Escuchando los silencios

Hay un tema de la opinión pública que desde hace algunos años me molesta horrores, además es un tema que veo cada vez más. Una injusticia que se repite impunemente en las conversaciones de bar y los streams de Twitter. Pero es una injusticia que no pienso defender en público.

Sé que sólo mencionar el tema en cuestión me haría perder la batalla, instantáneamente.

El bueno de Forrest Gump dando un speech de puta madre sin darse cuenta de que los micrófonos se han desconectado y nadie le está escuchando

Y es que es uno de esos pocos temas, tan delicados, que con sólo decir una palabra te pones en una situación muy comprometida. Las justificaciones que tendría que dar no cabrían en un tweet, ni en dos, y no estoy por la labor. He visto a demasiada gente desangrarse en las trincheras.

No, no es el ‘gracias Steve Jobs’.

Y por eso no lo voy a hacer, y no lo voy a hacer porque he aprendido de Rajoy y Apple.

La segunda, ya tal

Seguro que todos recordáis el infame episodio en el que Mariano Rajoy evadió la segunda parte de una pregunta doble añadiendo un ridículo ‘la segunda, ya tal’ delante de su primera respuesta.

Algo verdaderamente vergonzoso en un cargo público, más aún en el caso de un presidente de gobierno, más aún durante una rueda de prensa y más aún a las luces de un caso de corrupción. Pero de todo se puede aprender.

Si preguntamos hoy por la calle estoy seguro de que mucha gente se acordará de lo de ‘la segunda, ya tal’. Otros muchos ya habrán olvidado las palabras concretas y dirán ‘lo otro, ya tal’. Pero la inmensa mayoría no se acordará de cual era concretamente la pregunta o acusación que le habían hecho. Sí, ‘algo de Bárcenas’ o ‘lo de los SMS aquellos’ nos dirán los más puestos en política. La noticia era que Bárcenas había entrado en prisión, y la pregunta era si el encarcelamiento le parecía una noticia positiva para la ciudadanía.

No leo muchas noticias de España últimamente, pero cada vez que lo hago se me caen las pelotas.

La dura realidad, brillante desde un punto de vista de comunicación, es que ya casi nadie se acuerda de que el presidente del gobierno tuvo en plantilla y se cruzó mensajes de ánimo con este hombre. Sí, su popularidad está bajo mínimos pero ahí sigue. Y además, aparentemente, hay temas más importantes con los que rasgarse las vestiduras.

Peekabo

Me niego a andar poniendo la manzanita de  Watch cada vez.

Algo parecido anda haciendo Apple con su dichoso Watch. Los tíos se están cuidando mucho en no decir que el Watch es un ‘smartwatch’. Puede parecer una tontería, pero hacerlo (como sí hacen en las notas de prensa cuando dicen que el iPhone es un smartphone) sería reconocer que el peluco con apps es una categoría de producto ya existente y a la que ellos han llegado tarde.

En unos meses sacarán el ridículamente gordo reloj al mercado, harán su clásico rodillo marketiniano y lo venderán como pan caliente, a mí el primero. Y probablemente nadie se acuerde de que había smartwatches en el mercado desde 2013.

Con estos dos ejemplos tan lamentablemente enlazados sólo pretendo resaltar la importancia de tratar de prestar atención a los silencios y a las omisiones para llegar a muchas de las verdades que quedan colgando por ahí.

No, no es nada espiritual, esto no va de frases de ‘Es mejor permanecer callado y parecer tonto’ ni basura de ese estilo, hablo de puro pragmatismo, hablo de atender a lo que la gente no dice. No llevo mucho tiempo haciéndolo pero ya he descubierto que es una herramienta de gran utilidad. A lo mejor es obvio y yo era el único empanado de la sala, pero bueno, yo aquí os lo dejo por si a alguien le vale.

BOKAKONSON

Mi suegro tiene la encantadora costumbre de hacerme buenos regalos. No regalos ordinarios que cualquiera podría comprar en cualquier comercio sino cosas chulas e inesperadas, joyas perdidas como la que me ocupa hoy, un fantástico librito titulado El humor azul de JoRCoN.

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El humor azul de JoRCoN es un librito de chistes de 1984 autoeditado por su autor, el tal José Ramón Coredo Novo. Pionero en el uso cani de mayúsculas y minúsculas, que alcanzaría su máxima expresión en los primeros años de MSN Messenger.

Término que en el momento de escribir este post no aparece ni una sola vez en Google.

Los chistes en sí mismos son lamentables, malos y sosos a partes iguales, pero la genialidad reside en sus páginas pares, donde el tipo desarrolla y da nombre al BOKAKONSON, un abecedario reducido completado con una propuesta de grafía al estilo Palm, o sea, sin levantar la punta del lápiz del papel.

El ejercicio en sí mismo no pasa de anecdótico pero me chifla la idea de un tío graciosete que se autoedita un libro de chistes y, por aprovechar el papel, se marca una innovación en alfabetos y grafemas. No es tan distinto al que tiene un blog de cachondeo y de cuando en cuando cuela algo en serio, es verdaderamente delicioso; y pensar que en el mismo año en que yo nací este hombre ya andaba por ahí publicando sus mierdas me hace sonrojarme aún más con toda aquella pamplina de ‘la revolución de los blogs’ de la que ya nadie habla.

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Dándole vueltas a este caso y tratando de imaginar como sería este hombre y a qué se dedicaría en la vida me ha hecho darme aún más cuenta del respeto que tengo hacia la gente que se atreve a ‘hacer cosas’. En un panorama internetero que desde hace ya años dirige toda la atención hacia las acciones de mínimo esfuerzo y recompensa inmediata (favoritear un tweet, dar like en una foto de Facebook, agregar a fulanito en LinkedIn) me mola reflexionar sobre dónde está el verdadero valor de las cosas, si en la creación o en la difusión de las creaciones de otros.

Yo lo tengo claro y no me cabe la menor duda de que, hoy, JoRCoN estaría ya desarrollando un teclado para móvil con su bizarro BOKAKONSON.

Deshaciéndome de cosas

En cuestión de días estaré de mudanza, uno de esos trámites de la vida que según uno pasa se promete no volver a tener que sufrir.

