perfectamente legítimo que si eres tan gilipollas y tan incívico como como para andar cometiendo infracciones y no cumplir con cuatro putas normas bien sencillas tengas que pagar más al conjunto.

Pero lo jodido no son los que cometen infracciones y se quejan de las multas, ni tampoco los colegas que les incitan a reclamar las multas para que se las quiten por un defecto de forma mientras se meten con los políticos corruptos; lo realmente jodido es que nos parezca socialmente aceptable la actitud de que colaborar con el conjunto es algo malo y que, cuanto menos pague cada uno, mejor.

De momento, mejor en papel

Hace aproximadamente un año se lanzó al mercado Passbook, el tinglado de Apple para distribución de entradas (cupones, billetes de transportes, etc.). En este tiempo las entradas digitales se han popularizado lo suficiente para que, incluso en España, ya puedan usarse para cosas tan variadas como subir a un tren de Renfe o entrar en la sala de un cine Kinepolis.

Desde algunos años antes, aerolíneas como Iberia ya tenían sus propias soluciones para distribuir billetes electrónicos. No eran tan refinadas y sólo valían en algunos aeropuertos, pero representaban un comienzo.

Fotografía en blanco y negro de un montón de entradas de cine

Matt.

La cosa es que, pese a que en principio la idea de tener en tu móvil una entrada y olvidarte del papel (no tienes que imprimir nada ni se te puede olvidar el ticket en casa) resulta muy atractiva (también por el indudable factor techie), en la práctica, termina presentando más inconvenientes de los que podría parecer.

Es típico en cualquier etapa inicial de adopción tecnológica, pero aún así quiero reflexionar sobre ello.

Muchas de las cosas que voy a comentar no son inherentes a la tecnología pero sí a la forma en que está implantada actualmente en la mayoría de sitios y, a fin de cuentas, en estos momentos la realidad es la que es.

Desventajas del móvil frente al papel

  1. Si el móvil se te queda sin batería se jodió el invento. Lo sé, es un argumento un poco peregrino, pero es un riesgo más, sobre todo en eventos a los que entras tras estar todo el día fuera, vuelos con escalas largas y demás situaciones en que los smartphones muestran su mayor debilidad.
  2. Mientras te validan la entrada no puedes estar atendiendo una llamada o escuchando música. Parece una chorrada, pero te corta el flow si vas solo.
  3. Sí, se podría resolver digitalmente, pero no se hace.

  4. Las entradas en papel (sobre todo en cines) suelen llevar por detrás promociones u ofertas, con la entrada en Passbook te quedas sin el 2×1 en T.G.I. Friday’s.
  5. Es muy habitual que en sitios grandes, con varias colas, las entradas digitales sólo se validen por una de las colas mientras que las de papel (que implican sólo romper un troquel) se aceptan en todas. Ir con el móvil en la mano y ver que todo el mundo con su obsoleta entrada de papel pasa a toda velocidad hace sentirse gilipollas a cualquiera.
  6. ¿Improbable?, sí, pero seguro que pasa más de lo que se podría pensar.

  7. En muchos sitios le tienes que dar el móvil al de la puerta para que lo pase por el lector (a menudo golpeando la pantalla contra un cristal). A mí, personalmente, no me gusta darle mi teléfono a un desconocido y me plantea una duda paranoica, ¿qué pasa si en el proceso de lectura de la entrada se le va tu móvil al suelo? pues ya tienes montado un plátano que con papel nunca se habría producido.
  8. Si te gusta coleccionar entradas no hay nada comparable a guardar la entrada en papel. El encanto de lo tangible es innegable.
  9. Llegado el momento, su reventa es más complicada (necesitas dar con alguien que también use Passbook, que ambos tengáis cobertura y encontrar el mail en el que te llegó la entrada original, además de la trazabilidad mutua, que en una transacción de esas características no suele ser deseada por ninguna de las dos partes).

Como veis, no mentía, muchas de las cosas que planteo son riesgos residuales o cosas que a futuro estarán resueltas pero yo esto lo veo como pedir comida a domicilio y pagar en la web en lugar de en efectivo. Sí, te ahorra tener cash en casa, pero si el pizzero aparece una hora tarde o con el pedido cambiado tú ya has pagado la comida por hacer la modernada y te tienes que poner a reclamar, mientras que si hubieras esperado a pagar en efectivo le rechazas el pedido, chapas la puerta y a otra cosa mariposa.

En el próximo pasquín os explicaré por qué es mejor viajar a caballo a hacerlo en uno de esos modernos ‘coches’.

iOS 7

Hace casi dos meses Apple presentó un avance de iOS 7, la nueva versión del sistema operativo que llevan los iPhone y iPad. Además de las típicas novedades de cada versión de este tipo de software en esta ocasión presentaron un diseño radicalmente distinto al que venían realizando desde el primer iPhone. Muchas cosas se mantienen pero, en líneas generales, todo parece bastante nuevo.