A no ser que estés dispuesto a gastarte la pasta en contratar una mudanza completa, en que unos tíos vienen a tu casa y hacen las cajas por ti, el trajín de empaquetar toda tu vida en cuadriculadas cajas de cartón no te lo quita nadie. Días raros, de esos en que está todo por el medio, que la luz se refleja de manera diferente por los muebles que ya no están y la acústica de las habitaciones cambia produciendo ecos inesperados. Días en que la nevera está prácticamente vacía y se repite esa sensación constante de que te estás olvidando de algo.

Fotografía de unas piezas de LEGO de colores

Alan Chia.

El caso es que en esta ocasión, empujado más por la necesidad que por la voluntad me he propuesto deshacerme de una buena parte de mis bienes superfluos, a fin de minimizar la cantidad de cosas a transportar y, nunca lo habría dicho, está siendo muy refrescante.

Sólo un ejemplo

Hubo épocas en que compraba un juego prácticamente cada semana.

Una de las joyas de mi patrimonio (por llamarlo de alguna manera) es mi colección de videojuegos de PS3, amasada a lo largo de años y con un volumen de más de sesenta títulos. Una estantería de IKEA enterita hasta los topes en un canto al síndrome de Peter Pan que hace las delicias de mis sobrinos y que calculo, grosso modo, me ha debido de costar entre 1200 y 1500 euros. No es mucho, comparado con según que hobbies.

El caso es que tras calcular el coste de llevármela a mi nuevo hogar me he animado a liquidarla (aupado por la cantidad de cosas que ya había estado vendiendo desde hace días, discos duros viejos, teléfonos móviles obsoletos, experimentos fallidos y demás). He separado los pocos juegos que verdaderamente pienso rejugar y he puesto el resto en venta. Es extraño, pero a medida que he ido colocando juegos y recuperando parte de la inversión (aspiro a ingresar una tercera parte de lo gastado) he podido sentir un intenso alivio en múltiples planos, de ahí este post.

Por un lado el alivio de obtener ‘dinero gratis’, que es algo bastante molón, además con los pagos en efectivo la sensación de la pasta en la mano es un estímulo muy potente que los que cobramos por transferencia no estamos acostumbrados a sentir. Por otro lado el alivio de saber que estoy simplificando mi mudanza considerablemente y que cada juego que vendo es menos espacio ocupado desde el día uno en mi nueva morada. Pero, sobre todo, el alivio más potente es el de sentir que estoy aligerando la mochila con la que me manejo por el mundo.

Lo he visto varias veces en distintas personas y es un patrón que no falla, la gente más interesante que conozco, casualmente, es capaz de hacer una mudanza con dos maletas y un taxi. Venden una Xbox o un juego de cacerolas que les estorbaba y ya están listos para empezar de nuevo en otro sitio, ligeros como plumas y sin preocuparse de si mudar un sofá EKTORP a 1500 Km. sale más caro que comprarlo de nuevo en destino. Me parece digno de admiración.

Si eres esa tía no te me ofendas con el estereotipo, ¡eres feliz!

Ojo, no es que ahora vaya de zen ni ninguna de esas mierdas de tía cuarentona que hace yoga, lleva el pelo corto y teñido de rojo y prefiere un buen libro a un buen revolcón. Si tuviera pasta ilimitada me encantaría comprar millones de cosas y tener espacio para meterlas pero como no es el caso creo puedo resolver mejor el puzzle con las piezas que ya tengo sobre la mesa.

No sé, hasta ahora siempre me había sentido muy seguro de mi modelo de vida y mi forma de comprar según que cosas pero todo este proceso me está agitando una serie de cimientos que, en la puerta de los 30, me dan una extraña sensación de inercia que me resulta de lo más llevadera. Por un lado me gusta comprobar que las cosas no son necesariamente como yo pensaba, o que mis criterios personales han cambiado con los años que llevo viviendo por mi cuenta, y eso creo que es bueno.

Me mola ver que según el momento puedo adaptarme a lo que me pide el cuerpo y los planes de futuro, aunque por el camino tenga que decir adiós a un buen puñado de derrapes, saltos, disparos, goles, castillos conquistados y mundos liberados de las garras de malvados jefes finales.

Renunciar a algunos sueños

Cuando era chaval soñaba con pilotar aviones. Creo que es algo que a todos (especialmente a los chicos) nos atrae en algún momento. Los aviones son máquinas fascinantes, de las más complejas que existen y, creo que estaremos de acuerdo, la promesa de volar es algo irresistible para los humanos.

Dado que en mi casa éramos más clase baja que media la idea de llegar a ser piloto comercial sin atracar un banco por el camino era una quimera, así que llegué a considerar hasta meterme en el ejército. Una forma, decían, con la que poder llegar a ser piloto sin costeártelo de tu bolsillo. Y contaba a mi favor con algo de coco, buena forma física y una vista que, aún hoy, pone en apuros a cualquier Retina Display que se cruza en mi camino.

Fotograma de la película El Viento se levanta, muestra a un chico subido a un avión imaginario

El viento se levanta.

Al final me rajé, la meta resultaba atractiva pero no estaba dispuesto a dejarme consumir en los engranajes de un sistema, el militar, que no me gustaba un pelo. Y, ojo, nadie me garantizaba que en lugar de terminar pilotando cazas a lo Top Gun con mi compañero de bromance no acabaría en un cuartel mugriento haciendo inventario de latas de lentejas.

Total, que una vez descartado el ejército hice lo propio con ingeniería aeronáutica (que junto a industriales, arquitectura e informática representaban mis opciones) y me convencí de que si en algún momento de mi carrera me forraba (no podía ser tan complicado, ¿no?) ya tendría tiempo de pagarme un buen curso y terminar siendo piloto por mis propios medios. Mientras tanto seguiría jugando al Flight Simulator, y listo.

¿Lo pilláis?, en el ‘aire’, al estar hablando de aviones, y yendo los aviones por el aire, ¿lo pilláis?, es muy ingenioso.

Y así quedó la cosa, uno de esos sueños que uno deja en el aire esperando a que los astros se alineen. Lo duro llegó hace unos meses cuando no sé donde leí que ningún piloto comercial (de aviones de pasajeros grandes, que son los que me gustaban) podía comenzar su carrera con más de 30 años. Es decir, es tanta la preparación y las horas de vuelo exigidas que es virtualmente imposible comenzar una carrera como piloto con 30 y llegar a pilotar algo grande antes de jubilarte.