Sobre el nuevo diseño hay opiniones de todo tipo, gente que lo ama, gente que lo odia y gente que sólo detesta los nuevos iconos. Es normal con productos tan ubicuos, opiniones blancas, negras, y de infinitas tonalidades de gris.

Yo no voy a entrar a valorar el diseño general, ni si los iconos son feos o bonitos, ni si las fuentes se leen bien o no. Todas estas cuestiones estéticas y funcionales son más o menos discutibles dependiendo de los principios en los que cada uno basa sus criterios, y en eso la verdad es que no veo mucha discusión posible.

Pero sí que hay algo que es absolutamente objetivo y que quiero remarcar porque considero que sí representa un cambio de rumbo claro en la forma de plantear los productos de Apple y que, hasta ahora, no he visto a mucha gente prestar demasiada atención.

Tres capturas de iOS 7 sobre tres iPhone 5

Tres nuevas funcionalidades

Voy a centrarme en tres novedades del nuevo sistema, tres cosas que desde hacía años se podían hacer de forma similar en los iPhone con jailbreak y, por supuesto, en los teléfonos Android.

  1. Ahora es más fácil cambiar el brillo de la pantalla, activar o desactivar la Wi-Fi, el Bluetooth y demás. Estas cosas antes estaban escondidas dentro de la app de ajustes, en iOS 7 son accesibles en cualquier momento con arrastrar el dedo desde el borde inferior de la pantalla hacia dentro.
  2. Con la nueva versión cerrar apps es más sencillo, basta con pasar al nuevo modo de cambio entre apps y arrastrar la app que queramos cerrar hacia arriba. Un simple gesto y la app desaparece. Antes también se podía matar apps pero requería más pasos y un gesto más preciso.
  3. Desde iOS 7 el usuario podrá bloquear el acceso a internet de una app, es decir, que si vemos que Spotify nos funde la tarifa de datos podemos ir y quitarle la conexión directamente desde la app de ajustes. Antes se podía quitar el acceso a internet a todo el dispositivo, pero no granularmente app por app.

¡Al fin están escuchando a los usuarios!

Las tres novedades han recibido estupendas críticas, diría que unánimes, sobre todo la primera de ellas. A todo el mundo le encanta poder poner y quitar la Wi-Fi o ajustar el brillo de la pantalla para ahorrar batería y, por ello, se alegran de que Apple ahora lo ponga fácil y ya no sea necesario el jailbreak.

U Can’t Touch This

A mí, por tocar un poco las pelotas, estas novedades no sólo no me gustan sino que me decepcionan bastante. Para mí, que el iPhone, tras seis años en el mercado, te deje ahora cambiar el brillo de la pantalla y quitar la Wi-Fi tocando un botón estés dónde estés me parece una simbólica derrota de la tecnología.

Me explico. El ideal que venía siguiendo Apple es que el teléfono debía ser capaz, por su cuenta, de hacer todo lo necesario para darte el mejor servicio posible. Eso se traduce en que el brillo de la pantalla se ajuste automáticamente dependiendo de la luz ambiente o el contenido que vayas a ver, y que no sea algo que el usuario tenga que determinar de forma manual. Con la Wi-Fi es lo mismo, el sistema tendría que evaluar de forma inteligente la cantidad de batería restante y el uso que se está haciendo para determinar, internamente, si tiene o no que estar activa cierta antena.

Lo sé, esto puede sonar a ciencia ficción y, en la práctica, en las versiones anteriores todos hemos tenido que ir a subir el brillo en un determinado momento o a quitar la Wi-Fi en tal o cual ocasión.

Pero era algo raro, que estaba escondido en la cocina del sistema, algo que seguramente muchos propietarios de iPhone ni siquiera sabían hacer. En iOS 7 da un cambio de 180 grados y cobra la importancia más absoluta, está al mismo nivel que las notificaciones de las apps, es algo básico, algo que el usuario tiene que saber usar. Desde mi punto de vista es como si Siri te dijese ‘mira chico, tiro la toalla, toca el brillo cuando quieras porque yo no lo sé hacer mejor’.

El caso de cerrar las apps es exactamente lo mismo. Antes se podía pero no estaba tan a mano. Ahora, al hacerlo fácil, lo que están haciendo de forma más o menos velada es trasladarnos esa responsabilidad a los usuarios. Buscando de nuevo la analogía habladora lo que el iPhone nos dice ahora es ‘si una app te funde la batería ciérrala cuando dejes de usarla, dedica tu tiempo a decidir qué apps tienen que estar en memoria y así iré más rápido y la batería me durará más’.

Esto es algo que a poca gente le puede parecer mal. A todos nos gusta tener control sobre las cosas, hay cierto placer en sentir dominio sobre una máquina. Todos nos sentimos capacitados y ajustamos el brillo que nos gusta sabiendo el impacto que tiene en la batería, o decidimos que tal o cual app no se conecte a internet mientras estamos tirando de roaming. Sabemos lo que hacemos.

Pero no, la triste realidad es que el 99% de la gente verdaderamente no sabe lo que hace.

Somos la misma gente que se quejaba de que en el iPhone original no hubiera MMS, pensad en eso.

Sí, lo sé, la mayoría de los que estáis leyendo esto sois de los que os gusta tocar el brillo y ajustar cada cosa a la perfección. ¡A mí también me gusta! Pero nosotros no somos una muestra representativa, somos nerdazos, gente que se maneja bien con la tecnología e incluso vive de ella, pero la realidad de un producto como este, que lo tiene que poder usar cualquiera, es muy diferente.

Por lo que a mí respecta prefiero soñar con tecnología capaz de hacerme tomar cada vez menos decisiones y en la que todo se ajuste como por arte de magia que no conformarme con mejores accesos directos para seguir teniendo que tomar las decisiones por mí mismo; para eso ya teníamos Android.

No toda publicidad es buena

Metro de Madrid ha anunciado un acuerdo con Vodafone para, durante tres años, patrocinar la línea 2 de Metro (es roja) y la estación de Sol (la más céntrica de la red).

No voy a cuestionar que Metro de Madrid se financie de esta manera, al fin y al cabo tratar de racionalizar las decisiones de los políticos suele llevar rápidamente a callejones sin salida. Así que voy a centrarme en el lado de Vodafone, una empresa que opera más o menos en el libre mercado.

A ver, no voy pasarme de listo, doy por hecho que una decisión de esta magnitud se toma con muchos argumentos detrás (sospecho que el millón de euros al año acordados serán una ganga para la cantidad de impactos que van a generar) y por gente cualificada en la materia (y no un blogger rosa del tres al cuarto); Vodafone no ha llegado a ser lo que es tomando malas decisiones.

Pero como usuario del Metro no puedo dejar de plantearme si este caso concreto de publicidad perjudica más de lo que beneficia.

Fotografía de un banco vacío en una estación de Metro de Madrid

Me explico. Con lo poco que han enseñado ya se puede observar que la implementación es nefasta. En lugar de crear nuevos espacios de publicidad (la funda de los títulos de transporte sería un lugar perfecto, como hizo IKEA en Londres durante años) lo que han hecho es meter el logo de Vodafone con calzador en el sistema de señalización, corrompiendo el uso del color y mezclando sin ninguna vergüenza la información con la publicidad.

Es sólo un estacazo más al sistema señalético del Metro, que tiene ya más de 30 años y ha aguantado a la perfección pese al abandono y las inconsistencias provocadas por el plano de 2007 y demás despropósitos. Pero ojo, que toquen la estructura de señalización de un transporte no es algo que me ofenda sólo desde un plano formal (que también) sino que estoy convencido de que estos cambios van a generar dudas y desconcierto en los viajeros (sobre todo los turistas).

Y si, como han dejado entrever, hacen la misma jugada con futuros patrocinadores, sugiero que infa.me patrocine la línea 8.

No es algo que vayáis a leer en los periódicos pero este tipo de cosas (que en un sistema en que las líneas se identifican por la combinación de [color + número] de pronto haya una que se identifique por un [logo + palabra + color + número] y que, además, la palabra sea la misma que identifica a una estación que, no sólo está presente en la línea del mismo nombre sino que también lo está en dos más y a su vez tenga correspondencia con la red de Cercanías, en la que la estación se seguirá llamando de otra forma) al final producen frustración, y frustración no es el típico valor con el que una marca intente relacionarse.

La segunda parte es un poquito más amplia, ¿por qué nadie querría asociar su imagen con el Metro de Madrid? El Metro es el medio de transporte del populacho, hervidero de gente poco aseada y terreno de juego de los carteristas. Por echar más leña al fuego, en los últimos años la imagen del Metro ha ido cayendo en picado por la degradación del servicio, el aumento de las tarifas y las ridículas campañas de autopublicidad. Y, para colmo, precisamente el suburbano es uno de los lugares en los que los teléfonos móviles no funcionan muy allá. De verdad, no se me ocurre algo peor para patrocinar.

Lluvia dorada

¿Sabíais que en la vejiga cabe en torno a medio litro? La universidad de la calle, hermano.

Hace unos días estaba en la T4 del aeropuerto de Barajas (cual entrepreneur de las internets) y sentí la llamada de la naturaleza por parte de mi vejiga. Me acerqué a uno de los urinarios de pared de los impecables aseos (daría para otro post preguntarse si la T4 está más limpia porque es la que usan las aerolíneas buenas o si es que los pasajeros de estas aerolíneas son más cuidadosos y conservan mejor las cosas) y, cuando me encontraba en plena micción observé algo perturbador (la narración es un poquito escatológica, aviso).

Si, como yo, sufres el síndrome de la vejiga vergonzosa es todavía más incómodo.