Os vais a reír, pero leer esto me dejó un poco jodidillo. A ver, yo tenía claro que las opciones de cumplir este sueño eran ínfimas, pero me gustaba creer que no eran directamente cero. La diferencia entre cero y algo que tiende a cero es sustancial, igualmente que con las posibilidades de las loterías, de las que ya he hablado alguna vez.

Piano

Hace unos tres años me compré un teclado musical, normalito pero ideal para aprender. Llevaba toda la vida queriendo aprender a tocarlo y me puse más o menos en serio con el tema, con libros pero sin profesor ni clases, aprovechando un par de horas libres que tenía por las tardes; y los consejos de algunas buenas personas de la internet que se tomaron la molestia de contestarme largos emails y dejar comentarios en el blog. Tres meses después el teclado ya estaba en el trastero cogiendo polvo. Lo más que llegué a poder tocar fue, en fin, una puta mierda.

No es nada raro, los instrumentos musicales comprados por primerizos están abocados a terminar en Cash Converters antes o después, la curva de aprendizaje es tan salvaje que la inmensa mayoría de personas no estamos dispuestos a hacer la inversión de tiempo que requiere. Es equivalente a comprarse unas pinturas y pretender pintar como Antonio López dedicándole tres horitas a la semana.

No pasa nada, es algo que ya sabía pero por un par de cientos de euros lo pude vivir en mi propia piel, el piano es un instrumento precioso pero no es para mí, no pasa nada, es bien. Me alegro de haberlo intentado aunque fuera para comprobar que mis expectativas no eran realistas con el esfuerzo que pretendía invertir.

Y creo que nunca más lo intentaré. Quién sabe, igual dentro de diez años me da por retomar esta historia pero lo veo complicado. No porque no me gustase, sino porque he dejado que ese sueño se vaya volando, lo he acariciado y lo he dejado ir, básicamente prefiero dedicar ese tiempo a otras cosas en las que obtengo más recompensa.

He leído bastantes libros de autoayuda (de esos que enmascaran como libros de negocios) y os aseguro que mi consejo es mejor que todas esas mierdas.

Esto me llevó a pensar en algo que, no es muy romántico, pero que pienso que vertebra la madurez de una persona, aprender a dejar ir los sueños. Sí, hay montones de charlas motivacionales que os dirán que no habléis de sueños, que habléis de metas y así os será más tangible su consecución, y que hay que despertarse cada día y mirarse al espejo persiguiendo nuestro propio destino pero, os diré una cosa, asumir la realidad es mejor que darse de cabezazos contra una pared.

Pero, no os preocupéis, tengo muchos más sueños. Y siento que cada vez soy mejor escogiendo los que sí estoy dispuesto a cumplir.

Calidad suprema

Hace unos días decidí aprovechar mis vacaciones para hacer algo de turismo en Madrid. Es curioso como uno puede pasar casi tres décadas en un mismo lugar y, aún así, no disfrutar de muchas de las cosas que ese lugar tiene que ofrecer.

Seguro que se lo habéis escuchado a alguno, ‘la gente se va a Egipto de vacaciones y luego no han estado en Cuenca’. Pues hombre, algo de verdad hay en esto, si bien, en honor a la misma, los catetos que suelen berrear esa historia no han estado ni en Egipto ni en Cuenca. Es el mismo síndrome del que no regala cosas en San Valentín o Navidad porque él ‘hace regalos con independencia de las festividades’, típico mierdas en el 99% de los casos.

A partir de las 6 el acceso es gratuito y aquello se llena en tromba de chusma ruidosa.

La cosa es que una de mis asignaturas pendientes, de toda la vida, era visitar el Museo del Prado. En mi defensa diré que nunca había ido por una mera cuestión de gustos, la pintura previa al siglo XX no me suele gustar y, concretamente, las estampas religiosas y los retratos de nobles y realeza me dan entre grima y sueño. Pero bueno, al final me animé y audioguía en mano estuve allí unas ocho horas.

Recorte del cuadro del Museo del Prado, Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en la playa de Málaga

La visita fue inolvidable por dos motivos. El primero es que conocí el Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en la playa de Málaga, y tras media hora mirándolo puedo decir que es el cuadro más jodidamente espectacular que he visto en toda mi vida. El segundo motivo es que la visita me sirvió para reconciliarme con España, lo público y el trabajo de los españoles. Bueno, de algunos. Me explico.

Daría para otro post hablar de si las bicis son la respuesta correcta a una ciudad en la que el asfalto está destrozado.

Mientras recorría sus galerías me llegó un mensaje de un amigo al móvil, la noticia era que el servicio de bicicletas públicas de Madrid estaba haciendo aguas miserablemente. El sistema informático era una chapuza y por ello no había forma de retirar las bicis, el software se podía putear para abrir programas haciendo click donde no debías, y al final alguien había hecho que apareciese una polla en una de las pantallas. Las noticias hablan de ‘hackeo’ para tratar de desviar la responsabilidad del tema.

Siempre que veo estas cosas, o lidio con la Administración en cualquiera de sus formas, suelo recurrir a una cantinela (ya mencionada en posts anteriores) a la que le he dado bastante más razonamiento de lo que se podría pensar, ‘nada bueno puede salir de algo hecho por consultoras cárnicas y funcionarios’. Cutrerío patrio de ese que según lo ves ya empiezas a oír retumbar en tu cabeza lo de ‘yo soy español, español, español’, banderas compradas en el chino del barrio, con los pliegues marcados y colgadas con el escudo del revés, tweets de ‘soy español, ¿a qué quieres que te gane?’ y gente que ‘monta’ reuniones ante cualquier mínima decisión para evitar apechugar en responsabilidades y dar la cara por sus decisiones. En definitiva, vagos, chapuceros y jetas envueltos por comités y con actas de reunión por lazo.

Pero es que, joder, visitar el Museo del Prado, es una experiencia de verdadera clase mundial. Sacando de la ecuación las obras artísticas (que aunque las expusieran en un vertedero seguirían siendo de relevancia mundial), todo lo demás, es de una profesionalidad que hace sonrojar a cualquier otra instalación pública española en la que haya estado nunca (meted aquí lo que queráis, desde hospitales a aeropuertos). Desconozco cuanto cuesta el mantenimiento del Prado con respecto a otras pinacotecas del estilo pero, honestamente, me da igual.