Imaginad la situación (sobre todo las lectoras, que no estáis acostumbradas al asunto), estás ahí, con tu inseparable amiga cogida entre las manos en una de esas situaciones de vulnerabilidad de la vida cotidiana. Intentando no pegarte demasiado a la porcelana para no llegar a rozarla ni con un átomo, pero a la vez acercándote todo lo posible para evitar dejar desprotegido un lateral, impidiendo así que el primero que pase te pueda ver la minga.

Al momento nace la magia, empieza a fluir la orina y en décimas de segundo ajustas el vector de salida para tratar de minimizar la salpicadura contra el urinario. Normalmente la chapita del desagüe empieza a acumular espuma cual rompeolas en marea alta y ahí la reacción natural, ya con la intervención encarrilada, es mirar para otro lado justo en el momento en el que, por pura convección, el olor de tu descarga (y de las de los anteriores) se eleva hacia tus fosas nasales.

Aquí una foto de la prueba.

Pero, un momento, has pasado algo por alto, ¡la chapa del desagüe del urinario tiene troquelado el logotipo de Aena!

Ya de entrada, que empresas de infraestructuras (como Aena o Adif) intenten exponer su marca hacia el público general me parece ridículo y creo que sólo añade confusión a los usuarios (a nadie le importa un carajo que la estación o el aeropuerto los gestione tal o cual entidad, especialmente cuando no hay alternativas). Pero ni siquiera hace falta llevar el debate tan lejos, ¿en qué coño estaban pensando cuando decidieron meter el logotipo ahí?

Colar publicidad de algo serio en un cuarto de baño ya me parece desafortunado a no ser que se busque un enfoque transgresor, pero hacerlo precisamente en el lugar por el que se cuelan las orinas espumosas es de juzgado de guardia, especialmente penoso si se piensa que la absurda personalización debió sumar otro piquito al presupuesto de la T4 (que fue cinco veces superior al inicial). En serio, ¿qué marca querría algo así?, sería como poner la cara del Coronel Sanders en el papel higiénico con el que se limpian el culo los clientes de los baños del KFC. No es buena idea.

Los topicazos de que es bueno que hablen de ti aunque sea para mal, que toda publicidad es beneficiosa, y que la notoriedad permanece aunque sea a partir de una crítica no me valen. Sé que hay estadísticas que lo defienden pero, como en tantas cosas, yo antepongo el sentido común. Pon tu logo en los desagües y obtendrás muchos impactos, sí, pero de pises. Corrompe con tu marca las señales de un transporte público y ya sabes lo que obtendrás cuando la gente se equivoque de estación.

A favor de los desahucios

Por lo general, no creo que uno necesite haber vivido algo para poder dar su opinión sobre ello, ni siquiera que eso lo haga necesariamente más autorizado sobre un tema. Pero, pese a ello, y por evitar suspicacias quiero abrir este post contándoos que en 1991, cuando yo tenía 7 años, el Banco Pastor embargó la casa de mis padres por impago y nos echaron a la puta calle con todas las de la ley.

Es flipante las películas que se monta uno de niño.

Por aquel entonces yo no tenía mucha idea de lo que estaba pasando pero recuerdo como si fuera ayer a mis hermanos embalando cajas de cartón a toda velocidad. En concreto no se me olvidarán unas alargadas que habían recogido de la calle y que estaban impresas con unos símbolos chinos metidos en un círculo, en tinta roja. Las cajas esas le daban a la mudanza (la primera de mi vida) una sensación de incertidumbre acojonante, como si nuestras cosas fueran a terminar en un puerto de Hong Kong en una noche de lluvia.

La sensación de hogar que tenía en aquella primera casa, la que perdimos, no la recuperé hasta que me independicé.

Nos mudamos a un cuchitril de alquiler, luego a otro y al final, años después, terminamos en casa de mi abuela tras su fallecimiento. El banco subastó ‘nuestro’ piso y, por suerte, se vendió por lo suficiente para cancelar la deuda; pero fue de puta chiripa, de hecho sobraron unas 700.000 pesetas (4.000 euros) que nos ingresaron años más tarde, cuando ya habíamos conseguido salir adelante a duras penas.

Es duro y, pese a todo, estoy a favor de los desahucios.

Fotografía de una tarjeta de propiedad (Paseo del Prado) del Monopoly

Mi casa es tu casa

Pensaréis que estoy loco o que soy un desalmado que desea que otra gente tenga que sufrir lo que mi familia sufrió. Pero no, no es eso, es sólo que creo en la responsabilidad financiera.

No creo que alguien que no puede hacer frente a una hipoteca sea necesariamente un irresponsable, ni mucho menos. Cada cual tiene sus circunstancias y, al igual que hay muchos que se metieron a pisos exageradamente caros sin dos dedos de frente y que se ‘merecen’ todo lo que les pasa, hay otras muchas familias que sufren desgracias personales que verdaderamente les impiden afrontar las letras del piso. Que se jodan en la calle, ¿no?

Pues no, pienso que el Estado debería proveer de un alojamiento básico y digno a las familias e individuos que no tengan medios para arreglarse por su cuenta (igual que provee educación y sanidad). Pero lo que no tiene ningún sentido es permitir que alguien pida un dinero para comprarse un bien, no pueda pagarlo, y siga disfrutando del bien como si tal cosa. Algo tan sencillo es lo que sustenta todo el sistema de crédito, si los bancos no tienen mecanismos para garantizarse el cobro de la pasta que prestan entonces no prestarían. Tiene su triste guasa que la misma gente que pretende que los bancos se coman los pufos luego se quejan de la prima de riesgo, que es precisamente eso, la incertidumbre del pago de una deuda, en este caso, de un país entero.

La dación en pago (retroactiva, por supuesto) es otra de las cosas que me escandaliza cada vez que la veo entre las exigencias de las plataformas ciudadanas. Ya di mi opinión sobre ello, la dación en pago estaba ahí para quien la desease contratar, pero lo que no se puede hacer es pretender contratar el seguro de vida después de que te diagnostiquen una enfermedad terminal. Es de puro sentido común.

Lo vieron aquí primero

Precisamente cuando todos están participados por bancos.

Lo peor de todo esto, o bueno, no lo peor, pero sí una cosa que me jode enormemente, es ver a los medios de comunicación aprovechándose de este drama para posicionarse contra los desahucios. Envenenando diariamente a sus espectadores con historias de ejecuciones de embargos; el caso de Antena 3 es especialmente sangrante.

Sorprendentemente los medios no dedican ni un puto minuto a informar sobre las responsabilidades financieras, sobre los porqués que se encuentran tras un embargo. Al parecer nadie se preocupa de cómo una familia llega a perder un piso, qué sucede antes, qué pasos se pueden dar para tratar de pagar la deuda antes de quedarse tirados.

No veo a nadie proponer alternativas al horrible desamparo del desahucio. Tal vez podían haber aprovechado una habitación para alquilar antes de que fuera demasiado tarde, tal vez podrían haber alquilado el piso entero y haberse ido a otro más barato, tal vez podrían haber vendido la tele nueva y con ello haber pagado una mensualidad más. Que pena da esa familia que lleva dos años en paro y que tienen que mantener a un par de críos y en que la madre está embarazada de 3 meses, pero al parecer nadie se plantea qué cojones hace un matrimonio en paro y sin ahorros con un bebé en camino. Sería una locura pensar que el Estado bien podría retirar la custodia de esos hijos a una pareja de inconscientes sin planificación familiar alguna, así que igualmente es una locura retirarles ‘su’ casa.

No, es mucho mejor sacar pecho y decir que la casa es propiedad de uno desde que la firma, y que luego deba un dineral a un banco es lo de menos, son solo números y los banqueros son unos ladrones. Ya pagaremos más adelante.

Al final los desahucios acaban siendo una minoría (la mayoría de la gente abandona las casas voluntariamente cuando les embargan, como hicimos nosotros en el 91) y hasta la Unión Europea parece haber certificado que el mecanismo que se usa en España es ilegal, pero el problema de base va a continuar, el sentimiento generalizado de que los culpables de todo son los bancos y que en un contrato bilateral la responsabilidad la tiene cualquiera menos el individuo (más allá de que el Estado tendría que haber regulado que no se regalasen los créditos hipotecarios).

Bancos, aseguradoras y taxistas, mis archienemigos.

No soy el más indicado para defender a la banca, ya que es uno de esos negocios que siempre he odiado, pero lo que no es de recibo es reírle las gracias al banco cuando nos afloja la pasta pero luego indignarnos cuando nos la pide de vuelta. Es como si las constructoras de la época previa a la burbuja exigieran a los propietarios que vendieron las casas de segunda mano por mucho más de lo que las habían comprado la plusvalía que eso les generó (os acordais, ¿no?). Al fin y al cabo es lo mismo, el precio ha cambiado respecto a lo que se tasó, así que bien podríamos cambiar las reglas del juego con carácter retroactivo. Ah no, para esto mejor no.

Supongo que todo seguirá como hasta ahora, o tal vez se paralicen los desahucios hasta que se recupere la economía, no lo sé. Pero tened claro que esos pisos al final se van a pagar (por que, de hecho, ya se pagaron), sea con el dinero público del rescate o sea en forma de peores condiciones para los que contratan hipotecas hoy pero el dinero saldrá de alguna parte. Y, sinceramente, me parecería una derrota importante que entre todos acabemos asumiendo los gastos de que un montón de familias escogieran su vivienda en el libre mercado (nadie se mete tampoco en evaluar si la gente merecía lo que estaba comprando con dinero de Monopoly) para que se las puedan quedar sin mayor problema.

Cáguela usted todo lo que quiera, su vida seguirá igual.