Allí absolutamente todo está cuidado al milímetro, desde la sonrisa del que te vende los tickets en la entrada hasta el tratamiento tipográfico del menú del restaurante o la limpieza de los aseos. Maldita sea, si es que hasta los seguratas del control de accesos parecían profesionales, y eso ya es decir.

Todo esto me hace pensar en si tendría que replantearme mi idea sobre los funcionarios. Es decir, ¿qué es lo que hace que los del control de acceso del Prado sean amables y los de Barajas sean tan antipáticos siendo ambos grupos subcontratados de empresas del mismo estilo? Pues hombre, trabajar en el puto centro de la ciudad, rodeado de obras de arte y recibiendo a gente de cierto nivel cultural definitivamente tiene que hacerte querer tu trabajo más que hacerlo en las afueras, en un ambiente ruidoso y recibiendo a gente que lleva droga en el dobladillo del calcetín y se niega a tirar la botellita de agua antes de pasar. Pero creo que hay algo más, dejad que de un pequeño rodeo.

Videojuegos

La industria de los videojuegos tiene una particularidad muy importante respecto a la del cine (con la que a menudo se compara por el volumen de negocio que mueve) y es que para jugar a videojuegos necesitas adquirir cierta infraestructura (típicamente una videoconsola). Y esto, que puede parecer una tontería, determina drásticamente la producción de títulos de cierto nivel.

Esto es el gasto total de desarrollo, marketing y demás.

En la séptima generación de videoconsolas, que va desde 2005 a 2012, el juego con mayor presupuesto fue GTA V, con un gasto de 265 millones de dólares, del que se vendieron más de 30 millones de copias. De manera resumida, GTA V es un juego en el que el protagonista se maneja por una ciudad de tamaño real en la que puede moverse libremente robando coches y disparando a gente a su paso.

Hace unos meses comenzó la octava generación de consolas y muchos esperaron que se lanzase algún juego del nivel de GTA V para las nuevas consolas. Al final los números contaron otra realidad, con unos 14 millones de consolas vendidas hasta la fecha no hay empresa que pueda gastar 265 millones en un juego del que, en la generación anterior, se vendieron más del doble de unidades de las consolas que lo podrían llegar a jugar hoy. Es como necesitar vender 100 hamacas en una isla con 50 habitantes.

Es la misma economía de ecosistema que hace que Microsoft tenga un sistema operativo para móviles muy competente pero casi ningún éxito. No hay masa crítica, por tanto muy pocos desarrollan apps para Windows, y si pocos desarrollan apps pocos se compran un móvil con Windows y se repite el ciclo. No estoy descubriendo nada nuevo.

La cosa es que para la octava generación de consolas salió a la venta un videojuego llamado Watch Dogs con una promesa idéntica a la de GTA V, el protagonista se maneja por una ciudad de tamaño real en la que puede moverse libremente robando coches y disparando a gente a su paso. El juego ha costado 68 millones (una cuarta parte de lo que costó GTA V) y las críticas han demostrado que el juego, sin ser malo, no le llega a la suela de los zapatos a GTA V. Ni en tamaño, ni en historia ni, sobre todo, en el grado de pulido de los detalles. Y, pese a la salvaje campaña de publicidad de Watch Dogs (seguro que visteis anuncios en las calles), los 200 millones de menos en el presupuesto son los que marcan la diferencia; o igual no.

Hablando con un amigo le dábamos vueltas a por qué, en una industria tan enorme, algunos estudios (muy pocos) eran capaces de hacer siempre juegos de altísima calidad y cuidado de los detalles mientras que otros sólo podían aspirar a hacer buenos intentos de segunda fila, en el mejor de los casos.

Para los que no juguéis a videojuegos los detalles de los que hablo, más en un juego en el que te puedes mover libremente, son los que hacen que cuando intentas que el personaje haga algo extraño en el juego (como robar un coche y meterse en un túnel del tren), éste ya lo tuviera contemplado como una posibilidad y esté bien preparado para ello. ¿Y es esto una cuestión de presupuesto?, pues en parte sí porque pulir detalles lleva su tiempo, pero en otra buena parte es sólo cuestión de los individuos que están detrás del proyecto, hay gente cuidadosa y gente no cuidadosa, y a menudo van en grupo.

La conclusión a la que llegábamos es que el talento es limitado y el dinero que te puedas gastar no siempre va a garantizarte a los mejores porque, tal vez, los mejores son los que son y ya estén trabajando en hacer el próximo GTA, para cuando haya un parque de videoconsolas vendidas que pueda justificar el desembolso de hacer un título tan caro.

Coste de oportunidad

¿Qué quiero decir con esto?, pues que seguramente el próximo servicio público que se saquen en Madrid de las chistera será también una mierda, dará muchos problemas y, al final, a base de tirar billetes en la mesa puede que termine más o menos funcionando.

No por que lo hagamos españoles, o porque lo hagan cárnicas, o porque lo hagan funcionarios, sino por la sencilla razón de que nadie con talento querría trabajar en una empresa llamada Bonopark que tiene siempre la web caída y que parece hecha a medida para dar un pelotazo bastante turbio, cuando puede trabajar en servicios públicos con un nivel de excelencia a la altura del que os comentaba del Museo del Prado (que imagino que habrá alguno más).

El caso de Telemadrid es sangrante.

Es el mismo motivo por el que los reporteros de Telemadrid, que hace veinte años eran un referente de la crónica a pie de calle, ahora parecen no saber juntar dos preguntas seguidas. A medida que un medio se convierte en un panfleto la gente con talento decide salir de allí por piernas y lo que se queda es la escoria, seguramente no tanto porque crean en la ideología de la casa, sino porque tristemente no tienen otro sitio al que ir.

Así que la próxima vez que vea una de estas chapuzas ya no pensaré únicamente que la gente buena sólo quiere currar en startups molonas, sino que entre lo público también hay buena demanda y buena oferta, pero que tal vez los buenos ya están cogidos, y están en los pequeños ‘museos del prado’ que hay desperdigados por ahí.

Tal vez para hacer BiciMAD, más allá de que el concurso público fuera una vergüenza y que en el Ayuntamiento de Madrid sean unos incompetentes, sólo esté y estará disponible el equipo del Watch Dogs, por más que nos gustase que fuera de otra forma.

Mi agüita amarilla

He hecho pis en todas y cada una de las piscinas en las que me he bañado en mi vida. Sin excepción.