Alojamiento provisto por el Estado para quien no tenga otra opción (hasta que la tenga), sí, pero no en el mismo piso que no han podido pagar. Si no, estaremos extendiendo a los ciudadanos la misma exención de responsabilidad que se le ha dado a las cajas de ahorros y que tanto se critica.

1 Second Everyday

Hace ya casi dos meses que vengo utilizando una app en el teléfono llamada 1 Second Everyday. Vale para crear vídeos montados a partir de fragmentitos diarios de un segundo cada uno.

El tema nació en Kickstarter, ya sabéis, uno de esos proyectos de crowdfunding con los que lo mismo te hacen una videoconsola que una colección de cuadros.

Como buena charla TED incluye un episodio malrollero de enfermedad.

Había visto la charla TED en la que el creador contaba su idea y, ahora que estoy haciendo lo mismo que él, os puedo asegurar que lo que cuenta es completamente cierto. Un solo segundo es suficiente para recordar con exactitud muchas de las cosas vividas en un día pasado.

La cosa es que se me hace curioso que una app como esta me esté gustando tanto, por varios motivos.

GIF animado de mi reloj gaylord marcando un segundo

Misma hora, mismo lugar

Un helado de vainilla, por favor.

Me explico, yo soy un tío muy rutinario, lo sé y me gusta. Encuentro confort y seguridad haciendo siempre más o menos el mismo tipo de cosas. Y son cosas de lo más mundanas. No hago windsurf, ni conduzco por carreteras de costa en un descapotable en el atardecer, ni frecuento fiestas de desparrame con luces azuladas y bellas modelos con vestidos playeros.

Pero igual es precisamente por ese motivo por el que me gusta tanto esta app, porque me permite capturar la individualidad de días que, sobre el papel, se deberían de parecer mucho unos a otros. Da igual lo que sea, desde como gotea un grifo de la oficina hasta una sonrisa de mi chica ante la bobada de turno que le haya soltado. En definitiva, hace que cada día valga un poquito más a costa de hacer que te fijes en algún pequeño detalle.

¡Y acción!

Otra cosa que me gusta es que me ha hecho descubrir la belleza del vídeo. Hasta hace bien poco yo era de los que despotricaba de la gente que usaba las cámaras de los móviles (por lo mierdosas que eran) y ahora me sorprendo grabando pequeños clips de vídeo de las cosas más chorras, y me gusta. Además el hecho de que cada clip dure sólo un segundo simplifica mucho la labor artística del asunto, da igual que la composición no sea perfecta o que te tiemble un poco el pulso porque, antes de que te des cuenta, el segundo ya habrá pasado.

Ey, todos, mirad como molo

La tercera cosa que me mola es que, al menos el uso que yo le estoy dando, es exclusivamente personal. Si os fijáis la mayoría de apps de fotografía y vídeo van orientadas a compartir las capturas por las internets (Instagram, Vine, etc.). En este caso me gusta que, lo que en cierto modo es un diario de mi vida, sea sólo mío y no un instrumento más de exhibicionismo. Es decir, esta aplicación hace que la finalidad de grabar un vídeo sea el propio vídeo y no que te rían la gracia en Twitter.

Fuera del cajón

Y la última cosa que me encanta de la app es que facilita enormemente revisitar tus recuerdos. Si voy a mi colección de fotografías encuentro miles y miles de fotos que apenas he visto desde el momento en que las volqué de la cámara al ordenador, en cambio con esta app prácticamente cada semana le doy un vistazo al vídeo acumulado. Me fijo en esto y aquello y me ayuda a recordar y a tener mucha mayor percepción del paso del tiempo.

Y esto último tiene su miga porque en los últimos tiempos vengo notando que el tiempo vuela cada vez más. A ver, es lógico en tanto a que un año cada vez representa una parte más pequeña de mi vida, pero no por ello deja de acojonar un poco.

De momento es sólo para iPhone.
¿Tienes un Android? Te jodes, por pobre.

Así que, nada más, haced caso a vuestro guía espiritual, gurú favorito y buen amigo Hugo y comprad 1 Second Everyday. Ah, y pagad por WhatsApp hostia, que sois más cutres que yo, y ya es decir.

Atención al cliente 101

Durante algo más de un año trabajé como diseñador en una startup dedicada principalmente a la venta de entradas a través de internet. Me refiero a una startup de verdad (no como esa gente que llama startup a cualquier chiringuito recién abierto del mismo modo que mi madre llama ‘ciencia ficción’ a cualquier película de ficción).

Allí, sin dedicarme a ello, aprendí una de las cosas más obvias de la atención al cliente y es que, un cliente mosqueado (con razón) es una oportunidad perfecta para enrolar un nuevo embajador de tu negocio (algo especialmente importante en cosas online, donde las opiniones, sobre todo las malas, vuelan).

Fotograma de la peli Un día de furia, justo cuando Michael Douglas está a punto de liarla parda en la mítica escena de la hamburguesería

Imagino que habrá mucho escrito sobre esto pero, en mi propia experiencia, creo que todo se acaba reduciendo a una cuestión de sentido común y de mostrar un mínimo de empatía con la persona que tienes al otro lado.