Por lo general soy un tío bastante cívico así que esta conducta tan cerda se os hará un poco chocante en mi personalidad. Imagino que todos tenemos nuestros trapos sucios.

Fotografía de unas gentes bañándose en una piscina pública, completamente ajenos al peligro que se cierne sobre ellos

Nicolas Venturelli.

El caso es que, es tan fuerte mi deseo por ser un chico bueno que he llegado a racionalizar mi comportamiento buscando una justificación que me deje seguir disfrutando del calor calentito de un buen orín submarino. Y también del tipo de gracietas que me concedo unidas a tan magno ritual, como por ejemplo decirle a mi chica ‘oye, por aquí parece que el agua está más calentita’. Sí, es repugnante, pero no puedo ni quiero evitarlo.

Como veis, no mentía, he pensado largo y tendido en el tema para calmar mi conciencia.

Y, joder, teniendo en cuenta el volumen de una piscina frente al de una vejiga, cada una de mis intervenciones tiene menos concentración sobre el agua del resto de bañistas que la mejor cura homeopática del mundo, o sea, cero. Eso sin contar con que el agua se filtra y renueva constantemente.

Ojos que no ven, corazón que no siente

Es curioso como ver las cosas con nuestros propios ojos es lo que determina nuestra valoración. Por ejemplo, si me pusiese a mear desde fuera de la piscina la gente se saldría inmediatamente y probablemente me correrían a hostias pero como lo hago con el sigilo de un ninja mi travesura permanece en la sombra y, en realidad, no perjudico directamente a nadie.

Lo hemos visto en las películas así que tiene que ser cierto.

Es lo mismo que en los restaurantes. Seguro que antes o después os habéis comido algo repugnante producido por un cabronazo descontento con su empleo. Pero como no lo sabes, pues listo, no hay problema, has seguido feliz con tu vida aunque la hamburguesa contuviese trazas de pollo.

Si cambiamos de tercio es algo que también pasa con la política. Recordad la que se montó con el elefantazo del Rey Juan Carlos. Llegó a la opinión pública un desliz puntual de un tío que, con algo más de discreción, llevaba toda su vida meándose en la piscina de todos. Y todos lo sabíamos, pero al no haber prueba evidente nos la sudaba bastante, alguna coñita puntual y poco más.

De hecho cuando el Rey dijo aquello de ‘me he equivocado, no volverá a pasar’ cualquiera con dos dedos de frente lo que entendió no fue ‘no voy a volver a irme de farra con el país en crisis’ sino ‘me voy a asegurar de que no me volváis a ver cuando esté de farra con el país en crisis’.

Honestamente, no le culpo por ello, para ese hombre ir de cacería a Botswana es como para cualquiera ir al cine. Siempre habrá un miserable muriéndose de hambre en el país mientras tú estás disfrutando de la última de Woody Allen, aunque sea el día del espectador. Pero claro, tú no eres el jefe de Estado, no es tu responsabilidad.

Contramedidas

Es por esto que siempre me ha hecho gracia cuando, al hablar de este tema, la gente me decía que mear en la piscina era una temeridad porque ‘le echan una sustancia’ que reacciona con la orina y delata tu chiquillada. Y no es sólo un cuento para niños, se lo he escuchado a mucha gente adulta.

La idea no aguanta el más mínimo análisis. Nadie en su sano juicio pondría en una piscina algo que hiciera que en cuanto a una abuela se le fuera el punto se quedase un manchurrón de colorines en medio del agua. La gente saldría corriendo de la piscina y la pobre Concha Velasco quedaría humillada ante el personal. Pasado esto, una vez el color desapareciese, ¿quién sería el guapo en volverse a meter?, incluso si el color se diluyese pasados unos minutos, ¿cuanto habría que esperar para volverse a meter sintiendo que el agua está limpia? probablemente días.

¿Qué estoy defendiendo entonces?, ¿que sin prueba no hay delito?, puessss, no lo sé, tal vez un poco sí. ¿Leeríais mi blog si supierais que en casa tengo un zulo con unas niñas secuestradas à la monstruo de Amstetten?, pero como no lo sabéis pues me queréis como a ese amigo tocapelotas al que ves de pascuas a ramos y luego le dices ‘¡tenemos que quedar más a menudo!’.

Muerte al Donut Bombón.

No sé, supongo que lo que quiero poner sobre la mesa, y no tengo una respuesta para ello, es si en determinadas circunstancias es más importante cómo cree la gente que son las cosas en contra de cómo verdaderamente son. ¿Hubiera cambiado algo que en lugar de irse de cacería el Rey se hubiera quedado comiendo Donuts Fondant en Zarzuela?

Así que nada, esa es la reflexión de veinte duros que os quería implantar. Meaos en las piscinas, es salud.

¿Por qué los ricos roban?

Sí, el título es sensacionalista. Es deliberado, dadme un voto de confianza.

En los últimos tiempos están aflorando flagrantes casos de gente con mucho dinero que, pese a ello, no parece tener reparos en robar (evasión de impuestos, principalmente). Me viene a la cabeza el caso de Urdangarín y la Infanta y el del futbolista Messi y su padre, pero hay docenas más. Eso sin entrar en las ingenierías contables perfectamente legales de los Google, Apple y demás conglomerados con sede irlandesa.

Lo primero que uno piensa es, ‘coño, y esta gente que tiene tanto dinero, ¿para qué cojones se mete a estos líos por robar un poco más?‘. Hay quien os dirá que precisamente porque roban es que son ricos (comentario muy ranciofact, dicho sea de paso), y hay otros que os dirán que todos los ricos roban en mayor o menor medida y que en realidad la justicia sólo pilla a unos pocos.

Por ‘rico’ me refiero a alguien que se levantaba más de medio millón de euros al año.

Yo sólo he conocido a una persona rica en toda mi vida, y nunca hablé con él sobre este tema, así que no tengo una muestra representativa ni mucho conocimiento sobre ello, pero sí me gustaría explorar un par de cosas sobre esta cuestión que nos afecta a todos bastante más de lo que podríamos pensar.

Fotografía de José María Ruiz Mateos bajando de una furgoneta a lo Equipo A

Ruiz-Mateos, El Huffington Post.