Lo paradójico es que si el servicio hubiera funcionado bien desde el primer momento probablemente no hubiera contado nada a nadie.

En el caso de esta empresa vi la misma película en varias ocasiones, alguien quejándose (muy a menudo en Twitter, Facebook y demás mierdas) de un problema con el servicio y, tras darle atención y solucionar su problema, esa misma persona empieza a hablar maravillas a sus amigos sobre la empresa y su excelente atención al cliente.

Europcar

Sí, los que me seguís en Twitter ya sabéis de qué voy a hablar. El verano pasado alquilé un coche una semana en vacaciones, devolví el coche perfectamente y a la vuelta encontré un cargo de 50 euros de un seguro que, según ellos, yo había contratado.

Contacté con el servicio de atención al cliente y tras idas y venidas de correos electrónicos (de esos que te tardan una semana en responder) se negaron a devolverme el dinero. Se me hincharon las pelotas por haber tirado semanas lidiando con algo que se tendría que haber resuelto en una llamada de cinco minutos y monté una paginita en la que denuncié públicamente lo que estaba pasando. La historia se movió bien por las internets y al final me devolvieron la pasta, no sin que antes un par de miles de personas leyeran toda la movida, con el consiguiente daño de la marca (con toda seguridad muy superior a los 50 euros de marras) en algo que ni siquiera tenía nada que ver con el servicio del alquiler de vehículos en sí mismo.

FailStore

Últimamente estoy monotema, eh?

Todo esto viene a colación de Sayonara. Veréis, hace ya casi tres meses que lanzamos la app y en ese tiempo hemos tenido que lidiar con un par de cagadas que, humildemente, creo que hemos gestionado razonablemente bien. Por dar algo de contexto sin meterme en temas técnicos os diré que las cagadas hacían básicamente que algunos usuarios, tras haber comprado la app, no la pudieran llegar a usar. Inaceptable.

Algo fácil de solucionar en ambos casos pero que, debido a que Apple ‘revisa’ cada actualización nueva nos obligó a un retraso de una semana entre el problema y la solución. Además nos pilló la Navidad de por medio, unas fechas en las que Apple cierra el proceso de actualizaciones temporalmente. Por hacer un paralelismo cutrongo, es como si tienes un restaurante en el que la gente se queja del sabor de los platos, cambias la receta inmediatamente para hacer platos nuevos y aún así tuvieras que esperar una semana para poder servirlos. Es bastante frustrante.

Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a pasar

Lo único que podíamos hacer era atender a los clientes afectados y esperar a la actualización. Pero, ¿qué es atender a un cliente afectado?, pues en un caso de estos yo lo tengo claro, todo se reduce a cinco cosas bien sencillitas.

  1. Respetar al cliente. No tanto en la forma como en el fondo, es decir, de nada vale dar un trato exquisito y desatender la reclamación de alguien que ha confiado en ti, eso sí, hablándole mucho de usted. No, a nosotros, nos conmueve verdaderamente que cualquiera se anime a gastar su dinero para tener nuestra app y es algo que consideramos los cimientos de la relación.
  2. Contestar rápido. En nuestro caso lo que hicimos fue responder cada noche antes de acostarnos con lo que, creo, nadie tuvo que esperar más de 24 horas a recibir respuesta. Además, y esto es una suerte nuestra, curramos uno en España y otro en USA, de modo que con nuestro tiempo libre cubrimos una muy buena parte de las horas del día.
  3. Pedir disculpas y asumir la responsabilidad de forma sincera. Nada del típico ‘sentimos que estés experimentando problemas’ que parece que la culpa fuera del cliente. No, nosotros lo que decimos es ‘sabemos lo frustrante que es comprar algo y que no funcione como debería, te pedimos disculpas por ello’. Y tampoco nos hicimos los longuis en público, es mejor reconocer un patinazo motu proprio que esperar a que otros te pongan colorados. Incluso pusimos una advertencia en la descripción de la app para que antes de comprar se tuviese en cuenta que había un bug aún sin resolver.
  4. Explicar lo sucedido y anticipar la solución. Esto es algo que a mucha gente puede darle igual pero que otros muchos agradecen. Es simplemente decir ‘mira, la hemos cagado en esto y esto y en tu caso la app está fallando por tal motivo. Lo tenemos corregido en la siguiente versión pero tardará unos días en estar disponible’.
  5. Proponer la devolución íntegra del dinero como alternativa instantánea. Es tan de cajón que resulta flipante que no sea una práctica habitual. A todos los clientes afectados por estos problemas les propusimos la devolución inmediata de sus 1,79 euros en caso de que no quisieran esperar a la actualización. Es lógico, tú has comprado una app hoy y esperas que funcione hoy, no dentro de una semana, así que si no quieres esperar toma tu pasta de vuelta y acepta nuestras disculpas por haberte hecho perder el tiempo con una app que no ha funcionado.