La primera es, ¿qué habríais pensado si el titular de este post fuese ‘¿Por qué los rumanos roban?’? Vaya pasada, ¿no?, menudo racista hijo de puta que se pone a generalizar como tal cosa. Pero el caso es que cuando uno habla de los ricos, o los pijos, el pecado propio de la generalización se diluye en los ajenos de los que van a recibir la crítica.

Yo también he sido culpable de esto, es una generalización fácil y, dado que ellos lo tienen todo, uno se siente moralmente autorizado, desde esa moralidad que sólo un David puede sentir contra Goliat o el antisistema que revienta un cajero automático del Santander. Total, que me he dado toda esta vuelta para añadir una palabra al título y no hacer pagar a justos por pecadores.

Bien, vamos cercando responsabilidades, asumimos que hay gente de pasta que sí cumple con sus obligaciones fiscales y nunca ha robado un céntimo y podemos seguir con el tema.

¿Por qué algunos ricos roban?

Sí, algunos ricos roban. Pero digo yo, ¿verdad que conocéis a varias personas, no ricas, que defraudan a hacienda? Están por todas partes, desde el chapuzas que se ofrece a repararte el aire acondicionado sin IVA hasta el autónomo que se deduce la factura del móvil de su mujer.

¿Veis por dónde voy?, creo que mejor añado otra palabra al título del post.

¿Por qué algunos ricos también roban?

Vale, un par de rodeos y ya tengo esto mejor enmarcado para adentrarme en la cuestión. Creo que algunos ricos también roban, fundamentalmente, por dos motivos.

El primer motivo es que están acostumbrados a hacer siempre lo que les da la puta gana y, de pronto, tener que pagar un dineral en impuestos les parece ofensivo y se niegan a hacerlo. Luego, cuando les juzgan, afirman no saber nada del tema, pero en realidad lo hacían con todo el convencimiento. Podríamos criticar esto pero, ¿qué queréis que os diga?, en un mundo en el que tras cada subida de impuestos Twitter arde con comentarios llamando a la insumisión fiscal, no me parecen éstos peores que los que, encima, alardean de ello públicamente.

El segundo motivo es que hay muchos niveles de riqueza. Sí, para la clase media, pensar en ser ricos nos hace fantasear con vivir en un loft de 600 metros cuadrados frente a Central Park y no tener que volver a preocuparnos de la cuenta del banco pero, ay amigos, cuando uno es rico siempre puede aspirar a ser asquerosamente rico.

Y, cuando a tu amigo, que sí sale en la lista Forbes, le trufan su yate de 40 metros de eslora con fruteros rebosantes de coca y bellas modelos diferentes cada puto día mientras tú tienes que conformarte con pillar un par de escorts de lujo, el fin de semana, en tu chalet normalito de La Moraleja es fácil pensar que, los 150.000 euros que tienes que pagar de impuestos este año, igual los prefieres invertir en un nuevo Ferrari que te haga olvidar las penas.

Y prefiero no pensar en la expresión ‘su paro’ porque me enciendo.

¿Es esto criticable?, por supuesto, pero no más que el que se despide de un trabajo y hace el apaño para que le despida la empresa en plan colega y así poder pegarse unos mesecillos cobrando el paro. Sí, su nivel de riqueza es muy distinto, pero si descendemos un par de peldaños y le preguntamos a un pobre de solemnidad (de esos a los que el Estado abandona sin tener nada que llevarse a la boca) probablemente le parezca tan repugnante una cosa como la otra.

Love is all around

¿Qué quiero decir con esto?, pues lo mismo que he planteado en otros tantos posts, que la mierda está por todas partes y que es muy fácil apuntar con el dedo a esta gentuza pero que, de cuando en cuando, también hay que mirarse en un espejo y descubrir que, si el yate fuera nuestro, a lo mejor también nos gustaba que las modelos tuvieran diecinueve años en lugar de veinticinco, aunque para pagarlo hubiera que dejar de abonar cuatro impuestos y darle manga ancha a nuestro contable para hacer de las suyas.

Al final no hay tanta diferencia entre el mítico ‘si cada español pusiera una peseta’ de Lola Flores y el mamonazo de turno que acumula las facturas de todo el año para ahorrarse unas cuotillas sin importancia. En un país en el que la economía sumergida ya representa una cuarta parte del PIB sólo es una cuestión de volúmenes, pero el germen putrefacto es exactamente el mismo.

Tips

Como quien no quiere la cosa ya llevo más de ocho años escribiendo en este blog y, en paralelo, prácticamente me he cepillado mis felices años veinte. Parece mentira, ¿eh?

Este par de links llevan código de afiliado de Amazon, mi puerta dorada hacia la independencia económica.

Tal vez sea una ilusión pero quiero pensar que en ese tiempo he aprendido algunas cosas y he considerado que sería buena idea recopilarlas en forma de lista de consejos vitales. Un poco al estilo de Rules for My Unborn Son o de El libro rojo de la vida, pero en versión gitana.

Los escribo sin mayor pretensión. No creo que sean cosas que nadie deba hacer para ser mejor persona, tener más éxito en la vida ni nada de esto. No son consejos de gurú ni pretenden sentar cátedra, sólo son cosas que a mí me han ido funcionando para manejarme felizmente y que, si considerase remotamente tener descendencia, metería por el gaznate a mis polluelos hasta que fuesen pequeños clones de mí mismo.

En el futuro los editaré en un librucho pretencioso y borraré este post para que tengáis que pagar por leer mis bobadas.

Algunos son simples life hacks, otros son más profundos, otros tienen clarísima fecha de caducidad a la vista. No están muy estructurados así que los he puesto por orden alfabético y tampoco serán fijos, de hecho mi idea es ir actualizando este post, poniendo y quitando tips silenciosamente a medida que me vayan saliendo más canas (que ya son unas cuantas).