El resultado de esta filosofía nos dio la razón y, si la jodemos nuevamente en el futuro, volveremos a actuar de la misma forma.

Las reviews recibidas son espectaculares, con una media de 4,5 sobre 5.

A ver, es cierto que tenemos un número de usuarios muy comedido (probablemente más pequeño en conjunto que lo que pueda recibir la Movistar de turno en un solo minuto) y que muchos de ellos nos conocen personalmente o son del grupo de amiguetes internetero y eso hace que sean más amistosos y tolerantes al fallo y menos ‘clientes’, pero no deja de ser curioso que absolutamente todos los usuarios con problemas han terminado satisfechos con la app. Muchos de ellos hasta el punto de dejarnos reseñas de cinco estrellas en iTunes y de recomendar la app a sus followers en Twitter, exactamente igual que os contaba al comienzo.

Ah, un dato curioso, de todas las personas a las que ofrecimos la devolución del importe de la app, ¿cuántas diríais que lo aceptaron?

Cero.

Vindobona

Hace unos dos meses comencé con un ex compañero de trabajo una mini aventura, una de esas de las que ya os he hablado alguna vez. La idea era crear una app de iPhone que te avisase cuando alguien te dejase de seguir en Twitter. Sencillo.

Nuestros objetivos eran múltiples, por un lado volver a trabajar juntos, por otro sentir el placer de hacer algo absolutamente a nuestra medida y, obviamente, la remota (pero siempre atractiva) posibilidad de ganar algo de pasta con la que costearnos la cocaína, las prostitutas de semi lujo y los discos de La Oreja de Van Gogh.

He hecho bastante spam en mi Twitter, pero os lo dejo aquí también para joder un poco más.

El resultado de ello es Sayonara, una app que por 1,79 euros te manda una notificación cada vez que espantas a un follower de Twitter. Acto seguido te deja ver el perfil del pollo y te pone a mano unos botones para twittear, bloquear o incluso devolver el favor (en caso de que fueras follower del traidor).

Sayonara para iPhone, te avisa cuando pierdes un follower en Twitter

Pero no os voy a hablar más de la app sino de una cosa que, en esta ocasión, creo que he sabido manejar bien. La cuestión, que puede parecer irrelevante, es que no hablé a prácticamente nadie sobre la existencia de Sayonara hasta que la app superó el punto de no retorno en el desarrollo (donde ya se podía enseñar algo funcional y empezar a probar con beta testers).

No, no era una cuestión de proteger nuestro tesoro, ni mucho menos, de hecho está demostrado que las ideas son algo flotante y que lo mismo que se te ocurre a ti se le ha ocurrido el día antes a un canadiense mientras tiraba de la cadena del váter tras facturar un kebab que le había sentado mal en la cena del día anterior. Y más en algo tan sencillo como esto, que una vez publicado cualquiera puede replicar tanto en idea como en diseño final sin mayor problema.

El motivo de no contar nada sobre lo que me traía entre manos se debió a algo que me ronda la cabeza desde hace un tiempo. Hay un dicho que reza que no es buen plan vender la piel del oso antes de cazarlo, pues bien, yo creo que pasa igual con las ideas y su materialización práctica. En buena parte debo la creencia a esta charla TED de Derek Sivers (también autor, por cierto, de este otro clasicazo).

Lo de contar el deseo que has pedido al soplar las velas tiene más sentido de lo que podría parecer.

Por si ahora mismo estáis perdiendo el tiempo en el trabajo y no podéis ver el vídeo os lo resumo. Lo que el tal Derek viene a explicar es que está demostrado que contar a los demás tus metas hace que sea más difícil que llegues a alcanzarlas. Al parecer, que la gente te felicite o halague por algo que ni siquiera has hecho es contraproducente para que lo llegues a hacer. Y doy fe de ello.

Mi blog es un buen ejemplo. No creeríais la cantidad de borradores de entradas que tengo a medio escribir y como muchas de ellas se han quedado por el camino tras hablar de su existencia con alguien. Es curioso, al comentar una idea de viva voz la necesidad de seguir dejándola por escrito se diluye en un momento, como si al verbalizarla en público ya hubieras cumplido con tu parte del trato. Paralelamente, al haber dicho que estabas escribiendo te creas una presión que no tenías antes y que dificulta continuar.

Supongo que esto es algo muy personal y cada persona lo gestiona de una manera, incluso dependiendo del momento, pero yo lo tengo claro. No os enteraréis de lo próximo que vaya a hacer hasta que lo haya hecho (como una discreta ventosidad de ascensor y no como el típico eructo de 90 decibelios de restaurante con Coca-Cola refill).

Ah, y por si os estabais preguntando de dónde me había sacado el título del post, os dejo esta cita de la peli Gladiator:

Una vez hubo un sueño llamado Roma. Sólo podías susurrarlo, a nada que levantaras la voz se desvanecía; tal era su fragilidad.