Allá van…

  • A menudo dos packs de 6 nuggets son más baratos que uno de 12. Y encima te darán dos salsas.
  • A no ser que te sobre la pasta no contrates embarque prioritario en los vuelos, llegarás al destino exactamente a la vez que el resto de la plebe.
  • Ahorra desde tu primer ingreso, nunca sabes cuando querrás cambiar de vida.
  • Al escoger asiento en un transporte ten en cuenta por que lado dará el sol durante el viaje.
  • Baila.
  • Cada euro de más que puedas gastar en las entradas de los espectáculos en directo (musicales, ópera, etc.) valdrá la pena.
  • Colonia Petit Cheri antes de ir a dormir.
  • Come helado en invierno.
  • Compra a crédito y sin intereses como comodidad de pago, no porque necesites el dinero.
  • Comprueba que haya papel higiénico antes de sentarte en la taza del váter, una buena forma de recordarlo es pasar siempre un cuadradito de papel por la subtapa antes de sentarte.
  • Cuando la cagues apechuga con ello, no te justifiques.
  • Da crédito a tus compañeros en los éxitos colectivos.
  • Dale una oportunidad a las batas.
  • Deshazte de cosas a menudo. Regálaselas a quien les pueda dar uso.
  • En la mortadela sevillana dónde hay aceituna no hay carne. Identifica las aceitunas que hay por ahí.
  • En los aseos públicos abre siempre el grifo del agua antes de echarte el jabón en las manos.
  • En los fast food no pidas el helado a la vez que el resto del pedido, se derretirá miserablemente.
  • En McDonald’s, si ves que hay muchas hamburguesas acumuladas personaliza tu pedido ligeramente (quitando el pepinillo, por ejemplo) para asegurar que la tuya esté recién hecha.
  • En televisores, más grande es mejor.
  • Es mejor más RAM que más procesador.
  • Es mejor que te deban dinero a ti que al revés.
  • Escoge bien las bandejas de carne y charcutería, míralas también por detrás.
  • Está bien tener favoritos y anteponerlos al coste de oportunidad.
  • Internet es la hostia, pero para los temas importantes muchas veces la mejor información se encuentra en libros, en papel.
  • Karaoke.
  • Los vaqueros caros no valen el sobreprecio.
  • Madruga.
  • Mayonesa Heinz.
  • Mejor cola de león que cabeza de ratón.
  • Mete toda la compra en bolsas antes de pagar.
  • No cojas nada de la línea de cajas de los supermercados.
  • No compres nada a plazos. Tampoco una vivienda.
  • No compres un coche nuevo.
  • No escojas un trabajo por el sueldo.
  • No estés en sitios en los que no quieras estar. Di que no a los compromisos que no te gusten. Valora tu tiempo.
  • No hagas cola para comprar algo sólo por ser el primero en tenerlo.
  • No hagas obras para cambiar una bañera por un plato de ducha. En la bañera siempre te podrás duchar, pero no al revés.
  • No montes un home cinema a no ser que sepas instalarlo como un profesional.
  • No pidas favores que no te gustaría que te pidieran a ti.
  • No pidas postre por pedir.
  • No rejuegues nunca un GTA, envejecen mucho peor que tu recuerdo de ellos.
  • No te acojones, muchas cosas guays de la vida dan un poco de miedo la primera vez.
  • No te fies de los bancos.
  • No trates a los niños como niños.
  • No trates a los viejos como niños.
  • No vayas a tu restaurante favorito más de una vez por semana.
  • No veas tus pelis favoritas más de una vez al año.
  • Piensa en la próxima mudanza cada vez que compres un nuevo trasto.
  • Paso a paso, sobre todo las cosas importantes.
  • Prioriza.
  • Quítate los zapatos en los aviones.
  • Renueva todos tus gayumbos y calcetines de golpe.
  • Respeta sinceramente la fe de los demás. Aunque tú no creas en ninguna de esas mierdas.
  • Salvo que sean obras maestras deshazte de los videojuegos y libros conforme los juegues y leas.
  • Sé puntual. Para llegar y también para irte. Y si llegas a una reunión 15 minutos antes vete a tomar un café y aparece a la hora acordada, llegar pronto es tan impuntual como llegar tarde.
  • Si facturaste equipaje no corras para salir de un avión, tendrás que esperar igualmente.
  • Si tienes perro huélele las orejas por dentro.
  • Si tu pedido del fast food es para llevar pide que te den dos bolsas, una para lo caliente y otra para lo frío.
  • Si vas a un parque de atracciones compra entradas fast pass, poder subir diez veces seguidas a tu atracción favorita sin esperas ni colas lo vale plenamente.
  • Siéntate donde quieras en los restaurantes, acabas de entrar y no te van a poner pegas. Y lárgate si te las ponen.
  • Suicidarse es siempre una opción.
  • Ten unos buenos cascos, aunque sólo los uses en casa.
  • Usa los intermitentes.
  • Ve tele de otros países.
  • Ventila.
  • Viaja cuanto puedas pero no viajes por viajar.

¡Sólo lo hacen por recaudar!

Si hay algo que me enigma de la sociedad en la que vivimos es esa opinión generalizada de que el Estado es algo ajeno a los individuos y fundamentalmente nocivo.

¡Hijos de puta!

Dejando de lado la orientación política de cada cual (salvando de esta quema a los que se declaran anarquistas) no deja de sorprenderme que para mucha gente todo lo que tenga que ver con organismos públicos y, especialmente, con hacienda genere tantos recelos y odios.

A ver, creo que todos estamos de acuerdo en que el dinero público en España se gestiona bastante mal, y no hace falta abrir mucho los ojos para ver que la mayoría de lo que se hace de forma pública suele ser más cutre y más caro que sus equivalentes privados. De hecho ese es el argumento más potente de quienes andan desmantelando muchos servicios sociales en aras de la supuesta eficacia económica. No voy a entrar a valorar esto último (de hecho con la redacción del párrafo creo que ya queda clara mi opinión).

Fotografía de unos billetes de Euro bajo luz negra

Lisérgico.

Tampoco me voy a rasgar las vestiduras con que todo lo público sea tan cutrongo. Por moverme en un terreno que conozco bien pondré de ejemplo las webs de los organismos públicos. Todos los habéis sufrido en vuestras carnes para buscar cualquier información oficial o hacer algún trámite, estoy seguro.

Es fácil darse cuenta de por qué son siempre tan jodidamente mierderas. Pensad que esas webs están hechas directamente por funcionarios o por empresas privadas subcontratadas.

  1. Los funcionarios son típicamente, y que me perdonen las excepciones, gente bastante mediocre y sin ningún aliciente ni interés por mejorar profesionalmente.
  2. Las únicas empresas privadas que se pueden permitir trabajar con la administración (asumiendo sus terribles calendarios de pagos, concursos interminables y demás burocracias) son las consultoras gigantes y, las consultoras gigantes, suelen estar compuestas típicamente, y que me perdonen las excepciones, por gente bastante mediocre y sin ningún aliciente ni interés por mejorar profesionalmente.

Así que es de cajón, la web de la AEAT nunca se va a parecer a la de una startup molonga porque la gente que trabaja en ellas, sencillamente, no da (ni quiere dar) para más. La gente brillante y motivada capaz de hacer la web de una startup molonga prefiere currar en Tuenti a hacerlo en un ministerio casposo.

Pero volvamos al tema principal. Si aceptamos que el Estado es algo necesario y, aunque veamos que el despilfarro y la falta de calidad de sus servicios tal vez sea algo estructural y que nunca podremos hacer un trámite de hacienda desde el iPad, al final a todos nos gusta que por la noche pasen unos señores a vaciarnos los cubos de basura y que vengan los bomberos cuando nuestro gato se sube a un árbol; así que, ¿por qué demonios nos molesta tanto pagar la cuenta?

Sí hombre, para que se lo quede Zapatero

Las multas son un gran ejemplo de esto. Siempre que se establecen nuevas multas (especialmente en cosas de tráfico) no tarda en aparecer gente criticando la nueva medida y, muy a menudo, su denuncia se basa en que ‘esto sólo lo hacen para recaudar’.

Y yo digo, de acuerdo, para ti la perra gorda, aceptamos que los radares de tráfico no están puestos para salvar vidas sino para recaudar y que la DGT es un hatajo de ladrones al que sólo le preocupa sacarte el dinero del bolsillo. Muy bien, ¿y qué cojones hay de malo en ello?

Hasta vería más razonable cuestionar que tenga que pagar más el que más tiene a cuestionar que tenga que pagar más el que peor se comporte.

Si damos por sentado que el Estado es algo necesario y que requiere financiación, ¿cuál es el problema de que lo financien en mayor medida los que no cumplen las normas? Para mí esto es un canal más para obtener ingresos (igual que lo son los impuestos, las loterías y demás) y considero perfectamente legítimo que si eres tan gilipollas y tan incívico como como para andar cometiendo infracciones y no cumplir con cuatro putas normas bien sencillas tengas que pagar más al conjunto.

Pero lo jodido no son los que cometen infracciones y se quejan de las multas, ni tampoco los colegas que les incitan a reclamar las multas para que se las quiten por un defecto de forma mientras se meten con los políticos corruptos; lo realmente jodido es que nos parezca socialmente aceptable la actitud de que colaborar con el conjunto es algo malo y que, cuanto menos pague cada uno, mejor.

De momento, mejor en papel

Hace aproximadamente un año se lanzó al mercado Passbook, el tinglado de Apple para distribución de entradas (cupones, billetes de transportes, etc.). En este tiempo las entradas digitales se han popularizado lo suficiente para que, incluso en España, ya puedan usarse para cosas tan variadas como subir a un tren de Renfe o entrar en la sala de un cine Kinepolis.

Desde algunos años antes, aerolíneas como Iberia ya tenían sus propias soluciones para distribuir billetes electrónicos. No eran tan refinadas y sólo valían en algunos aeropuertos, pero representaban un comienzo.

Fotografía en blanco y negro de un montón de entradas de cine

Matt.

La cosa es que, pese a que en principio la idea de tener en tu móvil una entrada y olvidarte del papel (no tienes que imprimir nada ni se te puede olvidar el ticket en casa) resulta muy atractiva (también por el indudable factor techie), en la práctica, termina presentando más inconvenientes de los que podría parecer.

Es típico en cualquier etapa inicial de adopción tecnológica, pero aún así quiero reflexionar sobre ello.

Muchas de las cosas que voy a comentar no son inherentes a la tecnología pero sí a la forma en que está implantada actualmente en la mayoría de sitios y, a fin de cuentas, en estos momentos la realidad es la que es.

Desventajas del móvil frente al papel

  1. Si el móvil se te queda sin batería se jodió el invento. Lo sé, es un argumento un poco peregrino, pero es un riesgo más, sobre todo en eventos a los que entras tras estar todo el día fuera, vuelos con escalas largas y demás situaciones en que los smartphones muestran su mayor debilidad.
  2. Mientras te validan la entrada no puedes estar atendiendo una llamada o escuchando música. Parece una chorrada, pero te corta el flow si vas solo.
  3. Sí, se podría resolver digitalmente, pero no se hace.

  4. Las entradas en papel (sobre todo en cines) suelen llevar por detrás promociones u ofertas, con la entrada en Passbook te quedas sin el 2×1 en T.G.I. Friday’s.
  5. Es muy habitual que en sitios grandes, con varias colas, las entradas digitales sólo se validen por una de las colas mientras que las de papel (que implican sólo romper un troquel) se aceptan en todas. Ir con el móvil en la mano y ver que todo el mundo con su obsoleta entrada de papel pasa a toda velocidad hace sentirse gilipollas a cualquiera.
  6. ¿Improbable?, sí, pero seguro que pasa más de lo que se podría pensar.

  7. En muchos sitios le tienes que dar el móvil al de la puerta para que lo pase por el lector (a menudo golpeando la pantalla contra un cristal). A mí, personalmente, no me gusta darle mi teléfono a un desconocido y me plantea una duda paranoica, ¿qué pasa si en el proceso de lectura de la entrada se le va tu móvil al suelo? pues ya tienes montado un plátano que con papel nunca se habría producido.
  8. Si te gusta coleccionar entradas no hay nada comparable a guardar la entrada en papel. El encanto de lo tangible es innegable.
  9. Llegado el momento, su reventa es más complicada (necesitas dar con alguien que también use Passbook, que ambos tengáis cobertura y encontrar el mail en el que te llegó la entrada original, además de la trazabilidad mutua, que en una transacción de esas características no suele ser deseada por ninguna de las dos partes).

Como veis, no mentía, muchas de las cosas que planteo son riesgos residuales o cosas que a futuro estarán resueltas pero yo esto lo veo como pedir comida a domicilio y pagar en la web en lugar de en efectivo. Sí, te ahorra tener cash en casa, pero si el pizzero aparece una hora tarde o con el pedido cambiado tú ya has pagado la comida por hacer la modernada y te tienes que poner a reclamar, mientras que si hubieras esperado a pagar en efectivo le rechazas el pedido, chapas la puerta y a otra cosa mariposa.

En el próximo pasquín os explicaré por qué es mejor viajar a caballo a hacerlo en uno de esos modernos ‘coches’.